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T2E21: Los Abuelos Espirituales

Espiritualidad y Ciencia
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T2E21: Los Abuelos Espirituales
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El abuelo Suaga-Gua se acercó a mí, me abrazó y me dijo:

“Los abuelos hicieron consulta en el Espíritu y por unanimidad decidieron permitirte postularte para hacer tu rito de paso. Felicitaciones mi hermano.”

Esas palabras del abuelo Suagagua hicieron que mi corazón se acelerara. Durante varios de los últimos encuentros de comunidad de Pueblo Nación Muisca-Chibcha, los abuelos habían hablado de la importancia del rito de paso, el cual decían, era la verdadera entrada al mundo de la espiritualidad ancestral. Las referencias que hacían a dicho evento estaban siempre rodeadas de misterio porque según contaban, los detalles solamente los debían conocer personas que ya hubieran completado su iniciación.

Algunas veces, los miembros de la comunidad que ya habían sido iniciados, hablaban sobre su iniciación sin mencionar directamente ninguna parte del ritual, pero expresaban cómo el rito de paso había cambiado sus vidas, había despertado sueños lúcidos, visiones proféticas u otros poderes. Los abuelos también comentaban que nosotros éramos afortunados porque a ellos les había tocado mucho más duro; esperar años para ser elegibles para recibir su rito de paso y luego pasar difíciles pruebas que duraban días y noches antes de poder lograr la anhelada iniciación. Nos recordaban que haber sido invitados a participar en el rito de paso no significaba pasarlo y que muchos candidatos se quedaban en el camino. Para lograr la iniciación, había que hacer méritos de corazón, pasar las pruebas del ritual y lograr la aprobación de los abuelos espirituales.

Los abuelos espirituales

Este concepto de los abuelos espirituales era algo que había comprendido recientemente. Para los muiscas, la naturaleza estaba llena de consciencias inferiores y superiores. Entre las inferiores se encontraban lo que llamaban “espíritus parásitos”, que eran la manifestación personificada de males internos como el odio, la avaricia, los pensamientos destructivos y la ira, o externos como las plagas, los terremotos y las enfermedades.

Los espíritus superiores serían los guardianes de las lagunas, montañas y otros lugares sagrados, los espíritus ancestrales de los linajes que cada persona representa y los espíritus rectores de los cuatro puntos cardinales, de los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua, del centro de la Tierra y del centro del Cosmos, los espíritus de las plantas sagradas y los espíritus de los animales de poder como el jaguar, la guacamaya, el cóndor el águila o el oso.

Los muiscas tenían la costumbre de saludar a varios de estos espíritus al comienzo de las múltiples ceremonias que realizaban, utilizando el siguiente canto en lengua nativa:

Ubicando su mirada y postura corporal hacia el norte, se canta: “Ata fíhizca, naque Hicha, chogua chogua…pyquy hicha, puyquyhicha, cubum hicha, ye» (gran espíritu, poder de la Tierra, que es bueno, muy bueno… pensamiento de tierra, corazón de tierra, palabra de tierra, camino del espíritu de la Tierra). Los cantores miran luego hacia el oriente y entonan: “Ata fíhizca, naque Fiva, chogua chogua… pyquyfiva, puyquy fiva, cubum fiva, ye» (gran espíritu, poder del Viento, que es bueno, muy bueno… pensamiento de viento, corazón de viento, palabra de viento, camino del espíritu del Viento). Continúan girando hacia el sur y cantan: “Ata fihizca, naque Fo Gata, chogua chogua… pyquy fo gata, puyquy fo gata, cubum fo gata, ye” (gran espíritu, poder del Fuego, que es bueno, muy bueno… pensamiento de fuego, corazón de fuego, palabra de fuego, camino del espíritu del Fuego). Ahora se ubican mirando al occidente: “Ata fihizca, naque Sie, chogua chogua… pyquy sie, puyquy sie, cubum sie, ye» (gran espíritu, poder del Agua, que es bueno, muy bueno… pensamiento de agua, corazón de agua, palabra de agua, camino del espíritu del Agua)[1].

