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T3E13: Las Lecciones del Taita Amor

Última actualización el 2021-05-17

Espiritualidad y Ciencia
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T3E13: Las Lecciones del Taita Amor
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Otra cosa que teníamos en común el abuelo Luis y yo, era que a diferencia de los otros abuelos que conocí en Pueblo Nación Muisca-Chibcha, el abuelo Luis también veía al Yagé como una herramienta fundamental para avanzar en el camino espiritual. En varios círculos de palabra nos había compartido algunas experiencias místicas durante sus ceremonias e incluso una vez nos acompañó a una toma con el taita Fernando en La Mesa.

Hablábamos con frecuencia sobre el Yagé y le conté de mi inquietud por el creciente número de experiencias oscuras y mortificantes durante mis tomas. El abuelo Luis, que siempre ha sido cuidadoso a la hora de referirse a la medicina o enseñanzas de otros sabedores, me decía que en su opinión, el taita que dirige la ceremonia debería ser muy cuidadoso con las energías que se mueven y proteger a los asistentes, especialmente a los más sensibles, de los malos viajes de Yagé, que en su concepto se dan cuando hay asistentes con brujería o sanaciones muy fuertes que atravesar.

Hasta ese momento yo nunca había pensado en cambiar de taita porque me parecía que el Yagé es algo muy delicado como para ensayar aquí y allá, como quien prueba una suscripción a un servicio por 30 días y si no le gusta la cancela. Además, Fernando era el taita de Mara y el único que ella recomendaba a sus pacientes. Aun así, mis padres y yo tomamos yagé con una abuela Uitoto, cerca del municipio Leticia, durante una visita que hicimos a la selva del Amazonas al sur de Colombia. En aquella oportunidad, mi idea era probar la medicina ancestral estando en su territorio de origen, algo que me imaginé que sería más intenso que hacerlo cerca de la ciudad.

Muchos turistas viajan a la selva buscando espiritualidad Ancestral, sin conocer realmente la profundidad del trabajo con las plantas sagradas ni los riesgos asociados con ingerir Ayahuasca, por lo que es común que los taitas entreguen cantidades muy pequeñas o diluidas de Yagé. De esta forma, evitan que los turistas se “malviajen” y los terminen metiendo en problemas. En cualquier caso, esto es lo que creo que sucedió aquella vez en el Amazonas porque a duras penas sentí el efecto del yagé.

Aparte de eso, nunca había tomado yagé con otro taita pero la verdad era que mis experiencias de Yagé ya no eran tan bonitas como al principio y con frecuencia me encontraba luchando para que la planta no me llevara muy lejos, “para no dejarme coger” como se dice en el argot chamánico. Anhelaba las experiencias místicas que tantas veces había tenido pero también me daba mucho miedo tener que sentir esa maldad dentro de mí, la cercanía de la muerte, o conectarme con arquetipos densos de dolor y soledad.

El abuelito Luis me había sugerido que me enfrentara al Yagé y le dijera que no había ido a su encuentro para que me maltratara ni para que me probara sino para buscar sanación e iluminación. Según me había contado, de esa forma él había logrado hace muchos años cambiar la manera en que el Yagé se relacionaba con él. Yo había seguido su consejo pero mi impresión era que el Yagé no me permitiría alcanzar el nirvana sin antes tener que pasar por la dura prueba del fuego.

El Taita Grego

Taita Gregorio Castro

Podía ser que así fuera la naturaleza del Yagé, al menos conmigo, pero también cabía la posibilidad que hubiera algo en la forma en la que el taita Fernando preparaba la medicina, o de cómo dirigía la ceremonia, que lo hacía particularmente riguroso. Además, el taita Fernando se encontraba atravesando por una racha de problemas personales que le impedían realizar las ceremonias con la misma frecuencia que antes, así que aproveché la situación para pedirle al abuelo Luis que me hablara del taita con quien él tomaba remedio.

