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T3E19: El Curandero

Espiritualidad y Ciencia
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T3E19: El Curandero
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Juver Osorio es uno de los personajes más fascinantes que encontré durante mi camino espiritual en Colombia. Seguidor de las enseñanzas gnósticas de Samael Aun Weor desde los años setenta, homeópata, brujo secretero, alquimista, yagesero y sabedor de marihuana, seguidor de las enseñanzas de Carlos Castañeda, abuelo yanacona y adoptado por el Pueblo Nación Muisca-Chibcha, para convertirse luego en uno de sus más férreos detractores.

Nunca supe mucho sobre la vida personal del abuelo Juver, excepto que nació en el departamento del Valle del Cauca, que tenía un hermano que vivía en los Estados Unidos y que tenía una armoniosa relación con su esposa Myriam. En retrospectiva, me doy cuenta de que no llegué a hablar con Juver sobre su vida personal porque siempre hubo algún tema mágico o místico que ocupaba el temario durante las largas horas que compartimos en su casa o en el templo Quantum Shasta.

 Desde que lo conocí en persona el 21 de diciembre de 2012, me di cuenta de que Juver Osorio era una de esas personas que brillan con facilidad y que terminan por hacer que todos giren a su alrededor. No conocí a ningún otro abuelo o sabedor que se acercara siquiera al nivel de bastedad de conocimientos que Juver poseía, que tuviera su capacidad para producir cientos de páginas de texto sobre una multitud de temas esotéricos y que fuera tan aplicado para tratar de dar sustento empírico y podría decirse cuasi-científico a sus teorías místicas.

Dije que conocí a Juver el 21 de diciembre de 2012, pero no fue la primera vez que supe de él. Eso sucedió un par de años antes cuando me encontraba clasificando y organizando el enorme archivo digital fotográfico del Pueblo Nación Muisca Chibcha junto con el abuelo Suagagua. Mientras movía las desordenadas fotografías a nuevas carpetas de acuerdo con su fecha de captura, noté unas fotos que me produjeron un sobresalto.

En las fotos había un hombre maduro sentado en una silla de plástico sin camisa y en su espalda se podía ver una enorme llaga abierta, como si le hubieran arrancado un pedazo de piel. Le pregunté al abuelo Suagagua quien era el pobre desdichado y qué le había sucedido y él me contestó que se trataba de un abuelo que había pertenecido a la comunidad pero que hora era un detractor. Su nombre era Juver y según Suagagua, la llaga en la espalda había sido producida por un trabajo de brujería del cual Juver había sido víctima y que según dijo, no había sabido contrarrestar eficazmente como se habría esperado de un sabedor ancestral competente.

La relación entre el abuelo Juver y estas fotos la vine a hacer años más tarde mientras conversaba con el propio Juver en su casa y mencionó brevemente una infección que había tenido en su espalda hacía unos años, producto de la diabetes que padecía desde poco antes. Cuando le conté que había visto las fotos y que el abuelo Suagagua me había dicho que había sido un trabajo de brujería, Juver esbozó un mohín de desagrado y dijo:

– “Si él dijo eso es porque él sabía lo que había hecho…”

Volviendo a 2012, aquella mañana después de la ceremonia de yagé que Juver dirigió para recibir la “energía” del fin del calendario Maya, quedé deslumbrado con la gracia y pedagogía con la que Juver compartió una hilada de tips esotéricos:

“Recuerden que siempre se da por la izquierda y se recibe con la derecha. Si yo le doy un billete y me lo recibe con la izquierda, usted recibe el papel pero no la energía del dinero que le estoy dando y ahí es donde se empieza a desaparecer la abundancia…”

“Óigame jovencita, ¿usted si sabe qué significa esa cruz que tiene colgando en el pecho? Más le vale que esté bien parada porque esa es la cruz de Ankh y esa es la llave de la vida y se utiliza para llamar la fertilidad” – Dijo y después dejó salir una risilla condescendiente.

