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T4E5 – De la Luz a la Oscuridad

Mi Camino Espiritual
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T4E5 - De la Luz a la Oscuridad
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Luciana llegó a iluminar la vida de todos a su alrededor. Desde su primera sonrisa, la pequeña angelita llenó de felicidad nuestra casa y nuestros corazones. El parto había sido una experiencia mística para Paula y para mí, pero el ritual de nacimiento no terminó con el corte del cordón umbilical con la cuchilla de chusque.

Nosotros nos habíamos planteado la posibilidad de tener un parto “loto”, que es el nombre del tipo de parto tradicional en el que la placenta se extrae y se mantiene unida al bebé hasta que ésta se desprendiera naturalmente. Sin embargo, este proceso puede durar de 3 a 10 días así que, por varias razones, lo más probable era que optáramos por cortar el cordón umbilical, pero queríamos que Luciana se mantuviera unida a su placenta al menos por un par de horas.

Las cosas no habrían de salir de esa manera, sin embargo, porque el cordón umbilical que unía a la bebé con la placenta resultó más corto de lo usual. Tanto, que no logramos si quiera que Paula pudiera amamantar a la bebé sin cortar el cordón, así que cual no me quedó más remedio que hacer la separación de forma inmediata, de la forma que Alexandra me había indicado.

Una vez la bebé estuvo en los brazos de Paula, mientras Alejandra y Alexandra limpiaban la sangre del pequeño cuerpo de Luciana y ayudaban a Paula a la nueva mamá a recomponerse, Andrea de forma cuidadosa realizaba la segunda parte del parto, que, según la tradición de partería, es casi tan importante como la primera: retirar suavemente la placenta y asegurarse que dentro de la madre no quedara ningún trozo de ella.

Las parteras llamaban a la placenta “abuela” y nos contaban de la importancia de hacer una buena extracción, conservación y disposición de este órgano. La placenta, que durante nueve meses contuvo, sostuvo, protegió y nutrió a Luciana, era, espiritualmente, la conexión de la niña con su madre y con su abuela. Un dato que aprendí durante la preparación para el nacimiento y que me sorprendió mucho, es que las mujeres al nacer, ya tienen en su vientre todos los óvulos de los que dispondrán a lo largo de su vida; con lo cual, una parte de Luciana estuvo algún día en el vientre de su abuelita Betty, la mamá de Paula y una parte de los hijos de Luciana, si decide tenerlos, estuvieron durante nueve meses dentro del vientre de Paula.

Las parteras no botan una placenta a la basura, ni la queman o ingieren, como algunas tradiciones lo aconsejan, sino que la preparan para ser sepultada en la tierra, en una ceremonia que celebra la vida, pero también honra a la muerte. El ritual del nacimiento no termina cuando el bebé se desprende de la conexión física con su madre, sino cuando a través de la placenta, se crea una nueva conexión espiritual entre la nueva vida que nace y la segunda placenta que la contendrá, sostendrá, protegerá y nutrirá: la Tierra.

La Siembra de la Placenta

Yo reconocí por primera vez la importancia de la placenta para las comunidades indígenas cuando participamos en la ceremonia de levantamiento de nuestra aseguranza con los mamos de la Sierra Nevada en la finca del Sol Naciente. Dentro de la pequeña mochila de lana blanca que tuve tejer a contrarreloj, en una de las mochilitas miniatura que contenía, había una mota de algodón envolviendo a una pequeña concha marina hembra.

El mamo Ramón nos dijo durante la primera noche de ceremonia que trabajaríamos con esa mochilita antes que cualquier otra, porque representaba nuestra placenta y como sabía que en el mundo occidental, la gran mayoría de las placentas son simplemente tiradas a la basura o incineradas – o convertidas en crema para la cara según alguna leyenda urbana – tendríamos que hacer la labor de recomponer esa placenta y sembrarla en algún lugar de poder… de forma espiritual eso sí, es decir, con la imaginación creadora.