Fue así como escuché hablar, por primera vez, sobre el taita Gregorio Castro, perteneciente a la etnia Cofán. El abuelo lo conocía desde hacía unos siete años y aunque había tomado yagé con otros sabedores, el taita Gregorio, o “Grego” como lo llamaba cariñosamente, era quien en su opinión mejor reflejaba los valores de coherencia, disciplina y servicio que considerábamos primordiales en el Clan Solar.

Acordamos ir juntos a la siguiente toma con el taita Grego, que a la sazón se realizaba una vez por mes en un pequeño balneario ubicado cerca de una de las entradas del municipio de Mesitas del Colegio, al suroccidente de Bogotá. Lo primero que me llamó la atención sobre mi nuevo destino enteogénico, fue la logística del lugar. A diferencia de Yai Bahi, la comunidad del taita Fernando, en donde cada uno llegaba por su lado y en promedio se reunían unas 20 o 25 personas como máximo, para llegar a la ceremonia con el taita Grego, había un bus contratado exclusivamente para el evento, una persona encargada de inscribir a los participantes con anticipación y varios ayudantes en el sitio de destino, que se encargaban de las tareas organizativas como cobrar el aporte económico, entregar un papelito que le daba a los asistentes autorización de ingresar a la ceremonia y orientar a quienes llegábamos para que nos ubicáramos mientras se daba inicio a la toma.

Otra cosa novedosa con el taita Grego era que sus ceremonias se realizaban exclusivamente durante la noche. Yo había escuchado que esta era la costumbre más extendida en otros tomaderos de Yagé, pero yo nunca había tomado de noche, excepto aquella vez en el Amazonas, y me sentía aprehensivo de tener que enfrentar mis miedos y tribulaciones en la oscuridad de la noche.

Pernoctar en una finca, además le añadía unas complicaciones adicionales: había que llevar y armar su propia carpa, hamaca o colchoneta y tratar de dormir lo suficiente como para estar listo para el viaje de regreso al día siguiente. Pero por otra parte, permitía añadir a la experiencia la intimidad de una fogata en la noche rodeado de caminantes del espíritu, los cielos estrellados de luna nueva y las noches claras de luna llena además del regalo de recibir los primeros rayos de luz del nuevo día.

Mi mayor sorpresa, sin embargo, no fueron ni los detalles de la ceremonia ni el hecho de que se realizara durante la noche, sino la increíble calidad humana que encontré en ese lugar. Para empezar, el taita Gregorio, que era un hombre de unos 50 años, baja estatura, piel trigueña, abundante bigote y una alegría honesta y desbordante que contagiaba a todos a su alrededor. Al taita lo acompañaban su esposa, la mama Carmenza y grupo de ayudantes que le asistían todo el tiempo, pero quienes me di cuenta, no lo veían como un iluminado o un líder sino como a un papá, un amigo consejero.

Fue la primera vez que encontré un grupo de jóvenes experimentados en ancestralidad y chamanismo con quienes me sintiera tan identificado. Nuestro grupo de Engativá estaba formado más que todo por principiantes y visitantes ocasionales, mientras que los miembros con más experiencia éramos un puñado nada más. En La Mesa, por otra parte, muchos de los asistentes a las tomas del taita Fernando, eran personajes de la farándula, empresarios y personas de clase alta con quienes no llegué a generar lazos de amistad.

Los amigos del taita Grego, por otro lado, eran en su mayoría de clase media, empleados y trabajadores independientes con quienes me resultaba más fácil socializar. Algunos de ellos son aún hoy en día entrañables amigos, a pesar del tiempo y la distancia.

Corazón de Estrella

En el relato de mi primera toma de Yagé narré como el sonido de los tambores pareció tener una influencia directa sobre la planta que se encontraba en mi organismo. A medida que el ritmo y la intensidad de la percusión se incrementaban, mi cuerpo empezó a moverse en sincronía sin que yo tuviera ninguna consciencia de estar accionando el movimiento ni la capacidad de detenerlo. Algo similar ocurría cuando escuchaba las notas de la armónica con las que el taita y sus ayudantes acompañaban algunos momentos de la ceremonia. En ese caso, la sensación siempre era de estar siendo elevado hacia el cielo o movido en círculos mientras las imágenes de formas geométricas y cuadrículas de colores se hacían más intensas.