Mi familia y yo teníamos que tomar camino de regreso a nuestra casa así que no me pude quedar a escuchar más a ese agradable sabedor, pero me prometí visitarlo tan pronto como pudiera y así lo hice. Antes de un par de semanas me presenté por primera vez en su casa del barrio La Serena, al noroccidente de Bogotá. El lugar quedaba convenientemente cerca a mi casa así que pronto me convertí en un asiduo visitante y eventualmente aprendiz pero sobre todo amigo del buen Juver.

Gnosis y Homeopatía

No sé si Juver habrá completado algún nivel de estudios universitarios pero lo que prontamente supe es que años atrás se había certificado como homeópata por la Asociación Médica Homeopática de Colombia. Casualmente, el abuelo Juver inició su práctica como homeópata al lado del doctor Raúl Castaño, otro médico homeópata quien desde los años 80’s atendió en su consulta a casi toda mi familia materna, incluyendo a mis abuelos, padres, hermanas y hasta hacía algunos años, a Paula y mi hija Ana María.

Desde niño me acostumbré a visitar de vez en cuando al doctor Raúl, ser auscultado en el iris de mis ojos y rápidamente prescrito con seis o siete frasquitos-gotero de tapa verde llenos de un líquido con fuerte olor a alcohol. Mi madre, sobre todo siempre les tuvo mucha fe a los remedios homeopáticos del doctor Raúl y debo reconocer que al menos en una oportunidad percibí una notoria mejoría en una alergia crónica que llevaba soportando por años, después de completar juiciosamente el tratamiento recomendado por el doctor Raúl.

Había algo, sin embargo, que siempre me había causado curiosidad durante mis visitas al doctor Raúl: la presencia de objetos misteriosos y de aire sagrado en su consultorio. Entre ellos había un cuadro con imágenes apocalípticas y una enorme estrella de cinco puntas en el centro; una figura que también aparecía en otros lugares del consultorio y en un enorme anillo en la mano izquierda del homeópata.

Pintura titulada «La Gran Obra», del artista holandés Johfra Bosschanrt

El misterio había quedado resuelto cuando el abuelo Juver me contó que hacía muchos años había trabajado al lado del doctor Castaño Escamilla en el planteamiento de una nueva farmacopea homeopática, que incluyera la perspectiva espiritual y mágica que según él habría sido establecido como requisito para una verdadera medicina homeopática por el famoso alquimista suizo Paracelso y crípticamente ratificado por Samuel Hahnemann creador del Órganon homeopático a principios del siglo XIX.

Raúl, sin embargo, no habría tenido el valor para alejarse del canon homeopático adoptado por el gremio en Colombia y según Juver se había quedado rezagado en el avance de la homeopatía hacia una verdadera ciencia demostrable y empírica. Esto último, refiriéndose a una disciplina que es ampliamente conocida como una pseudociencia, me llamó mucho la atención y más adelante tuve la oportunidad de ver de cerca esta aproximación que Juver intentaba entre el esoterismo al método científico.

En lo otro que Juver y Raúl habían caminado juntos por muchos años había sido en la práctica de la gnosis de Samael Aun Weor. El abuelo Juver es el único de los abuelos ancestralistas que conocí en Colombia que no solo nunca ocultó su pasado gnóstico sino que se enorgullecía de haber sido miembro y líder de la Iglesia Gnóstica. Con frecuencia publicaba cartas dirigidas a los gnósticos de todo el mundo y decía ser portador de la verdadera tradición y el conocimiento legítimo entregado por Samael.