A instancias del mamo cerré mis ojos y mientras sostenía la concha y el algodón dentro de la min-mochila, me imaginé volando hasta el hospital del noroccidente de Bogotá en el que nací, tomando en mis manos la placenta que alguna vez me envolvió y llevándola en rápido vuelo hasta la finca de mis abuelos, allá donde viví muchos de los momentos más memorables de mi infancia y donde algún día – pensé entonces – sembraría también la placenta de nuestro Angelito.

A ese lugar exactamente, pero ya no en el mundo espiritual de la imaginación, sino caminando llegué cinco años después, de la mano de Paula, quien llevaba a nuestra bebé porteada en su seno con un fular azul cielo. Con nosotros estaban nuestras parteras Alejandra, Alexandra y Andrea y un hermano de mi mamá, que era el dueño y guardián de la finca.

Nos preparamos para ese importante momento aprovisionándonos de tabacos, hojas de coca, cristales de cuarzo y lo más importante, la placenta de Luciana, que llevaba 50 días cubierta de sal marina y reposando dentro del moyo de barro que Paula y mis hermanas habían decorado con pinturas blanca, rosa y roja.

La Placenta lista para la ceremonia de siembra

Yo llevé, además, como no podía ser de otro modo, una ración de Yagé que el taita Fernando Lezama, me había regalado expresamente para el nacimiento de Luciana. No sabía aún cómo lo usaría, pero se me ocurrió que antes del momento más importante de la ceremonia, podía tomar un sorbo y de esa forma, pedirle al yagé protección y guía para mi pequeña hija durante toda su vida.

La ceremonia comenzó con toque de tambores e inciensos y pronto tuve que asumir la principal responsabilidad del padre durante el ritual: abrir el hueco de unos 60 centímetros de ancho por un metro de profundidad, en el que el moyo de barro con la placenta en él, recibiría los rayos del sol por última vez.

Pedrito, un buen amigo chamán que había hecho un par de siembras de placenta antes que nosotros, me había dicho que cavar el hueco había sido para él una tarea muy difícil, y no porque fuera físicamente demandante sino porque mientras cavaba, empezó a sentirse indispuesto y alterarse emocionalmente. Me contó que antes de terminar con la labor había tenido que vomitar mientras lloraba amargamente.

Sus palabras se repetían en mi cabeza mientras removía la tierra con una excavadora manual. Sin embargo, yo me sentía bien y pude terminar la tarea sin malestar ni lágrimas, pero eso sí, con cansancio y goteando sudor.

Iniciando la excavación para la ceremonia

Pero cuando miré a un lado y vi la urna con la placenta y a mis pies un hoyo en la tierra, reconocí de inmediato la alegoría a un entierro. Estaba a punto de sepultar a la abuela para darle paso a la vida de la niña.

Cuando Alejandra me dio la señal, tomé el moyo con la placenta y lo puse en el fondo del hueco. Luego ella se inclinó sobre el recipiente, le removió la tapa y sobre la placenta movió una copa de inciensos mientras hacía invocaciones de gratitud y bienaventuranza. Luego nos pidió que pusiéramos tabaco, hojas de coca y las medicinas que traíamos sobre la placenta y así lo hicimos.

Alejandra ritualizando el lugar de la siembra

Yo lo dudé por un momento, pero haciendo caso a mi intuición, procedí entonces a regar un chorro de yagé sobre la placenta y tomarme el resto de un sorbo. Cuando lo hice, inmediatamente me di cuenta que la forma en que ejecuté las últimas dos acciones había sido apresurada y que no lo consulté con nadie más. Alexandra incluso me preguntó qué era eso y cuando le respondí que era yagé, ella se limitó a emitir una exhalación nasal que entendí como un gesto de desaprobación.

En ese instante me sentí un poco incómodo, pero me reconforté en que tal como había hecho cuando administré yagé en pleno centro de Nueva York, esta vez también había actuado siguiendo mi sabiduría interna y buena intención.

Luego de verter las medicinas y objetos de pagamento en el moyo, pusimos nuevamente la tapa y procedí a sepultar la vasija con la placenta. Antes de llenar el hoyo del todo, sembramos un pequeño árbol sombrilla que habíamos comprado en la población de Choachí, cuando íbamos de camino hacia la finca en Fómeque.