Era claro que la música tenía un efecto poderoso durante el trance de Yagé, pero no llegué a conocer la magnitud de su influencia hasta que empecé a tomar yagé con el taita Gregorio Castro. No solamente era él mismo un virtuoso guitarrista y barítono sino que un buen número de sus ayudantes eran también destacados compositores e intérpretes de un estilo de música que ellos llamaban “Música Consciente” o “Música Medicina”. Musicalmente hablando, no se podría considerar un género independiente ya que lo conformaban un amplio espectro de ritmos y melodías, desde balada y bambuco hasta vals e incluso rock, pero los sonidos que más escuché durante las muchas tomas de yagé en que participé con ellos, eran los ícaros, sanjuanitos, pasillos y tonadas del folclor de los andes colombo-ecuatorianos que se conocen popularmente como “música andina”. Lo que convertía esta amalgama de sonidos en algo especial y diferente era que sus letras trataban de temas espirituales y chamánicos y que con frecuencia incluían sonidos de instrumentos orientales.

Si la influencia de las notas del tambor o la armónica en la forma en que el yagé actuaba me parecía mágica, el efecto de toda una banda de instrumentos de viento, percusión, cuerdas y múltiples voces llevó la experiencia del yagé a un nuevo nivel. Cada instrumento parecía entrar en resonancia con algún aspecto del trance: las visiones, los olores, el movimiento, la efusividad, la introspección, el recogimiento o el éxtasis.

El taita Grego conocía con precisión el tipo de música, la intensidad y la cadencia con los que debía acompañar cada momento de la ceremonia, para llevar a los participantes al punto preciso de exaltación, como si se tratara del flautista de Hammelin guiando a los ratones fuera del pueblo. El taita empezaba la ceremonia con una consagración del yagé en el altar, similar a la que hacía el taita Fernando en La Mesa, pero la complejidad melódica de su ejecución de la armónica traslucía una mayor capacidad musical. Luego de entregar la porción de yagé a todos los asistentes, que con frecuencia superaban los 100, Grego tomaba la guitarra e interpretaba una suave melodía que podía ser una rendición magistral de la Balada para Adelina, El Amor es Azul o el Ave Maria de Schubert.

Aquel sonriente caballero caminaba lentamente entre docenas de ceremoniantes recostados sobre la yerba bajo la luz de la luna y a su paso iba dejando esas bellas notas que invariablemente terminaban por disolver mi usual temor a lo inesperado después de ingerir el yagé. El armonioso arrullo lograba que la mayoría de los asistentes nos dispusiéramos de la mejor forma para recibir la sanación de la medicina.

Después de unas cuantas piezas instrumentales, el taita daba paso a un ceremonioso silencio que traía consigo los sonidos de la noche: usualmente grillos, cigarras y ranas aunque no con poca frecuencia también música popular y voces de los asistentes a las verbenas que se hacían en los balnearios de la zona. Cuando había fiestas en el pueblo o puentes festivos, el taita hacía un esfuerzo adicional por cubrir hasta donde fuera posible esos ruidos con su música.

De forma similar a lo que había vivido en la Mesa, en algún punto de la ceremonia muchos de los asistentes nos sincronizábamos en llegar a los momentos más intensos del trance en el que eran comunes el vómito, el llanto y a veces los gritos pidiendo ayuda. En esa fase de la toma hacían su aparición los músicos que casi siempre acompañaban al taita. Dependiendo del ánimo o “energía” del clímax de la toma, se podían escuchar guitarras, charango, tambores, pincuyos o zampoñas, típicas de la música andina, pero interpretando ritmos chamánicos al lado de didgeridoos, harpas de boca, cuencos tibetanos y otros instrumentos exóticos provenientes de Australia, la India o China.