El doctor Raúl por su parte, quizás por respeto a las creencias religiosas de sus pacientes, nunca revelaba su calidad de gnóstico ni la medida en que dichas creencias influían en su práctica homeopática, si es que lo hacían. Aún así, la última vez que visité al doctor Raúl, me atreví a hablarle sobre Juver y preguntarle sobre la gnosis. Al hablar sobre la gnosis se le iluminó el rostro y con orgullo sacó de su escritorio un par de libros de Samael Aun Weor, me señaló sus talismanes y me habló de su lealtad a las enseñanzas del Gran Avatara de Acuario. Con respecto a Juver, simplemente sonrió y dijo:

“Ese Juver salió con un poco de locuras y se le olvidó la homeopatía Hahnemanniana”

Ra ul Castaño Escamilla, homeópata de mi familia

Como homeópata, Juver era un revolucionario. Su principal empeño fue el de recuperar los postulados de Hahnemann sobre el uso del magnetismo en la preparación del remedio homeopático y añadir su propia dosis de misticismo en sus procesos de preparación, sublimación y administración del remedio. Adicionalmente, creía fervientemente en que el homeópata no solamente debe ser un técnico experto en la dilución potenciadora del medicamento sino además un ser consciente, disciplinado y sabio, capaz de realizar las prácticas psíquicas comunes en la gnosis como salir en cuerpo astral para estudiar medicina en los templos invisibles del Akash.

La escuela de Curanderos

Debido a su convicción de que no hay médico sin magia, Juver acuñó el término “Curandero Homeópata”, ya que para complementar la homeopatía tradicional, su visión era que había que rescatar la sabiduría tradicional de las comunidades indígenas y los curanderos mestizos o “teguas”, tan comunes en los pueblos de Colombia y de los cuales Juver se sentía parte él mismo.

Pero esta visión reformista de Juver no terminaba con la publicación en Internet de un enorme número de artículos sobre el tema, el sueño del abuelo era formar decenas o incluso cientos de curanderos homeópatas y elementoterapeutas, término que se refería a la práctica gnóstica de “dominar” los cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego, a través de pruebas iniciáticas en los mundos sutiles o internos.

Para lograr este fin, el abuelo Juver creó la Escuela Juveriana para Curanderos, utilizando la azotea-laboratorio ubicada en el cuarto piso de su casa y el poder de las redes sociales. Pero además de dictar todas las lecciones de la escuela, llevar a cabo todos los experimentos que consideraba necesarios para probar sus teorías y escribir todos los resultados de su investigación y artículos académicos, Juver se echó al hombro la gestión ante el ministerio de salud para lograr que el curanderismo se considerara una práctica médica tradicional con un estatus equiparable al que la homeopatía había conseguido después de muchas batallas legales y lobby en el congreso.

Su caballito de batalla legal para lograr esa meta era el artículo 20 de la ley 1164 de 2007, la cual reglamentaba los artículos 7 y 8 de la Constitución Política de Colombia, garantizándole a los grupos étnicos del país el derecho de ejercer las prácticas médicas tradicionales propias de su cultura. Según Juver, esa ley abría la puerta para que las comunidades mestizas de Colombia – algo así como el 86% de la población del país – pudieran exigir la prestación de los servicios cubiertos por el Plan Obligatorio de Salud, a través de curanderos tradicionales como él y los egresados de su escuela, en lugar o además de, médicos con títulos universitarios.

La batalla legal del abuelo Juver tenía el mérito de buscar no reemplazar la práctica médica alopática tradicional, sino complementar el desvencijado sistema de salud colombiano con un ejército de curanderos juverianos de honorarios mucho más bajos que los médicos titulados y con prescripciones cuyo costo de producción estaría entre nada y lo que costaran algunos imanes, agua hervida y unas cuantas gotas de extractos vegetales para cientos de miles de unidades de remedio homeopático.

Esta aproximación, a pesar del esfuerzo metódico y disciplinado de Juver, estaría destinada al fracaso, no porque en Colombia la ciencia sea un lineamiento inamovible para los políticos, sino porque semejante cambio en la política pública de salud habría requerido mucho más que cartas bienintencionadas; probablemente cientos si no miles de millones de pesos para hacer lobby, pagar campañas políticas, financiar estudios de viabilidad y cómo no, aceitar debidamente la máquina de la corrupción gubernamental. Un cambio de esa naturaleza apenas fue posible en la Bolivia de Evo Morales y en cierta medida en Canadá, donde un buen número de seguros de salud para empleados incluyen la prestación de servicios de homeopatía, naturopatía y otras prácticas consideradas pseudocientíficas o acupuntura y partería que son reconocidas en cambio como medicina tradicional.