Plantando el arbol de cierre de la ceremonia

Hicimos algunos cantos de cierre de la ceremonia y con el sol ocultándose sobre las montañas, nos despedimos del lugar donde la placenta de Luciana, a partir de ese momento quedaría consagrada a la Madre Tierra. Mientras descendíamos hacia la parte baja de la finca, donde se encuentra la casa, empecé a sentir el efecto del yagé en mi cerebro. Era una suave sensación de hormigueo en el cuerpo acompañado por un aumento en mi ritmo cardíaco.

Al llegar a la casa, aproveché que las parteras, Paula y mis familiares conversaban animadamente y me recosté en un sillón que se encontraba en el zaguán. El efecto de la ayahuasca y la chacruna se empezaron a intensificar, pero la sensación era muy agradable. Empecé a ver sutiles figuras geométricas de colores y sentir un enorme amor por ese lugar. Sentí que los espíritus del territorio habían recibido la placenta y nuestras ofrendas positivamente y que nuestra consagración para la protección de mi Lucy estaba completa.

No pude disfrutar del plácido estado por mucho tiempo porque ya era hora de iniciar nuestro recorrido de tres kilómetros a pie, hasta el lugar donde el servicio expreso veredal nos recogería un poco más tarde. Sin querer atraer atención sobre mi – tal vez inoportuno – trance enteogénico, me apeé tratando de parecer normal y me fui al lado de Paula, cargando la niña.

Tal como me temía, a medida que nos acercábamos al punto de recogida, mi trance se iba haciendo más fuerte, pero afortunadamente seguía siendo manejable. Así me mantuve hasta que nos metimos en la parte de atrás del viejo y estrecho campero Nissan. La carretera que comunica a Guane, la vereda donde nos encontrábamos y su cabecera municipal Fómeque, es totalmente destapada y aunque en esa época no había llovido, la carretera era irregular y serpenteante. No precisamente cómoda para el turismo, mucho menos para alguien con un potente psicoactivo en su sistema.

Haciendo uso de las técnicas de respiración que conocía hice todo lo posible por mantenerme en control, pero a medida que nos acercábamos al pueblo, se me hacía más difícil. Una media hora durante el trayecto, empecé a sentir atisbos de mi mayor temor durante las tomas de yagé: la sensación de pánico acechante que se acompañaba de imágenes oscuras y pensamientos retorcidos. Miré a los ojos a Alexandra, que se encontraba en la banca del frente y le dije:

– “Alexa, me estoy sintiendo muy mareado, está como fuerte el yagecito”

La partera me miró con una expresión severa y con voz baja me dijo que no había estado bien lo que había hecho con el yagé. Luego se lo pensó un poco y cambió el tono, me tomó de la mano y con cariño me dijo que estuviera tranquilo, que siguiera respirando profundo y no me preocupara.

Me quedé con sus palabras repitiéndose en mi cabeza como si fuera el eco inagotable de un mantra hasta que pocos minutos después, aparecieron las casas blancas y de ladrillo de la cabecera municipal. Por fin estábamos en Fómeque, pero yo seguía tratando de evitar entrar en pánico y sobre todo, preocupar a Paula o las parteras.

Sin control

Siempre me causó curiosidad que casi todas las personas que conocía en el medio chamánico, lograban, después de un cierto número de ceremonias, “pilotear” al yagé, como se decía. Con frecuencia veía personas tan afectadas como yo, viviendo episodios de pánico y total descontrol, pero invariantemente eran novatos en la medicina, o yagenautas que no eran tan asiduos en la práctica. Pero yo, para ese entonces habría tomado yagé por lo menos unas 40 veces o más y aún así, me sentía como el más inexperto. Algunas veces sentía que tenía el control, que podía manejar mi viaje, pero cada cuatro o cinco tomas, venía una en la que yo terminaba convirtiéndome en el show central de la ceremonia y acaparando buena parte del tiempo del taita y sus ayudantes.