Algo que me sorprendía enormemente con respecto a estas ejecuciones de música chamánica de media noche, era que aunque algunos de los músicos se conocían entre sí, e incluso hacían parte de la misma agrupación musical por fuera de las ceremonias. Pero a menudo participaban otros músicos con quienes nunca habían ensayado o incluso conversado anteriormente y aun así, lograban integrarse perfectamente en ritmo y armonía. Aún más sorprendente era que muchos de esos músicos se encontraban, ellos también, en trance de yagé mientras tocaban sus instrumentos.

En más de una ocasión, el ritmo chamánico me levantó de mi trance estático y me puso a danzar mientras recorría la finca o alrededor del fuego, donde podía ver a los músicos, que muchas veces estaban oscilando sus cabezas con los ojos en blanco mientras tocaban sus instrumentos con inalterada destreza.

Mientras los músicos hacían lo suyo, el taita Gregorio, la mama Carmenza, sus ayudantes y con frecuencia el abuelito Luis, asistían a los participantes de la ceremonia que necesitaran ayuda en su proceso. Con el tiempo, yo mismo me convertí en ayudante del taita y también ayudé a quienes tuvieran momentos difíciles… cuando el yagé me lo permitía.

Esta era la parte de la ceremonia que más esfuerzo demandaba del taita y era común verlo atravesar la finca varias veces asistiendo a quien lo necesitara, pero cuando el efecto del yagé se iba haciendo menos intenso, Grego tenía la posibilidad de descansar un poco en su hamaca. Siembre había uno o dos músicos que aprovechaban esta parte de la noche, que usualmente era después de las 3 de la mañana, para compartir sus melodías, generalmente de autoría propia.

Esa era en mi opinión la parte más bella de la noche y una de las cosas que más extraño de mi vida en Colombia: El cielo se llenaba de estrellas, la noche se hacía un poco fría, quien estuviera a cargo del fuego se dedicaba de alimentar la fogata y mientras la mayoría de los asistentes a la ceremonia dormía en sus carpas, otros nos congregábamos alrededor del fuego para escuchar un recital íntimo y conmovedor de cuerdas, vientos y voces.

Fue en momentos como aquel, que escuché por primera vez algunas de las canciones más hermosas que he conocido y que todavía hacen parte de mi playlist de canciones que me acompañan a todas partes. Entre ellas tiene un lugar especial “Corazón de Estrella” compuesta por un amigo chamán y discípulo del taita Gregorio, llamado Héctor Raúl González Mazo. Héctor Raúl había sido un rebelde adolescente bumangués, miembro de las barras bravas del equipo Bogotano de fútbol “Los Millonarios”, aficionado a la música ska y usuario frecuente de drogas que no tenía problema en buscar peleas en la calle y emborracharse con cualquier excusa.

Su padre, atormentado con la idea de que Héctor Raúl terminara en una cárcel o en un hospital, lo llevó a una toma de yagé precisamente con el taita Gregorio. El díscolo Raúl asistió por consideración con su padre pero principalmente por curiosidad de probar la famosa “droga hippie”, pero como nos ha sucedido a varios, una cosa es escuchar de las transformaciones milagrosas del Yagé y otra vivirlo en carne propia. Mientras que la primera dosis de yagé apenas le produjo curiosas sensaciones kinestésicas, la segunda dosis lo sacó de su propio cuerpo.

Héctor Raúl cuenta que un ser incorpóreo como un ángel lo llevó a una parte decadente de la ciudad. Le dijo que le iba a mostrar dónde terminaría el camino que estaba recorriendo y le señaló a un vagabundo sucio y andrajoso que se encontraba tirado en un andén. Raúl se acercó al vagabundo y pudo sentir el hedor que emanaba. Miró a los alienados ojos del mendigo y sintió vértigo y una punzada de pánico cuando se dio cuenta que aquel desdichado no era otro que él mismo.