Había, sin embargo, una categoría muy especial de espíritus superiores ya que éstos sí se manifestaban con frecuencia en el plano físico: se trataba de los “abuelos espirituales”. Eran los espíritus maestros o espíritus guía de los abuelos. Según ellos, después de muchos años de trabajo espiritual, sus espíritus guía se revelaban ante ellos mostrándoles su nombre espiritual, el cual incluye una parte secreta, que solo cada abuelo conoce, su misión de vida y en algunos casos el día de su muerte.

Durante las largas veladas de mambia espiritual, poco antes de dar por terminada la labor, lo cual con frecuencia sucedía poco antes del amanecer, a veces alguno de los abuelos empezaba a hablar con un todo de voz notablemente diferente, como si se tratara de una persona totalmente distinta. Decían que era el momento en que su abuelo espiritual se hacía presente y quienes ya conocían el performance, sabían que, a partir de ese momento, las palabras del mayor contendrían un poder especial y se consideraban afortunados de estar presentes ante la mayor o el mayor en trance.

Yo presencié este acontecimiento en varias oportunidades. Con mayor frecuencia a la abuela Yanguma, la esposa del abuelo Suagagua, quien además de cambiar el tono de voz y sonar como una mujer anciana (recordemos que a la sazón ella apenas estaría llegando a los 50 años), usualmente empezaba a hablar en un dialecto ininteligible, del cual nunca logré captar ninguna de las palabras de la lengua muyscubun, de la cual yo conocía ya una buena cantidad de palabras.

Otro abuelo que frecuentemente entraba en este trance era el abuelo Javier Méndez, más conocido como Nemequene. Él no hablaba en lenguas, pero sí cambiaba su tono de voz y sonaba como una persona con mucho más de los 67 años que tendría en el momento. Al abuelo Suagagua nunca recuerdo haberlo escuchado en aquel trance, pero quienes lo habían escuchado decían que las veces que sucedía, su palabra hacía erizar la piel de quienes lo escuchaban.

Debo decir que las veces que escuché hablar a los abuelos espirituales de la abuela Yanguma y del abuelo Nemequene, no me pareció que sus palabras fueran particularmente inspiradas o reveladoras. En cambio, me parecían edulcorados sermones en los que repetían frases de cajón esotéricas o religiosas y hablaban con el voseo reverencial que utiliza la Biblia: “En verdad os digo…”

Sin embargo, terminé por creer en la teoría de los abuelos espirituales ya que, en dos oportunidades, pude comprobar la mística de estas canalizaciones. La primera, fue una vez que el abuelo Xieguazinsa, hermano del abuelo Suagagua y cofundador de Pueblo Nación Muisca-Chibcha, pasó la noche en mi casa, en uno de sus esporádicas visitas a la ciudad, proveniente de la ciudad de Tunja donde se encontraba radicado.

En aquella oportunidad, la cual yo consideraba de por si una oportunidad única, el abuelo o guexica Xieguazinsa, como prefería ser llamado y yo, nos sentamos a charlar durante la mayor parte de la noche. Inicialmente, el tema sería la página web de la comunidad, la cual yo administraba desde hacía algunos meses y algunos temas administrativos del cabildo en formación, con los que el abuelo quería que le ayudara. Pero poco a poco, como yo lo esperaba, la conversación se empezó a centrar en temas espirituales.

En ese momento se abrieron los frascos de ambil y mambe de coca y el abuelo se dispuso a mascar hoja de coca mientras laboraba en su poporo. El poporo es un calabazo delgado, con forma que recuerda las botellas de pócima mágica de los dibujos animados, que los hombres de las comunidades indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta usan en la adultez como una forma de meditación y trabajo espiritual.

