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T4E1: Más allá de los Sueños

Última actualización el 2022-01-15

Espiritualidad y Ciencia
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T4E1: Más allá de los Sueños
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Escuché decir alguna vez que nada conecta más a dos personas que perseguir la misma idea. Eso fue justamente lo que sucedió con Paula y conmigo ese 15 de noviembre de 2009 cuando fuimos juntos por primera vez a tomar Yagé donde el taita Fernando. Cuando nos reunimos después de haber atravesado nuestros trances de ayahuasca y conversamos sobre nuestras experiencias, nos dimos cuenta de que habíamos coincidido en una misma visión: la de que seríamos pareja y tendríamos una larga historia juntos.

Pero el punto más importante de nuestra profecía enteogénica fue la idea que nos conectaría con fuerza durante los años siguientes: supimos que seríamos padres de un Ser proveniente de las estrellas.

El yagé es un poder tan arrollador e impredecible que uno no se siente en absoluto autor o ni siquiera coautor de las visiones que se experimentan, así que no me sentí avergonzado al decirle a una amiga que apenas había conocido dos semanas antes, que según el yagé tendríamos un bebé juntos. Paula inmediatamente me hizo saber que ella había visto lo mismo y me abrazó con ternura, como queriéndose aferrar a esa visión que ahora existía en otra mente, en otro corazón además de los suyos.

Así pues, Paula y yo empezamos nuestro noviazgo con la certeza de que algún día tendríamos un bebé, una idea atípica o incluso aterradora para muchas otras parejas. Sin embargo, Paula tenía apenas 20 años y mi hija Ana María apenas tenía 10 así que, a todas luces un bebé en casa, por más bella que sonara la idea, tendría que esperar unos cuantos años para llegar.

Y así fue, pasaron los años y Paula y yo nos enfocamos en formar un hogar con Anita, resolver la ajustada economía familiar y recorrer juntos nuestro camino espiritual. Pero no quiere decir que nos hubiéramos olvidado de nuestro futuro hijo, a quien apodamos “El Angelito”. De hecho, cada vez que salíamos de una ceremonia de yagé, nos preguntábamos mutuamente si habíamos visto a nuestro Angelito.

A veces ella lo veía, a veces lo veía yo y un par de veces volvimos a coincidir los dos, pero siempre nos alegraba y entusiasmaba alimentar la idea de ver nacer, algún día, un pequeño fruto de nuestro amor. Sin embargo, fue en aquel viaje que hicimos al oído del mundo, en el corazón de la Sierra Nevada de Santa Marta, el momento en que mirándonos a los ojos decidimos que ya era el momento de pedirle a nuestro Angelito que viniera al mundo.

Para ese momento, Paula y yo estábamos viviendo el comienzo de nuestro desencanto del esoterismo y en particular de la gnosis, así que de común acuerdo decidimos dejar de lado la práctica de la “magia sexual”, la cual, al centrarse en la necesidad de evitar a toda costa la eyaculación, sospechábamos que estaba haciendo difícil que Paula quedara en embarazo.

Por otra parte, mis prolongados viajes a los Estados Unidos no solamente se interponían en nuestro esfuerzo por concebir al Angelito, sino que además estaban creando una brecha en mi relación con Paula. Mientras yo me esforzaba por abrir las puertas del norte para nuestra familia, Paula tenía que quedarse lidiando con los altibajos de la adolescencia de mi hija, la disciplina de mi madre y sin siquiera un espacio propio que pudiera sentir suyo porque habíamos decidido poner en arriendo nuestro apartamento, creyendo que nuestra partida hacia los Estados Unidos era inminente.

Esta brecha, que el tiempo, la distancia y la dificultad para concebir estaban surcando en nuestra relación de pareja, exigía de mi parte una atención mucho mayor al estado emocional de Paula y un gran esfuerzo para que mi presencia y compañía se sintieran a pesar de las dificultades. Pero, por el contrario, las luces y destellos del sueño americano me obnubilaron y me hicieron licencioso, descuidado.

En Nueva York, viviendo en el corazón de la Gran Manzana en un condominio de tres millones de dólares, me sentí como viviendo una vida alterna en la que era soltero, adinerado y exitoso. Cuando viajaba a Chicago y cuando me encontraba con David en Nueva York, me embriagaba con frecuencia y me deleitaba con los mejores cortes de filete Neoyorkino, Salmón ahumado y otros platos sofisticados.

Mi proverbial timidez me mantuvo a salvo de involucrarme con alguna otra mujer durante mis viajes, pero no así de entretenerme con conversaciones intrascendentes pero comprometedoras que sostenía a través de Internet con algunas mujeres en Colombia.