En una escena que me recordó el Cuento de Navidad de Charles Dickens, Héctor Raúl me contó que le pidió al ángel que se apiadara de él y no lo condenara a un destino tan horrible. El ángel le respondió que no se trataba de un castigo sino de la consecuencia inevitable de sus actos. Sin embargo, le dijo, había un camino alternativo, uno que le evitaría el triste desenlace que acababa de ver. El problema era que para poder cambiar su destino, tendría que cambiar su vida por completo.

El atribulado Héctor Raúl le contestó al ángel que él haría lo que hiciera falta, si tenía la oportunidad de evitar convertirse en un muerto en vida. Entonces el ángel lo sacó del oscuro rincón en el que se encontraba y lo llevó a un claro de la selva en el que Raúl se vio nuevamente pero esta vez, vestido de blanco, con collares y una cinta en la frente ayudando a otros a luchar contra temibles demonios.

La transformación del joven músico fue inmediata. Atrás quedaron las rumbas con droga hasta el amanecer, los violentos encuentros con las barras de fútbol y otros excesos. A partir de ese día, Héctor Raúl se convirtió en ayudante y aprendiz del taita Gregorio y cuando lo conocí, ya era no solo un experimentado chamán sino un carismático intérprete de bellas canciones de música consciente.

“Corazón de Estrella” no fue solamente la primera canción de Héctor Raúl que escuché sino su mayor éxito, probablemente incluso hasta ahora. Su melodía transmite esperanza, ilusión y alegría y su letra habla de la gratitud que se siente al conocer el amor de Dios a través de una mujer. Esa noche de luna llena, debajo de un cielo azul rey cerré mis ojos mientras Corazón de Estrella me transportaba… si, a las estrellas; y entonces pensé en Paula, mi arcoíris, mi más lindo girasol y la artesana que teje mi corazón.

Hector Raul junto al Taita Grego

Lecciones al filo de la noche

Además de Héctor Raúl, conocí a otros excelentes músicos y mejores personas que me dejaron algo que considero invaluable y es una banda sonora con la que acompaño mis meditaciones, ceremonias, momentos de tristeza, alegría y nostalgias. Jorge Rojas con su guitarra clásica y letras llenas de misticismo que hablan sobre la libertad, la armonía del universo y leyendas ancestrales. Jorge Iván Currea, un tipo serio y agradable a quien sólo vi una vez en Mesitas, me dejó su disco “La Nación del Arcoíris” que considero el álbum de música consciente mejor producido que haya llegado a mis manos. También hubo varias mujeres que adornaron con su suave voz las tibias noches de medicina. La que más recuerdo es la joven Jineth Alarcón, quien hacía unas bellísimas versiones de las canciones de Soledad Pastorutti y otras trovadoras latinoamericanas. Y en las últimas ceremonias de yagé en las que participé en Mesitas tuve el honor de trabajar con la medicina acompañado por los majestuosos acordes del maestro Diego Bonilla quien era capaz de hacer trinar la guitarra como si se tratara de una bandola y de arpegiar de tal modo que parecía que fueran dos guitarras al unísono.

En el filo de la noche, cuando la estrella de la mañana hacía su entrada y las aves empezaban su algarabío, el taita Gregorio volvía a tomar su guitarra y nos regalaba las notas de algunas de las canciones más cercanas a su corazón. Algunas eran temas sentidos del repertorio popular de su querido Putumayo pero otras eran de su propia autoría. Los que hubiéramos vencido al sueño para estar con el taita hasta esa hora teníamos la oportunidad de pedirle que entonara nuestras canciones favoritas.

Algunas de las canciones más solicitadas por los yagenautas eran “Taita Cofán”, “Sindamanoy” y “Amazonas” pero la que yo siempre anhelaba escuchar en esos ratos de ágape espiritual era “Estrellita de Mar”, la que aún me parece una de las canciones más dulces que he escuchado, con la que Grego además hacía alarde de su prodigiosa voz y calidad interpretativa.