Recordé las palabras del taita Mauricio Vicencio cuando me encontraba tirado a sus pies, revolcándome en una de mis proverbiales malviajes de yagé:

“La medicina es cosa seria, con esto no se juega y tú no puedes andar jugando a ser chamán, un chamán de verdad está firme, bien parado, no así revolcándose como estás tú…”

Y, sin embargo, tres años después, ahí estaba yo, nuevamente temblando de miedo, tratando de conservar el control como quien intenta cubrirse de la lluvia con las manos. Tenía ganas de llorar, gritar y pedir ayuda. El solo hecho de tratar de parecer normal era una tortura y para colmo de males, todo a mi alrededor estaba tornándose sombrío, diabólico.

Fómeque es una población en la que por alguna razón – endogamia generacional, me atrevería a conjeturar – se ve un gran número de personas con enfermedades o discapacidades mentales. En aquel estado, parecían ser ellos, los loquitos como la gente los llamaba, quienes notaban mi estado alterado de consciencia. Con total seguridad, yo parecería uno de ellos, moviendo mis manos de forma extraña y meciendo rápidamente mi pierna derecha. Pero yo los veía como si fueran demonios, seres del inframundo, vagando en la Tierra como parte de una larga penitencia cósmica.

Eso era algo que me habían enseñado los abuelos, las personas con discapacidades mentales eran en realidad almas con baja vibración, generalmente poseídos por espíritus o demonios oportunistas. Nada nuevo en el chamanismo, que había heredado esas creencias pseudocientíficas y discriminadoras de una población vulnerable de personas con frecuencia más bondadosas y cariñosas que los “normales”.

 El caso es que no pude soportar más aquella tortura psicológica y me dejé libre para hacer lo que siempre hacía en esos trances, sólo que esta vez en plena calle y a la luz del día: caminar de un lado hacia otro, pedirle ayuda a quienes considerara que tenían suficiente poder para hacerlo y preguntar una y otra vez “¿me ves bien?, ¿estoy bien?”.

Paula se molestó con justa razón porque no solo no podría conducir para regresar a Bogotá, sino que además ahora ella tendría que encargarse de una bebé de dos meses y un adulto de 87 kg que se comportaba como un párvulo. Me subí a la camioneta que mis papás nos habían prestado para la ocasión y me acosté en posición fetal en el asiento de atrás mientras me sacudía con los temblores y espasmos que el yagé me producía.

Pude escuchar la conversación de Paula con las parteras, tratando de decidir qué hacer en esa situación tan inconveniente y coincidir con ellas en que había sido un acto de irresponsabilidad de mi parte ponerme a tomar yagé en unas condiciones tan poco propicias. Alexandra, que se había contenido hasta ese momento, se acercó a la ventana de la camioneta y me dijo:

“Usted si la embarró Manuel, ¿cómo se le ocurre echarle yagé a la placenta? No ve que eso es sangre, ¡el yagé y la sangre no se pueden mezclar nunca! ¡Y además echarle tierra encima! Se metió en la grande.”

En buena medida, me merecía el regaño, pero, por otra parte, teniendo ya en mi cabeza pensamientos de muerte y sensaciones diabólicas, las palabras de Alexandra se convirtieron en un multiplicador de la pesadilla. Ahora estaba convencido de que había hecho alguna especie de pacto oscuro con el yagé, que había invocado espíritus de muerte al sepultar un chorro del brebaje.

Poco a poco, el yagé se siguió apoderando de mi mente consciente y el terror inicial dio paso a la fase de locura sin sentido. Empecé a repetir pasajes bíblicos y oraciones católicas sin ningún orden y probablemente incompletas, pero en mi locura, estaba arreglando lo que había dañado a punta de invocaciones y conjuros místicos ocultos en los textos religiosos.

Cuando empezaba a sentirme un poco mejor, me sobrevenía un pánico irracional por tal vez haber puesto en peligro espiritual a mi pequeña bebé. Mientras yo libraba mi batalla en la mente, Paula conducía hasta el único hotel del pueblo, a ver si podíamos pasar allí la noche. Pero esto no fue posible, no había habitaciones disponibles y como las parteras se negaban a dejarla sola sin encontrar una solución, Paula decidió emprender el viaje de regreso a nuestra casa en Bogotá.