Paula, que no se prestaba para los juegos que a mí me animaban, no obstante, había encontrado en un amigo cercano el apoyo que yo le negaba así que, sin saberlo, los dos caminábamos a ciegas hacia el más triste de los abismos de los amantes: El de aquellos que dejan morir el amor poco a poco, no por desamor sino por pura negligencia.

Con mi regreso a Colombia, las cosas mejoraban ostensiblemente. Era claro que el amor que sentíamos era fuerte y se revitalizaba cuando volvíamos a estar juntos, pero el fantasma de futuros viajes seguía allí y aún no conseguíamos que nuestro Angelito viniera para, tal vez, darnos una ilusión, un nuevo norte para nuestra joven familia amenazada por nuestra tozudez de querer caminar sobre la cuerda floja.

Paula hizo una visita al ginecólogo para confirmar que no hubiera nada en su cuerpo que le estuviera dificultando quedar en embarazo. El galeno le ordenó algunos exámenes y pocos días después la citó de nuevo para emitir su diagnóstico. El resultado: Paula tenía múltiples quistes en sus ovarios por lo que, según dijo, no le sería nada fácil tener un bebé.

La noticia nos cayó como un balde de agua fría, pero pasado el desconcierto inicial, ninguno de los dos aceptó el pesimista pronóstico como una realidad. Por el contrario, nos pusimos en acción haciendo uso de nuestros recursos médicos, tradicionales y espirituales.

Lo primero que hicimos fue visitar al homeópata de confianza de la familia, el doctor Raúl Escamilla, quien le prescribió a Paula la consabida tanda de remedios homeopáticos con unos cuantos grados de alcohol, pero además le recetó un tratamiento proveniente de las tradiciones ancestrales de Colombia: una ración diaria de sopa cucha de río que es un pez de coraza dura y vientre blando, emparentado con el Bagre y muy desagradable a la vista.

En condiciones normales Paula no habría aceptado el régimen de potajes del feo animal, pero por asegurar la llegada del Angelito, estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta. Lo que no sabía en ese momento era que la sopa de cucha no sería el trago más amargo que tendría que aceptar para abrir el camino para la llegada de un ser cuya luz y fuerza apenas podíamos imaginar.

Un pacto con la Diosa Madre

Dentro de la cosmovisión que Paula y yo compartíamos en esos días, nada sucedía por casualidad y no había accidentes fortuitos, sino que todo hacía parte de una cadena de sucesos interdependientes y causales, cuya secuencia nunca podemos ver hacia adelante, sino que va tomando sentido a medida que se recorren. Pero estos hechos no estarían predestinados, sino que se presentaban como oportunidades para acercarnos a lo mejor que podríamos llegar a ser en nuestra existencia.

Así que entendimos nuestra dificultad para engendrar al Angelito, como una señal del Cosmos de que no estábamos preparados para la importante misión que estábamos por emprender. Consultamos con nuestros maestros Mara y el Abuelo Luis y ambos coincidieron con nuestra interpretación, pero fue el abuelo Luis quien nos dio la clave que creímos que necesitábamos escuchar:

“¿Ustedes ya hicieron pagamento por ese propósito?”

– “Sí abuelito, nosotros hicimos pagamento en el Oído del Mundo

– “No señor, ustedes allá fueron a pedir que ese Ser encarne, pero allá no es el pagamento”

Pensé en esas palabras por un momento y lo vi claro como la luz del día: El abuelo tenía razón, en nuestro viaje a la Sierra le habíamos dicho a la Madre que ya era hora de que viniera nuestro Angelito, pero el pagamento, según lo aprendimos con los Muiscas era mucho más que eso. No bastaba con estar en un sitio sagrado, había que ir a un lugar que tuviera conexión con el Espíritu que se estuviera negociando, en este caso el Espíritu de la maternidad, del nacimiento.

El mito de origen del pueblo Muisca cuenta que después de que la abuela Bagüé despertó al gran Chiminigagua, tomó una kona o pequeña mochila, la llenó con hojas de coca y sobre ella creó a todas las plantas y animales para que habitaran su superficie y la llamó Hizka Guaia. Una vez que la anciana vio que todo reverdecía en su nueva creación, decidió enviar al nuevo mundo a una de sus hijas: Bachué, quien fue entonces engendrada entre las aguas placentarias de Hizka Guaia, entre las entrañas de una montaña en pleno corazón del territorio Muisca.