Además de escuchar la linda música del taita, las tertulias de alborada servían para escuchar las historias, enseñanzas y anécdotas del taita, su etnia y sus maestros. Fue así como escuché la historia de las transformaciones del taita Querubín Queta en jaguar, la vez que el taita Alfonsito se asustó creyendo que le había salido un tigre mientras cocinaba yagé y había terminado con la cara blanca por la ceniza en la que había caído durante su torpe huida o el recuento de un sueño del taita Grego en el que él se había transformado en un colibrí que trataba infructuosamente de volar entre las enramadas que cubren el río Hornoyaco, tal como lo hacían los demás colibríes, solo para terminar aporreado y embarrado ante un abuelo colibrí que con majestad sentenció:

“Eso le pasa por mentiroso, porque para volar como nosotros, usted tiene que ser un colibrí de verdad.

Al terminar la narración, el taita Grego se deshizo en sonoras carcajadas mientras levantaba los dos pies y se echaba para atrás en su silla, poniendo las manos sobre su cara. Mientras se carcajeaba nos decía:

– “Yo creyendo que los había engañado y por mentiroso terminé más embarrado que mis zapatos y todo aporriado y deplumado… jajajajaja

Entonces se limpió un par de lágrimas de los ojos con el dorso de su mano, agotó un par de carcajadas que le quedaban, miró lentamente a quienes estábamos alrededor y dijo con aire majestuoso:

– “Mis hijitos, es que para poder volar uno no puede fingir que tiene alas, hay que ser un colibrí de verdad.

Nunca voy a olvidar esa lección.

Fiesta Ancestral

Cuando los rayos del sol vencían por completo a la noche, la mayoría de los tomadores de yagé empezaban a aparecer saliendo de sus carpas, sleeping bags y chinchorros y poco a poco se congregaban alrededor del taita para escuchar la última parte de sus historias. Entonces Grego, la mama y sus ayudantes se disponían para dar cierre a la ceremonia.

Todas las sillas de las que se disponía en el lugar se organizaban en círculo en la parte baja de la finca, al lado de las caballerizas, que era también la parte más plana del lugar. Los músicos se hacían con sus instrumentos y empezaban un último número del convite espiritual. El turno era para la música más alegre y festiva de la ceremonia en la que Nelson Dorado, el mejor intérprete de charango que conozco y admirable chamán, brillaba especialmente con sus enérgicos sanjuanitos. Héctor Raúl volvía al ruedo con sus temas más alegres y frecuentemente se unía en dúo al taita Grego, junto a quien ejecutaba una de las canciones más pedidas durante el cierre de la ceremonia: “Wayririri”.

Cuando la energía del grupo estaba al máximo y todo lo que se veía eran caras sonrientes y trasnochadas, el taita y la mama Carmenza pasaban por el frente de los a menudo más de 100 asistentes a la ceremonia, y a uno por uno nos hacían una limpieza energética con la wayra, toque de armónica, ícaros de su etnia, perfumes de la selva y a veces licores atomizados con la boca.

Este recorrido, que podía durar entre una hora y media y dos horas dependiendo del número de asistentes era acompañado por los músicos, quienes al igual que durante el clímax de la noche, recurrían a los instrumentos y sonidos más chamánicos, lo cual en más de una ocasión me llevó a experimentar, incluso horas después de haber recibido el yagé y mucho después de haber salido del trance, visiones, movimientos espontáneos y estados de samadhi.

En una oportunidad, gracias a los sonidos chamánicos y el ambiente místico generado durante el cierre de la mañana, sentí un estado de arrobamiento espiritual durante el cual vi con claridad un cirio multicolor que emitía chispas alrededor de la llama. Escuché también una voz que decía que ese cirio de varios colores era la clave para las ceremonias que yo deseaba hacer para abrir caminos de prosperidad y abundancia.

El taita después del amanecer, poco antes del cierre de la ceremonia

¿Sin infierno no hay cielo?