A pesar del viento en contra, Juver dedicó una gran cantidad de esfuerzo a la consolidación de su Escuela para Curanderos. Yo participé en varias sesiones sobre potenciación de agua diamantina, farmacopea magnética, radiestesia, uso del péndulo para medir el nivel de potencia del remedio homeopático, cromatización Hahnemanniana y hasta tarot.

Sin embargo, debo decir que me resultó imposible consolidar o incluso abstraer el torrente de conceptos, teorías y procedimientos que Juver despachaba en las dos horas de clase. Intenté tomar apuntes durante las dos primeras clases pero pronto me di cuenta de que aquello era una práctica fútil ya que de seguro no iba a entender el embrollo que alcanzaba a capturar en mis notas, y de cualquier forma, no me veía preparando remedios homeopáticos en el futuro cercano así que mi cuaderno de notas no volvió conmigo a las reuniones.

Lo que en realidad me gustaba de ir a las clases de la Escuela Juveriana era el encuentro con el abuelo y los amigos que también asistían, pero sobre todo escuchar a Juver. Usualmente sonriente y con un tono de voz agradable, me parecía que todo lo que decía era un caos ordenado. Las ideas parecían hiladas con lógica y metódica certeza pero creo que solamente eran el reflejo de la fascinante mente de un hombre inteligente, disciplinado y desordenado que había construido en su cerebro una sofisticada estructura intelectual, razonablemente coherente, para acomodar saberes esotéricos, ancestrales, pseudocientíficos, supersticiosos y mágicos.

Algunos miembros de la Escuela Juveriana de Curanderos en su azotea-laboratorio en Bogotá. A la izquierda de Juver, el maestro chamán Mauricio Vicencio

Lo que más admiré del trabajo de Juver Osorio fue su muy serio intento por implementar el método científico en medio de esa enredada estructura conceptual. No conocí ningún otro esoterista que invirtiera el tiempo, esfuerzo y dinero necesario para a través de experimentos prácticos con clara pretensión científica, poner a prueba sus teorías.

La azotea de su casa era un verdadero museo de experimentación esotérica con cristales, tanques transparentes, probetas, imanes de todos los tamaños, tubos condensadores, balones de vidrio, espirales de cobre y vasos de precipitado. Era más común encontrarse a Juver con bata blanca que con collares de la selva y su colorido bastón de Jaibaná.

El problema es que todos esos experimentos solo cumplían dos funciones: satisfacer la inquietud experimentadora del abuelo y acomodarse para entregar los resultados que Juver necesitara para confirmar sus teorías. De alguna forma, todos los experimentos que realizaba eran exitosos y todos confirmaban sin lugar a duda los postulados que les habían dado origen.

Aun cuando a la sazón yo estaba totalmente entregado a mi búsqueda espiritual y daba crédito hasta a las teorías más improbables sobre la naturaleza de la realizad, era evidente para mi que algunas de las pruebas que Juver exhibía no tenían ningún sentido o desafiaban conceptos básicos de física o química.

Algunas de las personas que participaban en los talleres Juverianos parecían quedar deslumbrados y convencidos de las teorías de Juver a la luz de los resultados de los experimentos que nos mostraba, pero para mi tenían el efecto contrario: A pesar de que yo deseaba de corazón creer en todo aquello y que había un instinto en mí, además de mi experiencia con el yagé, que me decía que lo esotérico era real. Ver experimentos amañadamente ejecutados para generar conclusiones predefinidas, me pareció más bien prueba de que no había forma de traer al mundo físico evidencia de los fenómenos que yo consideraba muy reales en el campo psíquico.