Aquella matriz planetaria se abrió formando una laguna y de ella emergió la hija de la Diosa, pero no venía sola, traía en sus brazos a un niño a quien había decidido formar con su poder creador, para que la acompañara y la cuidara y por eso lo bautizó Iguaque que quiere decir “sombra compañera”. Dicen los abuelos que Iguaque creció en edad y sabiduría, de la mano de su compañera Bachué y cuando estuvo a la altura de la diosa madre, se unió a ella y juntos engendraron a todos los seres humanos que habitan el mundo. Les enseñaron el tabaco, la coca, el maíz y el tejido y cuando concluyeron su tarea, volvieron a la laguna donde se convirtieron en serpientes y desaparecieron entrelazándose entre sus aguas.

 A esta laguna, ubicada a unos 3800 metros sobre el nivel del mar y cerca de la famosa población de Villa de Leyva, se le conoce desde tiempos de los Muiscas como la Laguna de Iguaque, Laguna Mayor o Laguna del Nacimiento. Era el sitio ideal para hacer el pagamento por nuestro bebé.

La Laguna Madre

Con la emoción típica de embarcarnos en una nueva aventura espiritual, Paula y yo nos fuimos para la bella Villa de Leyva, nos alojamos en un pequeño hostal y al día siguiente condujimos hasta la entrada del parque nacional “Santuario de Fauna y Flora Iguaque”. El lugar es reconocido por la imponencia de sus paisajes, su frío páramo y el empinado sendero que conduce hasta la sagrada laguna. Según los abuelos, debería ser uno de los primeros lugares de peregrinación de un Muisca y yo apenas lo conocería cinco años después de haber iniciado mi camino en el ancestralismo.

A hacer el recorrido nos acompañaron mi hermana Laura y su familia y como era de costumbre, acompañamos el camino con tabaco, hoska y conversación espiritual. Hicimos el trayecto en una hora y media y lo primero que hice al llegar al lugar sagrado, fue meter mis pies descalzos en sus frías aguas. Nos detuvimos un momento a admirar el majestuoso paisaje, los siete cueros, frailejones y como si se tratara de un oscuro espejo de agua, la laguna reflejando los pocos rayos de luz que apenas se filtraban entre las nubes.

Habíamos llegado a la reserva natural mucho más tarde de lo planeado y por lo tanto fuimos el último grupo de visitantes a quienes se les permitió ascender; de haber llegado unos minutos más tarde, no habríamos conseguido autorización para visitar la laguna. Esto quería decir que tendríamos poco tiempo para nuestra ceremonia, pero, por otra parte, contábamos con la ventaja de encontrarnos totalmente solos en Iguaque, lo cual era conveniente para poder encender tabaco y alzar los brazos al cielo sin despertar la curiosidad de otros turistas.

  Hicimos nuestra ceremonia como ya lo habíamos hecho en otras ocasiones con los abuelos, arrojando hojas de coca y tabaco a la laguna, ofrendando un tabaco, agradeciendo en voz alta los dones materiales y espirituales que habíamos recibido y pidiendo los que queríamos recibir, pagándoselos a la laguna con nuestro esfuerzo diario y nuestro trabajo interno. Paula y yo nos tomamos de la mano y mirando hacia el centro de la laguna, prometimos poner toda nuestra consciencia y nuestra voluntad para formar a ese Ser que la Divinidad nos iba a entregar, para formarle en sabiduría y amor tal como la Madre Bachué lo había hecho con el Padre Iguaque después de emerger de sus aguas.

En ese momento, nos dimos cuenta que la espesa niebla nos comenzaba a envolver y sentimos las primeras gotas de una fría llovizna. Lo interpretamos como una respuesta positiva del Espíritu de la Laguna, pero también como que era tiempo de iniciar nuestro regreso; en una hora empezaría a oscurecer y el camino era demasiado escarpado como para descender a tientas.

Durante el camino hacia la Laguna Sagrade de Iguaque
Nuestras fajas en la laguna de Iguaque

Volvimos a Bogotá con la convicción de que nuestro Angelito estaría pronto con nosotros. Paula siguió tomando su sopa de cucha y los dos seguimos intentando concebir y mejorar nuestra relación de pareja para poder asegurarle un ambiente saludable y amoroso a nuestro bebé.

Las cosas entre Paula y yo, como dije antes, no estaban en su mejor momento y se complicaban aún más por el hecho de estar viviendo con mis padres en un pequeño cuarto de su casa, mientras esperábamos que se aprobara mi solicitud de visa para trabajar en los Estados Unidos.