Los dos años de ceremonias y enseñanzas de la mano del abuelito Luis, el taita Gregorio, Héctor Raúl, Nelson, Maiker, Andresito, Jorge y los otros amigos espirituales que conocí en Mesitas, fue uno de los períodos más felices y provechosos de mi camino espiritual. Mi primera toma de yagé en ese lugar fue en enero de 2012 y debido a la gran expectativa de transformación espiritual que muchos creíamos que tendría lugar en diciembre, decidí tomar yagé todos los meses de ese año.

El abuelo Luis me acompañó en casi todas esas tomas y en poco tiempo logré convertirme en un ayudante más del taita. El abuelo y yo dirigíamos una pequeña ceremonia de tabaco previa al inicio de la ceremonia de yagé en la que compartíamos nuestra palabra muisca y del Clan Solar, resolvíamos inquietudes de quienes asistían por primera vez y con la autorización del taita, compartíamos las medicinas de hoska, ambil y mambe.

En diciembre de 2012 finalmente no sucedieron ninguna de las transformaciones planetarias que las teorías de conspiración de la nueva era vaticinaban, pero yo estaba tan convencido de estar atravesando una transformación energética, que mi familia y yo sí que vivimos un despertar y una evolución en los aspectos personal, familiar, profesional y espiritual que valen la pena dedicarles un capítulo aparte.

En cuanto a mi relación con el yagé, descubrí que efectivamente había algo diferente en el yagé del taita Fernando Lezama. El yagé de Fernando era mucho más concentrado o fuerte que el de Gregorio. Esto no quiere decir que fuera mejor, sólo que al comparar dosis similares, el yagé de Gregorio me permitió, excepto en un par de excepciones, tener control de mi cuerpo y mi mente. En la Mesa, el yagé con frecuencia me despojaba totalmente de mi libre albedrío, lo cual era a la vez aterrador y sublime porque fue en esos momentos de total entrega, en los que viví tanto las experiencias más densas como las más místicas.

Y no es que en Mesitas todo fuera color de rosa. En más de una ocasión sentí la cercanía de la muerte, el llamado a sacrificarme por la humanidad o la presencia de la maldad dentro de mi ser. Una vez incluso llegué al punto de la psicosis cuando en alguna finca vecina empezaron a lanzar voladores de pólvora mientras me encontraba totalmente cogido por el yagé. El familiar sonido de tablazo de los voladores repetido con frecuencia se convirtió en mi cabeza en el tableteo de fusiles de un enfrentamiento entre guerrilleros y miembros del ejército alrededor de la finca.

Mi corazón latía aceleradamente y mi mente incluso creó los gritos de soldados pidiendo municiones y coordinando sus acciones. Ese día mi mamá y mi hija me habían acompañado a la toma y no podía dejar de pensar en la guerra arrancándomelas esa misma noche. Pocas veces estuve tan aterrorizado y sin embargo permanecí allí inmóvil con los ojos clavados en el infinito y las lágrimas corriendo por mi rostro.

A pesar de estas experiencias y un par más por el estilo, con el taita Gregorio y el abuelo Luis cerca me sentía seguro y protegido. Pude explorar mucho más la introspección del yagé, llegando incluso a aclarar mi postura frente a la muerte, el servicio, el amor, el sexo y la felicidad. Vi a mis abuelos, bisabuelos y tatarabuelos apoyándome en mi trabajo espiritual, sentí que pude ayudar a mi mamá a sanar gran parte del dolor que tenía guardado en su corazón desde hacía muchos años por las dificultades que tuvimos que pasar en tiempos de escasez, e incluso sané un dolor que ni siquiera sabía que tenía.

Se trataba de la muerte de un amigo de la universidad que también fue mi compañero de trabajo en Santa Marta y que vivía en Leticia, el pueblo del Amazonas donde tomé yagé con mis padres. Su nombre era Jassir y lo único que supe, por un amigo en común, fue que en la noche de un 31 de diciembre, cuando regresaba a su casa montando su motocicleta, fue embestido fatalmente por una camioneta que andaba a alta velocidad. Había dejado a una joven viuda y una bebé de menos de dos años.