A pesar de ese desencanto, no dejé de admirar a Juver por su esfuerzo y  en cambio me vi reflejado en él. Yo también quería experimentar con todo lo que había aprendido hasta el momento y tratar de encontrar una conexión entre la ciencia y la espiritualidad, pero tenía la convicción que no lo haría engañándome a mí mismo e ignorando la verdadera ciencia.

Yagé Espíritu

Finalmente, dejé de asistir a las clases de la escuela de curanderos y mas bien empecé a visitar al abuelo Juver a solas para tratar de extraer de él los temas que más me interesaban y eran los que tenían que ver con magia práctica y plantas sagradas. Dentro del caos ordenado que existía en la mente de Juver, las supersticiones que los colombianos hemos aprendido por generaciones, tenían una estructura lógica y metódica.

El ejemplo que narré de dar con la mano izquierda y recibir con la derecha estaba en esta categoría. También aprendí a mantener un billete de dólar doblado en mi billetera, a llevar conmigo siempre una cruz de San Benito y la cruz de Caravaca, a escupir siempre la saliva impregnada de tabaco cuando realizara limpiezas a otras personas, a detectar la verdad cuando a alguien se le cayera la ceniza del tabaco mientras hablaba, a usar sombrero para protegerme de ataques de brujería mientras usara tabaco e incluso a atravesar procesiones religiosas el Viernes Santo para pedir abundancia.

Ese era el tipo de cosas que sí se me quedaban grabadas cuando charlaba con Juver, porque eran alimento para mi instinto ritualista y mi pensamiento mágico. Siempre encontré mucho sosiego en ejecutar actos repetitivos como mantras y oraciones y me atraía la complejidad así que las recetas supersticiosas juverianas encajaban muy bien con la forma de operar de mi tallo cerebral.

Si el cincuenta por ciento de mis conversaciones con Juver durante esos meses eran sobre rituales mágicos, la otra mitad eran diatribas en contra del abuelo Suagagua y el movimiento de Pueblo Nación Muisca-Chibcha. Era evidente que Juver había llegado a querer y yo diría que admirar a Suagagua, para posteriormente sentirse engañado, tal vez traicionado.

No llegué a saber los detalles de la relación entre ellos dos, pero a Juver le gustaba que le contara las cosas que yo había visto en el comportamiento del abuelo Suagagua y que me hicieron alejarme de la comunidad. Parecía que reafirmaba sus propias objeciones y de algún modo reivindicaba su pasado. A mi no me gustaba mucho hablar de ese tema pero lo veía como una especie de trueque de palabreros: Juver me enseñaba magia práctica y yo le hablaba de Suagagua y lo dejaba desahogarse conmigo.

Uno de los momentos con Juver que recuerdo con más nostalgia fue cuando Paula y yo participamos en un taller dirigido por él en el templo piramidal Quantum Shasta en mayo de 2013. El abuelo Juver hizo gala de su particular y vasto conocimiento de plantas sagradas. En una sola tarde junto con su noche recibimos palabra sobre toé (borrachero), cáñamo indio (marihuana) y yagé espíritu, una preparación inventada por Juver, en la que el yagé no se merma mediante cocción directa como lo hacen los indígenas del Amazonas, sino que se destila en la oscuridad.

En la tarde hicimos una ceremonia de borrachero en el que nos untamos la planta en la espalda. En el ocaso fumamos marihuana mientras recibíamos palabra del abuelo sobre esta bella planta y más tarde realizamos la esperada toma de yagé espíritu. En ese momento yo imaginé que la preparación del abuelo Juver sería inocua como lo fue la del 21 de diciembre de 2012 pero estaba equivocado. Esa copada de yagé transparente y casi sin sabor, contrario a lo que esperaba, en realidad me dio una experiencia enteogénica no solamente vívida sino increíblemente tranquila y controlada. No hubo vómito violento, no hubo episodios de miedo ni de sentir que la maldad me poseía. Todo fue introspección, relajación y visiones divinales que solo existían mientras cerraba los ojos, pero que se retiraban prudentemente cuando los abría. Por primera vez podía darme el lujo de abandonar el “viaje”, ir a charlar con el abuelo o una amiga y luego volver a recostarme para seguir disfrutando de las visiones.