Eso significaba que no teníamos nuestro propio espacio y que siempre estábamos acompañados por mis padres, lo cual es grandioso en condiciones ideales, pero no cuando dos personas está tratando de reconciliar una vida en stand-by, la incertidumbre por un futuro incierto en otro país, las ganas de tener un bebé y los problemas de pareja que se habían venido acumulando a fuerza de muchas palabras no dichas, mis repetidas ausencias y mi falta de sensibilidad con la situación personal de Paula: sus miedos y frustraciones.

Para colmo de males, teníamos apenas unos días, después de nuestro regreso de la laguna de Iguaque, antes de tener que irme nuevamente a Chicago por motivos de trabajo y Paula no podía acompañarme porque la embajada americana había cancelado su visa de turismo por un mal cálculo que mi jefe y yo hicimos durante nuestro proceso de inmigración. Así que intentamos ignorar nuestros problemas y esforzarnos por concebir a nuestro Angelito; ya veríamos luego cómo enfrentar lo que sucediera.

Paula y yo sabíamos que algo muy fuerte nos unía, pero también, por primera vez desde que nos conocimos, sentimos un espacio que crecía entre los. La idea de que quizás no fuéramos el uno para el otro seguía latente en la mente de Paula, aunque no me lo hizo saber, no lo haría hasta que aclarara esa sospecha que tenía desde hacía algunos días.

Y la respuesta que buscaba no tardó en llegar. Yo me enteré con una llamada de Paula a mi teléfono celular, una tarde mientras regresaba de hacer unas diligencias de trabajo en el norte de la ciudad:

– “¿Ya vienes para acá? Es que tengo algo importante que contarte”

“Sí, ya voy hacia allá, pero ¿qué es? No ve vayas a dejar en ascuas, ¡dime de una vez!”

– “Estoy embarazada”

Aún puedo recordar ese momento exacto, esas dos palabras que había anhelado desde hacía tanto tiempo, aunque me habría gustado verla a los ojos mientras las pronunciaba. ¡La respuesta a nuestro pagamento en la Laguna de Iguaque había llegado sorprendentemente pronto! Llegué al apartamento tan rápido como pude y cuando por fin pude abrazarla le prometí que todo sería distinto, que dejaríamos atrás nuestros problemas y podríamos por fin darle el hogar Espiritual y lleno de amor que nuestro Angelito merecía.

La cuestión con las promesas es que son contratos con varias condiciones en letra pequeña. Condiciones que usualmente ni siquiera conoce quien hace la promesa.

4.000 Km de distancia

Me despedí de Paula con un beso en los labios y ella se quedó con una lágrima a punto de asomar de sus párpados. No quería que me fuera, pero tampoco quería quedarse. Su relación con mis padres era buena, pero se sentía hastiada de no tener su propio espacio, de no saber si podría volver a los Estados Unidos o no, de dudar si todavía nos amábamos o no…

Yo por mi parte, ajeno a su dolor, inicié un nuevo viaje hacia el país del norte, esta vez por tres meses. Tres meses durante los cuales, como de costumbre, disfrutaría de numerosas invitaciones a cenar con nuestros amigos, tardes de copas, actividades deportivas y horas de conversaciones intrascendentes e inadecuadas por Internet.

Mientras tanto en Bogotá, Paula se sentía cada vez más sola, más frustrada, más lejos de mí. Así que no era de sorprender que justo durante esos meses Paula conociera a alguien que notó su tristeza y reconoció en ella la mujer de oro que es. Paula se acercó a él porque le devolvió la sonrisa y poco a poco se fue ganando su corazón.

Paula fue honesta conmigo y me contó que había conocido a alguien que la hacía sentir bien, que la sacaba de su frecuente aburrimiento y que la respetaba. Yo, consciente de mi gusto por alentar flirteos por el puro placer de la conquista, la dejé hacer y no le recriminé su interés por aquel joven. Por el contrario, se me ocurrió que el que estuviera distraída me servía para poder despreocuparme de sus vaivenes emocionales y seguir en lo mío, disfrutando mi vida de soltero en los Estados Unidos pensando que todo saldría bien por arte de magia.

La distancia entre los dos se iba ensanchando a instancias de mi inconsciencia y yo seguía dando por seguro el amor de Paula… Total, el yagé nos había mostrado que estaríamos juntos, así que no había nada que temer. Hasta que sí hubo algo que temer. Una tarde, después de una larga ausencia telefónica de Paula, escuché el mensaje de voz más frío que había recibido de ella:

“Manuel, yo no sé qué nos pasó, pero ya no siento lo mismo que antes. Tú tienes tu vida allá y yo aquí no tengo nada, necesito construir algo. Yo creo que lo mejor es que terminemos. Cuando vengas hablamos y miramos que hacemos con el bebé”.