No sabía por qué pero a pesar de no haber sido un amigo tan cercano, Jassir venía a mi mente con frecuencia y una noche de yagé en Mesitas, justo después de una hermosa pinta de colores, sentí que estaba tirado al lado de una carretera durante una oscura noche de luna nueva. Traté de moverme pero no pude hacerlo y supe que estaba mal herido. Sentí mucho miedo y nuevamente la cercanía de la muerte. Pero esta vez, reconocí que no era yo a quien estaba sintiendo, era Jassir.

Pude sentir la impotencia de ver que la vida se le escurría entre los dedos mientras pasaban vehículos a su lado, bajaban la velocidad, escuchaban su débil voz pidiendo ayuda y decidían continuar la marcha, quizás para no perderse la fiesta de fin de año en sus casas. Sentí que Jassir no podía creer que no hubiera alguien con buen corazón que lo auxiliara y que lo fueran a dejar morir ahí, tirado como si fuera un infortunado animal de la selva.

Sentí su dolor de padre al pensar en dejar huérfana a su pequeña bebé y no pude contener las lágrimas. No sabía qué hacer, sentía que yo mismo era como esos conductores indolentes, estaba presenciando el dolor de mi amigo y no lo estaba ayudando. Entonces, como un regalo del cielo, escuché la dulce voz de Jineth Paola cantando “Corazón Americano” de la Sole:

“Vuela corazón, vuela más alto,

como el cóndor de la cordillera,

que nuestro destino está marcado

y la libertad es nuestra herencia.”

Corazón Americano – La Sole

Entonces mi corazón se llenó de esperanza, me dirigí al fantasma de mi amigo que ahora vi tres metros bajo tierra pero aun sufriendo de tristeza y le dije, sin conocer nada sobre su vida:

– “Jassir, la vida no ha terminado, tú sigues existiendo en esa hermosa niña que tiene tus mismos ojos. Sigues existiendo en el corazón de esa noble mujer que ahora ayuda a tantas personas necesitadas pero sobre todo, sigues existiendo en esa selva enorme y salvaje que tanto amabas. Sal de ese entierro y vuela, vuela más alto, vuela corazón americano, ya no habrá dolor que nos detenga, somos ante Dios todos hermanos.”

Jineth Paola Alarcón

Entonces lo vi como una guacamaya de colores volando por encima de las copas de los árboles, sintiendo el viento en su plumaje. Mis lágrimas eran de felicidad porque no sé cómo, pero sentí que esa noche Jassir, por fin había podido ser libre. Al menos el Jassir que vivía y que vive en mi corazón.

En las tomas de Yagé en Mesitas, no llegué nunca a ver ángeles y seres de otras dimensiones, recibir revelaciones cósmicas ni sentir la unidad con el Todo, pero tampoco tuve que sentirme como un demonio, ser abrasado por el fuego del infierno ni llorar por la perdición de mi alma. Es posible que sin pasar por el infierno no se pueda llegar al Cielo, pero gracias al taita Amor y al abuelo Luis descubrí que ni el cielo ni el infierno son los lugares a los cuales pertenezco. Agradezco sí el haber pasado por ellos para poder entender que es aquí sobre la Tierra, bajo las estrellas, alrededor del fuego de los amigos y danzando con la música de la vida durante este breve instante que nos ha regalado la existencia, que podemos encontrar la eternidad.

Paula junto al Taita Amor.
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Rafael

Me encontraba buscando información sobre la ceremonia de ayahuasca, preguntando aqui y allá, tratando de buscar el mejor lugar, los mejores reviews y esto me llevó a dar con el nombre del taita Grego. Buscando sobre él di con este episodio.

Me es difícil no usar el término «señal» al hecho de haber encontrado en un blog de un viejo conocido mio la información que necesitaba.

Es una pena que el episodio esté recortado. Aunque está transcrito, estaba disfrutando mucho al escucharlo.

Me alegra saber de ti y de los caminos que estas recoriendo

Hasta pronto

Rafael (de ITEC)

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