El abuelo Xieguazinsa laborando con su poporo

El abuelo me empezó a ilustrar en los misterios del tabaco, el poporo y otras prácticas espirituales. A eso de las tres de la mañana, el abuelo Xieguazinsa estaba hablando sobre la importancia de nuestra labor para el plan cósmico de la humanidad cuando apartó la vista de su poporo y me miro, pero sin mirarme, más bien atravesándome con su mirada, la cual se perdía en el infinito.

Siguió hablando mientras movía su chucuno, que es la vara con la que untaba de cal y coca su poporo, como si se tratara de un director de orquesta. Rápidamente comenzó a tejer conceptos cada vez más profundos y místicos. No era en absoluto la retahíla de lugares comunes que había escuchado en mis experiencias previas con “abuelos espirituales”. Xieguaznsa iba hilando conceptos esotéricos con psicoanálisis freudiano, sociología y ancestralidad con una impresionante coherencia dialéctica. Sin duda alguna frente a mi se encontraba, si no un verdadero abuelo espiritual, al menos sí un hombre sabio en un inusual estado de consciencia.

Me di cuenta que el fenómeno del abuelo espiritual no era solamente una manifestación unilateral, sino que requería una especie de sintonía por parte del interlocutor o interlocutores. Mientras Xieguazinsa hablaba, en mi mente iban surgiendo las imágenes que él iba describiendo como si se tratara de una visión de yagé. En este sentido debo reconocer que mi inicial menosprecio por la manifestación de abuelos espirituales de Yanguma y Nemequene pudo deberse a mi falta de conexión con el estado de consciencia de ellos en ese momento. Quienes se sentaban con frecuencia con ellos, decían que la profundidad de sus canalizaciones como abuelos espirituales, podía llegar a producir lágrimas en quienes los escuchaban.

Tal vez yo me conectaba más con la palabra de Xieguazinsa ya que él era además de autoridad indígena un consumado estudioso y académico de antropología y temas humanísticos, además de portador de una memoria prodigiosa.

Además de esa vez con Xieguazinsa, tuve la oportunidad de experimentar el fenómeno del abuelo espiritual en carne propia. Sucedió durante una toma de yagé en la que el “bejuco del alma” había sido especialmente benevolente conmigo. Poco antes del amanecer, mientras la mayoría de los asistentes a la ceremonia descansaba, sentí el impulso de sentarme en posición de flor de loto y después de sentir un apacible estado de relajación por unos minutos, sentí que me hacía pesado, me encorvé y de repente me sentí como un nonagenario.

Miré a mi alrededor y vi que portaba una capa de rojo terciopelo, entonces escuché cómo mi propia voz se transformaba en la temblorosa voz de un anciano y por varios minutos susurré canciones de alabanza al Padre, hablé sobre el camino de la espiritualidad a través de la humildad, la totalidad del amor y otras emotivas líneas. Luego la presencia se fue como había llegado dejándome con un profundo sentimiento de gratitud y sobrecogimiento.

La verdad sea dicha, cuando recordé las palabras emitidas por mi “abuelo espiritual”, éstas eran mucho más parecidas a las sentimentales inspiraciones del abuelo Nemequene que a las ilustradas disertaciones del abuelo Xieguazinsa. Tal vez el fenómeno del abuelo espiritual pertenece más al dominio del corazón que de la cabeza.

Aquella visita de mi abuelo espiritual se repitió más adelante en otras dos ceremonias de yagé. Cada una de ellas fue una experiencia conmovedora. En las dos ocasiones, se repitió la sensación general de ser un anciano de avanzada edad, pero a diferencia de la primera canalización, el abuelo me inspiraba unas hermosas canciones – al menos hermosas para mí – que simplemente surgían de mi garganta con una temblorosa pero cálida voz. No recuerdo ya los detalles, pero se trataba de canciones sobre el amor del Padre y la perfección de la Creación.

Nunca más volví a recibir esta agradable visita, pero con el tiempo descubrí que cada vez que se me presenta la oportunidad de brindar mi consejo o consolar a alguien, adopto ligeros cambios en el tono de mi voz y utilizo palabras de empoderamiento y motivación con las que busco tocar el corazón más que la mente de quien acude por mi ayuda. Ahora sé que ese abuelo tierno y sabio que me visitó en tres oportunidades, hace parte de mi y acude a mi encuentro cada vez que invoco su sabiduría y consejo. A lo mejor sea él y no yo quien ha escrito varias de las líneas de este relato.