El viaje se nos hizo a los tres, tan largo como podía ser. Yo estaba convencido que, en cualquier curva del camino, nos íbamos a ir rodando ya que presentía que ese día seguramente moriríamos. Luciana, que probablemente percibía el ambiente enrarecido en el carro, no hizo más que llorar durante buena parte del camino y Paula tenía que tratar de mantenerse en calma mientras la bebé gritaba y yo decía incoherencias.

Algo se rompió

Esa noche, llegamos a casa en la noche y nos fuimos a acostar en silencio. Yo ya me encontraba en una fase del yagé en que los efectos eran mucho más suaves pero el miedo a algún peligro acechante seguía estando ahí. Muchas veces, cuando tenía esos viajes oscuros en el yagé, la última parte del trance era una especie de rebote emocional, recibía sensaciones positivas y sentía que la parte oscura del viaje había tenido un propósito, que había dejado salir algo que me estaba haciendo daño.

Pero esta vez fue diferente, no llegó nunca esa parte positiva. El efecto del yagé se desvaneció, pero yo me quedé con un vacío en el pecho, una sensación de pérdida, de anormalidad. Me sentía culpable y avergonzado por mi irresponsabilidad y todas las incomodidades que le había causado a Paula, a Luciana y a nuestras amigas parteras, en una fecha que se suponía que sería de alegría y celebración. Curiosamente, no es infrecuente que en las entregas de placenta haya episodios con una carga emocional pesada, pero en nuestro caso, sentía que no tenía por qué haber sido así, que yo me había buscado mi propio mal.

Había tenido muchas tomas de yagé sombrías y duras, pero siempre volvía a la vida diaria con más alegría, entusiasmo y positivismo que antes. Esta vez, no fue así. Los días siguientes a la ceremonia de entrega de placenta fueron normales, pero sin la acostumbrada inyección de energía. Las palabras de Alexandra sobre mi irresponsabilidad con el yagé se unieron al recuerdo de las palabras del taita Vicencio y las dudas que tenía sobre los trances de yagé en los que me sentía como un ser malvado, oscuro.

– “¿Será que dentro de mi hay un ser maligno, alguien que tarde o temprano va a traer desgracia a quienes me rodean? ¿Será que mi destino es causar dolor?”

Las lágrimas se acumulaban en mis ojos cada vez que pensaba cosas de ese estilo, pero rápidamente las ahuyentaba con afirmaciones positivas

“Yo soy lo que decido ser, soy un ser de Luz, de Amor y de Sabiduría y siempre voy a luchar por el bien, por la justicia… Así me cueste la vida”

Y entonces las lágrimas volvían a asomarse.

La sombra al asecho

El resto del año 2015 fue una mezcla de bellos momentos disfrutando de mi nueva familia y episodios esporádicos de angustia inexplicable. Cuando hablaba sobre el tema con Paula, le decía que sentía como si esa toma de yagé de Guane no hubiese terminado del todo. A veces iba por la calle caminando, o montando en bicicleta y de repente sentía una presencia oscura cerca de mí, mi corazón se aceleraba y empezaba a sentir miedo sin una razón evidente.

Mi mente acostumbrada a encontrar una explicación para todo empezaba a conjeturar sobre el origen de ese miedo y entonces sobrevenían cientos de pensamientos fatalistas u ominosos que lo único que conseguían era aumentar aún más mi angustia. La idea que por alguna razón resonaba más en mi cabeza era la de que tal vez estaba presintiendo algún tipo de tragedia para mi o para alguien de mi familia.