Fue como si me hubieran quitado el piso de debajo de los pies. Sabía que Paula no se sentía bien y que había distancia entre nosotros, pero jamás se me ocurrió que fuera algo tan serio como para terminar con nuestra relación. También pensé en el hombre que estaba frecuentando y me pregunté si tendría algo que ver. En cualquier caso, sabía que tenía que hacer algo; afortunadamente ya faltaban pocos días para mi regreso a Bogotá.

Conversamos por teléfono varias veces durante esos días, pero nada parecía funcionar. A pesar de mis promesas y actos de contrición, Paula parecía mucho más cerca del fin de nuestra historia que de una segunda oportunidad. Todo dependería de lo que ella sintiera cuando nos viéramos a los ojos a mi retorno a Colombia.

Apenas puedo imaginar el cúmulo de emociones en el pecho de Paula mientras me esperaba al frente de las llegadas internacionales del Aeropuerto ElDorado. Ya no sabía si me amaba, no sabía si quería esa vida que yo le había ofrecido fuera de Colombia y quizás… No, mejor no pensar en eso; pero ¿sería posible que tampoco quisiera ya que viniera nuestro Angelito?

A pesar de todas sus dudas, había una realidad que nos mantenía fuertes. Mientras me esperaba allí en medio de la multitud, un pequeño granito de luz alumbraba en su vientre y dirigía la sinfonía de su sistema hormonal, sus emociones y quizás, de los acontecimientos que sucederían después de mi llegada.

Advertí sus ojos verdes mientras me acercaba con prisa arrastrando mis maletas. Cuando estuve a su alcance, pareció dudar por un segundo y entonces me abrazó con fuerza mientras por su mejilla rodaba esa lágrima que apenas se había asomado con nuestra despedida. Seguimos así por un largo instante y le di gracias a Dios; sentí que los dos aún estábamos allí. Paula también lo sabía, aunque sentía miedo porque sabía que aún teníamos pruebas difíciles de superar en el horizonte.

A veces cuando ganas, pierdes

En los días siguientes, Paula me confió sus frustraciones y temores durante mi ausencia, incluso reconoció que aquel amigo por quien se sentía atraída se había convertido en su apoyo más importante. Yo le conté de mis aventuras en Chicago, acompañando el lento proceso de fallecimiento de la mamá de mi amigo David, navegando por las aguas del rio Míchigan y haciéndome amigo de un amor platónico de mi adolescencia en Nueva York.

Las cosas parecían estar tomando un buen cauce, pero una noche mientras trabajaba en mi computador, abrí una caja de pandora que, en retrospectiva, pienso que tal vez debí haber mantenido cerrada.

Paula me había dado acceso a su correo electrónico para que le ayudara con un trámite mientras ella descansaba de un fuerte mareo. Abusando de la confianza que me había otorgado al darme con la contraseña de su correo electrónico, me puse a escudriñar a ver si encontraba alguna conversación entre ella y su amigo especial; un abuso que luego aprendería, tuvo un costo demasiado alto.

Mientras leía los chats que efectivamente no tardé en encontrar, regresó a mi mente, como un flash del pasado, ese coctel de sensaciones de angustia, exaltación y rabia que había sido mi verdugo durante el lento y doloroso resquebrajamiento de mi relación con mi primera esposa. Las conversaciones sobre las que mis ojos saltaban rápidamente me mostraban una realidad distinta a la que Paula me había confiado. Lo que estaba leyendo no me parecía la relación entre dos amigos que se gustaban sino más bien entre un hombre y una mujer en una relación de pareja.

Al menos advertí que mientras que él se notaba claramente enamorado, ella no era tan cariñosa, pero también era cierto que Paula no solía expresar sus emociones tan abiertamente. En todo caso, lo que me partió el corazón fue ver que Paula nunca le dijera que me amaba a mi y que a pesar de lo que sentía por él, no me dejaría. Al contrario, en más de una ocasión ella le hizo saber que a veces sentía que debía dejarme, pero no sabía cómo hacerlo.

Lo que dio el puntillazo final a mi endeble carácter fue que me di cuenta que esas dudas y la posibilidad de dejarme seguían vivas en el corazón de Paula incluso mucho después de saber de la llegada de nuestro Angelito. Mi mente se llenó de confusión y entre la angustia y el mar de dudas, surgió como un falso salvador, mi ego en todo su esplendor.

La imagen que se estaba consolidando en mi mente era la de una mujer atada a mi por conveniencia, enamorada de otra persona y sin el carácter suficiente para tomar la decisión de dejarme y poderse ir con quien de verdad se había ganado su corazón. ¡Qué imbécil que es el ego!