Limpia de Tabaco

Yo estaba convencido que el rito de paso sería un hito en mi camino espiritual así que me esforcé bastante por obtener el favor de los miembros del concejo de abuelos. Participé en todos los eventos de la comunidad, colaboré como voluntario como ayudante de los abuelos en cuanto tenía oportunidad y me sometí a las largas jornadas de mambia ofrendando humo de tabaco y recibiendo sin chistar las medicinas que ellos me ofrecían.

Además, me presenté a mi primera limpia de tabaco un viernes en la maloca del Jardín Botánico. Este era uno de los requisitos para poder recibir el rito de paso y según la abuela Yanguma, la única forma de ver si me encontraba totalmente preparado para la importante ceremonia.

Me senté en el pequeño círculo de maderos que fungían como sillas y junto a mí se sentó un pequeño grupo de aspirantes al rito de paso, Santiago Salazar: aquel agradable psicólogo con apariencia de Nazareno que me atendió en su consultorio campestre, y las hermanas Méndez, un par de mellizas de algo más de sesenta años y docentes universitarias que acompañaban con frecuencia las actividades espirituales de la comunidad pero no se vestían de blanco ni estaban interesada en las actividades sociales ni administrativas de Pueblo Nación.

Dirigiendo la ceremonia se encontraban la abuela Yanguma y el abuelo Nemequene. Sin mayor demora, procedieron a insuflar hoska en todos los asistentes. Esto lo hacía la abuela Yanguma, quien era conocida por tener un “soplo” fuerte y corto que empujaba el polvillo de tabaco hasta lo más alto de los senos paranasales, dejando a menudo aturdido al receptor que no estuviera preparado.

El abuelo Nemequene

Luego el abuelo Nemequene distribuyó tabacos y anunció que durante la noche había que terminar cuatro tabacos completos. Cada quien debía consagrar el tabaco, lo cual se hacía soplándolo tres veces para “limpiarlo” de impurezas espirituales y pensamientos negativos. Luego se ponía en el entrecejo y se imprimían en él los propósitos que el ofrendante tuviera y solo entonces se podía encender y empezar a rapear u ofrendar. Estas eran las palabras aceptadas por los abuelos para la acción de carburar el tabaco con el aliento, ya que la palabra “fumar” se consideraba mundana y lejana al significado sagrado de la tradición muisca.

 Antes de empezar a rapear el tabaco, sin embargo, la abuela Yanguma pasó por el frente de cada uno de los asistentes, nos pidió que abriéramos la boca y nos puso un pedazo de tabaco de una pulgada de largo aproximadamente, entre los molares y la mejilla. Con lo cual, teníamos que ofrendar tabaco mientras teníamos un pedazo de tabaco en la mejilla y polvillo de tabaco en los senos nasales. Como era de esperar, el mareo no tardó en llegar, pero aun así, el abuelo Nemequene anunció que empezaría pasarnos el ambil para “endulzar” la palabra… Como se recordará, el ambil es el extracto puro de nicotina concentrada.

Un par de horas más tarde, ya no lograba entender las palabras de los abuelos y lo único que pasaba por mi mente era la consciencia del creciente estado de desasosiego que me empezaba a invadir. Creía que no lograría llegar al final de la ceremonia y eso que aún no llegábamos al punto más difícil de la limpia: la ingesta de chicha de tabaco.

La chicha de tabaco o muiscola como la llamaban jocosamente los miembros de la comunidad, era un te preparado con un buen número de tabacos desmenuzados en agua hirviendo. La abuela Yanguma empezó a distribuir el brebaje uno por uno, sirviéndolo en un cuenco de totumo. Las primeras en recibirlo fueron las hermanas Méndez, quienes lo apuraron como si se tratara de agua de panela, luego siguió Santiago quien ya estaba bastante pálido y tuvo que sobreponerse a varias arcadas antes de poder ingerir el líquido.