Yo mantenía estas ideas tormentosas guardadas para mi y trataba de que mi vida siguiera su curso normal, pero me estaba volviendo más temeroso y precavido, llegando a tratar de evitar algunos viajes o incluso salir de la casa innecesariamente. Pero había dos síntomas que me inquietaban enormemente: Cuando llevaba a Luciana en mis brazos y pasaba cerca de una ventana abierta o un balcón, sentía que tal vez algo dentro de mi quisiera arrojar a la bebé desde esa altura y compulsivamente tenía que alejarme de allí lo más rápidamente posible. Algo similar me sucedía cuando sostenía un cuchillo de cocina en mis manos y Paula, Ana o la bebé estuvieran cerca de mí. Sentía que tal vez podría intentar herirlas por lo que inmediatamente ponía el cuchillo en un cajón o en el lavaplatos.

Con esas acciones sorteaba la angustia momentánea pero invariablemente me quedaba con una creciente preocupación sobre lo que podría haber pasado que estuviera alterando mi mente de ese modo. Decidí que lo que me pasaba era muy vergonzoso para contárselo a alguien y no quería que mi familia pensara que yo estaba perdiendo la cordura y tal vez convirtiéndome en alguien peligroso para ellas.

Mi estrategia consistió entonces en no darle tiempo a mi mente para maquinar sobre mis miedos. Redoblé mis esfuerzos en proyectos de trabajo, la digitalización de la Enciclopedia El Mundo de los Niños, que había emprendido como una meta personal y escribiendo dos libros sobre tecnología que hice por encargo de la Universidad Manuela Beltrán.

El poco tiempo libre que me quedaba lo dedicaba a la familia y a la espiritualidad, participando en ceremonias y círculos de palabra en los que pretendía ayudar a otras personas, pero donde silenciosamente imploraba por una sanación para mi mente agobiada por miedos sin forma ni origen, que derivaban en una angustia casi constante de que algo malo le sucediera a mi pequeña Lucy, o a Annie o a Paula, o de que quizás estuviera viviendo mis últimos días.

En noviembre de 2015, mi familia y mis padres hicimos un viaje de dos semanas a Europa. Queríamos conocer el viejo continente por primera vez y yo secretamente buscaba enfrentar mis miedos y despejar mi mente después de varios meses de inestabilidad emocional. El viaje resultó ser una experiencia maravillosa y compartir con mis papás en lugares que cuando era niño parecían inalcanzables, fue una gran alegría.

Sin embargo, mi objetivo de alejar los pensamientos trágicos no había salido como esperaba. La noche en que llegamos a Barcelona, nuestro primer destino, nos encontramos con la noticia de que, en París, ciudad a la que iríamos un par de días más tarde, acababa de sufrir uno de los peores ataques terroristas de su historia cuando tres células de ISIS mataron 130 personas e hirieron de gravedad a otras 416, con ataques simultáneos en un estadio, cafés restaurantes y el teatro Bataclán, en el que 1,500 jóvenes asistían a un concierto.

¡Europa estaba en alerta roja por terrorismo islámico y nosotros andábamos de turismo por la zona! Afortunadamente regresamos a Colombia sin ninguna novedad, pero estar en medio del pánico generalizado causado por los ataques, presencia militar en todas partes y noticias de posibles atentados en nuestros destinos, no ayudó para nada a reducir los temores que me atormentaban.

Con la familia y nuestro amigo Elvio en Roma

Una luz de esperanza

Poco después de regresar de Europa, mi amigo chamán Nelson Dorado me invitó a una especie de retiro espiritual que iba a hacer junto con Maiker, otro chamán, a quien también conocí en las tomas de yagé del Taita Gregorio. Sugerí que invitáramos también al abuelo Luis Sánchez y ambos aceptaron encantados.

Maiker nos recogió en la mañana del 19 de diciembre y nos dirigimos hacia nuestro destino, que Nelson describió como un portal energético natural. Se trataba de la cascada Juan Curí, ubicada cerca al municipio de San Gil en el departamento de Santander. Durante el trayecto compartimos anécdotas, historias y aprendizajes de nuestros caminos espirituales y mientras disfrutábamos de los espectaculares paisajes, me di cuenta que era la primera vez que hacía un viaje con amigos, que no fuera a tomar yagé. ¡Caramba! Creo que me hizo falta vivir algunas cosas en mi adolescencia.