Serían las 2:00AM cuando embriagado de celos y orgullo, desperté a Paula y la confronté con las pueriles evidencias que había encontrado. La puse contra la pared para que me dijera sus verdaderos sentimientos, hacia mí y hacia ese otro tipo. Noté la confusión en su mirada y asumí que estaría buscando como seguir encubriendo sus mentiras, pero en realidad estaba sorprendida de ver frente a ella no a su pareja espiritual, compañero de vida y amigo confidente que creía conocer, sino a alguien inseguro, desconfiado y acusador.

Ella trató de explicarme lo que pasaba en su corazón, pero no la escuché, pensaba que ya había visto la realidad y que cualquier cosa diferente que me dijera sería una simple mentira, entonces terminé la conversación y le dije que ya le había comprado un tiquete de solo ida para Medellín, para que se fuera a vivir con su mamá.

Paula no podía creer lo que estaba escuchando, entendía mis dudas y ni siquiera sentía rabia por mi abuso de confianza, pero le hería enormemente que no quisiera escucharla y que hubiera decidido arrancarla de mi vida como si se tratara de un mueble que ya no sirve y del que podía simplemente deshacerme.

Pero yo estaba enceguecido por la rabia y los celos, nada que dijera podía cambiar la versión que yo había creado en mi mente y que automáticamente había transformado a Paula en una extensión de mujeres de mi pasado que me habían engañado y luego abandonado.

La familia con la que había soñado tanto tiempo, por la que había hecho seis años de trabajo espiritual y en la que mi hija Ana María había encontrado un cálido refugio, había volado por los aires, destrozada por los fantasmas de mi pasado, por heridas que no había sanado, sino que simplemente había olvidado y por mi incapacidad de aceptar la realidad cuando no se acomodaba a mi conveniencia.

-“Ella se dio por vencida.

– No hay nada malo en ello.

– Su esposo creía que sí.

– ¡Él Era un cobarde!

 Ser fuerte, no rendirse…

…era su forma de esconderse.

Alejó el dolor con tanta fuerza,

que se desconectó de la persona que más amaba.

– A veces, cuando ganas, pierdes.”

Más Allá de los Sueños (1998)

 La vida sin Paula me resultó más familiar de lo que habría esperado. Tal vez era el resultado de muchos meses llevando una vida sin ella en Estados Unidos. Empezaba a entender lo que Paula me había dicho de sentir que yo tenía una vida allá de la que ella no era parte. Era cierto, cuando yo me iba de viaje, las dejaba a ella y a Anita en Colombia y yo tenía otra vida, en la que era soltero, exitoso, sibarita… vacío.

También era posible que sintiera tan fuertemente el amor de Paula, que en el fondo pensaba que ella estaría ahí para mi cuando yo lo quisiera. En cualquier caso, no bastando con enviarla embarazada a otra ciudad con las pocas cosas que yo consideraba que le pertenecían, la traté durante los siguientes días con mucha dureza, ignorando su dolor, sus disculpas, su necesidad de ser escuchada.

Yo mientras tanto ahogaba mi dolor bajo el peso del orgullo y la vanidad. Justificándome con mi débil historia de víctima y pasando por encima de los sentimientos de la mujer que más me había amado después de mi madre y mi hija, mientras seguía formando en su vientre al Ser que más había esperado en mi vida hasta ese momento.

Pero el orgullo es una anestesia que tarde o temprano se diluye y así, poco a poco me iba quedando sin manera de esconder mi torpeza ni de sostener mi autoengaño: Mi vida sin Paula no era vida sino apenas sobrevivencia. Ella era mucho más que mi pareja, era parte de identidad misma que había formado desde que construí una vida alrededor de la Espiritualidad, un plan de vida con propósito y la espera de nuestro Angelito. Pero para mi admiración, Paula me mostró una fuerza que no le había conocido hasta entonces. A pesar de mis dudas y mis recriminaciones, ella no se daba por vencida, seguía pendiente de mis cosas y había encontrado la manera de atravesar mi coraza y tocarme el corazón con correos electrónicos llenos de honestidad y dulzura.

Cada vez hablábamos más a menudo y nipor una sola vez, Paula llegó a recriminarme la violación a su privacidad ni la incoherencia entre mis actos y lo que demandaba de ella. Pero yo no encontraba como confiar nuevamente en ella, no sabía como acallar mis dudas y poder creer en sus palabras, en nuestra historia.