Luego fue mi turno. Al igual que Santiago, bastó acercar la totuma a mi boca para empezar a sentir arcadas y por poco no logro siquiera tragar el repulsivo líquido, que apenas duró unos dos minutos en mi estómago cuando ya no pude contenerlo y vomité violentamente. La muiscola fue a parar al fondo de la bolsa negra para la basura que sostenía en mis manos.

La Abyuela Yanguma

Después de expulsar todo el líquido, quedé en un estado todavía más deplorable aún, si eso era posible. Mi campo visual se redujo, mi corazón estaba acelerado y sentía escalofríos, náuseas y vértigo. Había olvidado seguir rapeando mi tabaco así que la abuela Yanguma me recordó hacerlo con una gentil soplada de hoska por mis fosas nasales. La sensación de la nariz tapada, la boca llena de saliva y tabaco y la debilidad general me produjeron una sensación de desesperación que por poco me obliga a abandonar el ritual.

El objetivo de la limpia, al igual que con las ceremonias de yagé, es el de encontrar el origen del sufrimiento, enfrentarlo y expulsarlo de algún modo, usualmente a través del vómito. Yo me encontraba demasiado débil y confundido para esforzarme en cualquier búsqueda interior así que me enfoqué en soportar la tortura y terminar mis tabacos. Miré a mis costados y los muchachos que estaban conmigo tenían la misma expresión de angustia y desamparo, pero las señoras Méndez seguían incólumes y hasta se mandaron la segunda porción de chicha de tabaco.

Mi esfuerzo por mantenerme en calma fue dando resultado poco a poco, empecé a controlar mi respiración y decidí dejar de pensar en lo que faltaba para que terminara el suplicio y enfocarme en el momento presente. Seguí recibiendo insuflaciones de hoska y chupadas de ambil, soportando el hipo, las arcadas y el mareo hasta que pasaron a hacer parte de una extraña normalidad. En ese punto, pude empezar a sentir una tristeza que llevaba conmigo. Además, sabía exactamente dónde estaba localizada: estaba en la parte inferior derecha de mi abdomen, cerca al hígado. Me enfoqué en esa tristeza y traté de percibir su origen. Poco a poco se me fue revelando que era una tristeza de mi madre. Era una mezcla de angustia, desesperanza y soledad. Traté de comprender más sobre ese sentimiento, si era un sentimiento mío hacia ella o que yo percibía de su parte. En cualquier caso, pedí luz para iluminar esa oscuridad y pronto entendí lo que debía hacer: tenía que ayudar a mi mamá a sanar su tristeza, servir como guía para liberarla de esas cadenas.

Cuando me hice consciente de esa misión, levanté mi rostro que hasta ese momento se encontraba sembrado entre mi pecho y le dije a los abuelos:

“¡Ya entendí!” 

Tan pronto como dije estas palabras, me sobrevino un nuevo acceso de vómito, que nuevamente dirigí a la pesada bolsa negra que tenía entre mis piernas. Me levanté sintiéndome exhausto pero renovado. El mareo se había disipado y ahora podía ver claramente a los abuelos, a pesar de que sus rostros estaban débilmente iluminados por la luz de unas velas. Los abuelos celebraron mi regreso con un sonoro “Ejeeeeeeeeeee” que emitieron mientras levantaban los brazos. Pronto fueron saliendo del trance uno a uno los participantes de la limpia y cerramos el círculo con el saludo a los cuatro vientos tradicional de la comunidad. Abracé con fuerza a los abuelos antes de abandonar la maloca y el abuelo Nemequene me dijo con enorme ternura “Hijo, os felicito enormemente, hoy hay fiesta de niños en el cielo porque vais a recibir vuestro rito de paso.


[1] Transcripción y traducción tomados del libro “Pyquy Puyquy Cubum” de Pablo F. Gómez. Enlace

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