– “Es que el yagé no es para revolcarse y quedar como una piltrafa. Ese no es el orden de las cosas, pero nos lo enseñaron así, como castigo. En cambio el yagé espíritu va directo al Ser, sin pasar por el ego.”

Con esas palabras, Juver me demostró que al menos uno de sus experimentos sí que había dado en el clavo.

Una mente brillante que el mundo desperdició

Juver se ganó la admiración, cariño y respeto de cientos de caminantes de la espiritualidad pero en cierto modo encarna también la tragedia de la falta de oportunidades pero sobre todo de la precariedad de la ciencia en Latinoamérica. Estoy seguro de que de haber nacido en un país desarrollado, con su brillantez mental, amor por la investigación, curiosidad y disciplina, Juver se habría convertido en un renombrado farmaceuta, químico o físico.

Quizás estaría colaborando con alguna investigación para resolver el problema del cambio climático, preparar a la humanidad para la próxima pandemia o desarrollar la nueva generación de terapia genética para curar el cáncer, el Alzheimer o el Parkinson. Juver soñó que desde su humilde terraza en el occidente Bogotano, sin más recursos que los que le permitían las eventuales consultas de sus pacientes y los aportes voluntarios de los asistentes a sus charlas, podría encontrar la medicina del futuro, curar todas esas enfermedades y forjar un mundo mejor.

Pero a pesar del éxito de su yagé espíritu como terapia espiritual, su medicina tegua magnética homeopática, elemento-terapéutica, telúrica y cromática, no dejó de ser más que un placebo con el que pudo ayudar a algunas personas con dolencias leves pero nada más. Esta pesimista conclusión no se basa en el apego al consenso académico sobre las mencionadas terapias “alternativas”, sino más bien a la crudeza de los hechos que pude presenciar.

La primera evidencia que tuve de la ineficacia de los medicamentos del abuelo Juver, más allá de la descalificación emitida por su otrora compañero, el homeópata Raúl Castaño Escamilla, fue el hecho de que mi mamá acudió junto con mi papá a la consulta del abuelo Juver y tomó sus remedios con la misma fe y disciplina que consume los del doctor Castaño. Ni la fe le alcanzó para poder aprovechar el efecto placebo que usualmente suministran ese tipo de remedios. No hubo ninguna mejoría para ella y mucho menos para mi papá.

La segunda evidencia fue mucho más trágica y costosa para el propio abuelo Juver. Como mencioné antes cuando relaté la anécdota de las fotos de la llaga abierta en la espalda del abuelo, Juver sufría de diabetes y creía que la medicina que estaba creando sería la cura definitiva para su mal y que además le permitiría demostrar que la medicina alopática con sus inyecciones de insulina no era más que un paño de agua tibia y no un verdadero remedio.

El resultado de su experimento en propia piel fue que el abuelo perdió un pie y casi la totalidad de su vista. La última vez que supe de él, no hablaba casi y por supuesto ya no escribía. La última publicación en su perfil de Facebook fue en Julio de 2017 y la última entrada de su sitio web en octubre del mismo año. Es el ocaso de una mente brillante que de haber tenido la oportunidad habría aportado mucho a toda la humanidad. Aún así, es un alma grande que inspiró a muchos a vivir una espiritualidad práctica y experimental, a compartir el conocimiento y cuestionar las estructuras de pensamiento tradicional.

Sé que es una inspiración para mí y que haré lo que esté a mi alcance para avanzar su sueño de acercar la espiritualidad a la ciencia.

Juver Osorio

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