Un angelito de rizos dorados

Uno de los momentos que hicieron sentir más real aquel dolor que yo estaba causando fue cuando Paula y su mamá fueron a un laboratorio médico para hacerle seguimiento al desarrollo del bebé con ultrasonido. A la sazón Paula estaba en su decimosexta semana de embarazo y ya era posible discernir el sexo del bebé. Nosotros siempre habíamos visto en nuestras visiones de yagé y nuestra imaginación a un niño que quizás mezclaría características de los dos, pero el diagnóstico del ecosonografista era inequívoco: ¡nuestro angelito no era un niño sino una niña!

Para mí, la noticia fue un motivo inmediato de alegría, pero para Paula fue una pequeña despedida. Por el momento no llegaría el pequeño e inquieto angelito que había imaginado así que tenía que decirle adiós al niño y recibir en cambio a la pequeña princesa que llegaría a nuestras vidas en un momento tan difícil.

Yo quería recuperar a mi familia y parar el dolor que sentía, pero sobre todo el que sabía que le estaba haciendo sentir a Paula y tal vez a esa bebé que venía en camino. Pero no quería que esa separación se convirtiera en una grieta que tarde o temprano pudiera destruir de un tajo lo que nos había costado tanto trabajo construir. Así que acudí a la guía que me había mostrado el camino durante esos años: volvería a tomar yagé.

Como acostumbraba, le avisé a varios amigos que ese fin de semana participaría en la ceremonia del taita Gregorio. Solo una de ellos, Diana, me acompaño ese sábado a la finca de Mesitas y durante el viaje, le conté sin muchos detalles de mi situación con Paula y su embarazo, a lo cual ella me respondió con una felicitación por la bebé y sus deseos de que las cosas se resolvieran entre Paula y yo de la mejor forma posible.

Aquella fue una toma tranquila bajo un cielo claro repleto de estrellas. Tenía la esperanza de que el yagé me mostrara una respuesta, una señal para saber si hacía lo correcto o si debía darle una oportunidad a mi relación con Paula. Sin embargo, en esa ocasión el yagé había sido especialmente suave conmigo, apenas si tuve un corto trance con sensaciones agradables y visiones geométricas de colores, pero no hubo revelación, no hubo respuesta.

Entonces, ya entrada la madrugada, mi amiga Diana se puso inquieta, no la había sentido hasta ese momento, pero empezó a moverse de un lado al otro y emitir suaves quejidos que la hacían sonar como una niña a punto de romper en llanto. Me acerqué y le pregunté si se encontraba bien y ella me dijo:

  • “Manu: estoy viendo a tu hija, ¡es hermosa!”

Su respuesta me sorprendió y cuando le estaba diciendo que me contar más, Diana me interrumpió:

  • “Es una niña con mucha luz, es bellísima, ¿quieres que le pregunte su nombre?”

Lo dudé por un momento, no quería sugestionarme con un nombre que tal vez no me gustara, pero Diana se veía tan alegre en su Samadhi que le dije que sí. Mi amiga permaneció en silencio por unos segundos, acostada boca arriba, sonriendo y con los ojos cerrados y entonces dijo:

– “Luciana, se llama Luciana, ¡qué nombre tan lindo!”

Lo era. Era exactamente el nombre que más se me había pasado por la cabeza desde que supe que mi segundo hijo sería otra niña. No recuerdo haberle mencionado ese nombre a Diana, pero aún si lo hubiera mencionado, ella no fue la única persona que “recibió” un mensaje místico con el nombre de nuestra hija. Tiempo más tarde, Paula me contó que Dumar Santa, un amigo nuestro que también era chamán y ofrecía ceremonias de yagé, la había saludado a través de una red social y de la nada le había dicho:

– “Hola Paula, ¿cómo está Luciana?”

– “¿Cuál Luciana?” – preguntó Paula

– “Su bebé, ¡no ve que se llama Luciana!”

Paula y yo bromeamos diciendo que Luciana siempre ha sido tan extrovertida que hasta antes de nacer le gustaba hablar con todo el mundo. Y es que además de Diana y Dumar, Luciana se “comunicó”, durante ceremonias de yagé con Ángela, una tía de mi hija mayor y conmigo, en una hermosa ceremonia en la Mesa. En esa misma ocasión, yo tuve una visión en la que vi claramente a la niña, con cuatro o cinco años de edad, de largos rizos dorados y tocando un pequeño piano. Una imagen que se haría realidad años más tarde. Este es otro de los misterios místicos impresionantes de mi vida, uno para el cual aún no tengo explicación alguna.

A veces cuando pierdes, ganas

Pero bueno, regresando a aquella toma de yagé junto a Diana, después de la revelación inicial, mi amiga aún en trance, me dijo que la niña tenía un mensaje para mí. Mi escepticismo se había ido al carajo después de escuchar el nombre de Luciana así que inmediatamente le pregunté a Diana cuál era el mensaje.