Tan pronto llegamos a la finca donde se encuentra la cascada, iniciamos nuestro ascenso a pie hasta el famoso atractivo natural. La cascada, de unos 250 metros de altura, cae en forma de escalera sobre una enorme roca en la que los turistas suelen tomarse fotos. Llegamos a eso de las 5:30 de la tarde y todavía había unas pocas personas visitando el lugar, así que decidimos esperar hasta que se fueran para hacer nuestro ritual.

En realidad, ninguno de ellos había preparado alguna logística particular para la ceremonia, así que entre todos la improvisamos. El abuelo Luis y yo, como siempre, hicimos una ofrenda de tabaco y hojas de coca a las aguas. Maiker llevaba un par de barras de jabón Rey, un tradicional jabón de ropa, que es muy usado por indígenas, esoteristas y chamanes en Colombia por supuestamente ser bueno para hacer limpieza energética.

Compartió las barras entre los cuatro y con ellas nos bañamos con las frías aguas de la quebrada, pidiendo que el espíritu guardián del lugar se llevara las impurezas físicas y espirituales que tuviéramos. Luego cada uno debía meterse debajo de la cascada, recibiendo por un minuto el azote del agua directamente sobre cabeza, hombros y espalda. Al terminar el minuto, cada uno debería salir y dar un grito a pleno pulmón, como declarándose renacido de entre las aguas.

Mientras soportaba el helado azote de la cascada sobre mí, pedí con mucha fe que se fueran esos pensamientos de muerte que me acompañaban, que no me atormentaran más. Entonces, como si alguien me estuviera susurrando al oído, recibí un mensaje que se convertiría en un mantra sanador en adelante:

– “No importa lo que pase. Sea lo que sea. Siempre. Siempre, puedo volver a ser feliz”

Muchas de las enseñanzas esotéricas y chamánicas que recibí durante aquellos años sonaban muy bien y me hacían sentir bien al repetirlas, pero cuando pensaba en ellas a fondo, me daba cuenta que no tenían sustento lógico o eran contradictorias y perdían su efecto. Pero esta era diferente. Era simple pero eficaz y sobre todo cierta: Sea lo que sea que la vida me depare, si me lo propongo y lucho por ello, puedo volver a ser feliz.

La frase era un antídoto a la infelicidad que sembramos cada vez que decimos “Si pasa esto o aquello, no lo superaría, no querría seguir viviendo.” No, pase lo que pase, cuento conmigo para hacer lo que tenga que hacer para volver a ser feliz. Era un compromiso que me daba tranquilidad.

Al día siguiente nos levantamos temprano llenos de energía. Estábamos renovados y radiantes. De hecho, en una fotografía que nos tomamos antes de emprender el camino de regreso a Bogotá, nos veíamos con una especie de halo de luz alrededor. Yo sentía que había encontrado lo que había ido a buscar y esperaba que ese fuera el principio del fin de mi tormenta interna.

Además, Nelson, Maiker, el abuelo y yo habíamos fortalecido nuestros lazos de amistad, los cuales nos llevarían a vivir otras experiencias valiosas en el compartir del aprendizaje espiritual. Durante el trayecto de regreso, yo observaba por la ventana y veía todo con más optimismo. Presentía que las cosas empezarían a marchar bien nuevamente después de ese renacer y por fin podría dejar atrás el sombrío capítulo que inició con mi toma de yagé durante la entrega de la placenta de Luciana.

Pero lamentablemente, mi camino por la senda de la oscuridad del alma apenas había comenzado. Aún hacían falta más de dos años de pruebas difíciles y momentos de desesperación, antes de cerrar ese capítulo y poder iniciar la nueva vida que había venido buscando desde que el yagé me mostró una visión sobre mi futuro en esa primera ceremonia en la Mesa, 6 años atrás. Mi teléfono celular vibró, lo saqué de mi bolsillo y abrí el mensaje de texto, lo leí y sonreí, ahí estaba la persona por quien arriesgaría todo lo que había construido hasta entonces y me acompañaría por caminos desconocidos y peligrosos.

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