– “Dice que debes escuchar a Paula, que no seas tan duro con ella… que la escuches” – repitió un par de veces.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y en ese momento, todo el peso de la culpa cayó sobre mis hombros. ¿Cómo era posible que hubiera sido tan duro, tan cruel? Pero le prometí a mi hija, en la distancia, allá en el vientre de su madre, que haría lo que me estaba pidiendo. No descansaría hasta que pudiera hablar con Paula, no solo hablar sino comunicarme de verdad con ella. No sabía como lo haría, pero ahora tenía mi respuesta y no pensaba fallar.

Al día siguiente llamé a Paula y le conté lo que había ocurrido durante la ceremonia. El mensaje que recibió Diana la sorprendió incluso más que a mí y pude entenderla completamente cuando me contó de su conversación con Dumar.

– “Nuestra hija es demasiado especial” me dijo emocionada.

Después de eso me propuse escuchar todo lo que Paula tenía para decirme y eso hicimos durante los siguientes días. Sin embargo, por más que lo intentaba, no podía creerle totalmente. Seguía sintiendo que me ocultaba algo y no sabía cómo resolver esa encrucijada. Eventualmente Paula suspiró con frustración y me dijo:

“Ya no se que hacer, Manuel, por más que lo intento no sé cómo hacer para que me creas que te amo a ti, que quiero una vida contigo, con Anita y nuestra hija. Si me permití conectarme como lo hice con alguien más fue porque me sentía sola y necesitaba un abrazo, alguien que me escuchara, sentirme protegida. Sé que debí decirle que no tenía ninguna intención de dejarte y que lucharía por mi familia, pero sencillamente no me importaba aclarar lo que pensaba él sino lo que sentía yo. Ya no tengo nada que perder, así que por lo menos quiero que sepas todo lo que tengo para decir”

Paula siguió hablando, por momentos lloraba y su voz empezó a temblar cuando decidió contarme cosas que había guardado para sí por años. Cosas que ella sabía que podrían incluso reafirmarme en mi decisión de terminar nuestra relación.

La escuché como nunca la había escuchado y sentí que por primera vez le estaba permitiendo mostrarse totalmente como es, sin máscaras ni prejuicios. La escuché admirando su entereza y el valor para reconocer fallas que nunca antes había visto a alguien aceptar con tanta humildad. La escuché sabiendo que estaba conociendo el carácter de la mujer que me guiaría en el resto de mi camino. Cuando terminó, me dijo que entendería si no quería volver a verla pero que esperaba que no le fuera a negar a nuestra hija la posibilidad de crecer cerca de un padre tan bueno como yo.

Entonces todas mis dudas desaparecieron excepto una: ¿Sería yo digno de estar al lado de una mujer tan fuerte como Paula? Esa duda se convirtió desde entonces en una motivación. Paula me había dado la muestra de amor más grande que había recibido hasta entonces: había vencido por un momento miedos profundos y había saltado al vacío mostrándose totalmente transparente ante mí, que la había juzgado de forma tan dura, arriesgándose a perderlo todo en favor de la verdad.

Un par de días después tomé un avión con destino a Medellín para recuperar al amor de mi vida y la familia que estuve a punto de perder por mis inseguridades y egoísmo y Paula me recibió sin rencor ni recriminaciones. Tal vez porque sabía que una vez más, habíamos tenido que caminar de la mano, atravesando la noche oscura para encontrar nuestra propia alma, pero esta vez, nuestro angelito de cabellos dorados nos había guiado con su tierna sonrisa. ¡Gracias Lucianita!

Annie: ¡Christy! ¡Hola! ¿Te acuerdas de mí?

       A veces, cuando pierdes… ganas.

Chis: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Annie:  Viajar aquí es como todo lo demás.

       Está en tu mente.

       Sólo tienes que cerrar los ojos.

       Si sabes a dónde vas…

Chris:  Parece que lo hicimos.

      Donde estabas… Lo intenté todo. Nada funcionó.

     Hasta que…

Annie: Hasta que intentaste seguirme.

      Lo que algunos llaman imposible…

      es sólo algo que no han visto nunca.                              

Más Allá de los Sueños (1998)
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Lucerito

Me encantó este episodio, siempre supe que Luciana era un ser de luz, recuerdo que en una toma de yage en la que estuvimos con Paulis embarazada escuche su risa, era demasiado eufórica, corría y se reía, un ser completamente feliz de llegar a este mundo.. Ella siempre tuvo clara su misión.. ❤️❤️❤️

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