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Episodio 22: El Origen de mi Camino – Mi Hermano Diego

Última actualización el 2021-02-02

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Espiritualidad y Ciencia
Episodio 22: El Origen de mi Camino - Mi Hermano Diego
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Colombia es un país muy religioso. Aun entrando a la tercera década del siglo XXI el catolicismo es la religión predominante en el país, aunque con mucha menor preponderancia e influencia que la que tuvo durante los años de juventud de mis padres. Algunos de quienes han abandonado la fe católica lo han hecho debido a la abrumadora evidencia científica en contra de muchos de los preceptos religiosos en favor del ateísmo, pero en Colombia la realidad es que la gran mayoría de desertores del catolicismo han migrado a otras religiones, incluso más dogmáticas, a sistemas de creencias de la nueva era y otros sistemas de creencias alternativos.

Mi experiencia espiritual surgió en este contexto de transformación cultural y estuvo marcada por un interés especial que siempre tuve por explorar lo desconocido, en especial en lo relativo a la conciencia humana.

Mis padres hicieron desde el principio un esfuerzo especial por infundir en mi la fe cristiana. En casa abundaban los símbolos religiosos y los domingos era obligatorio asistir a la misa. Se observaban la mayoría de las fiestas católicas y como la mayoría de los niños colombianos, aprendí a rezar el Padrenuestro, el Avemaría y el Ángel de la Guarda antes de dormir. Sin embargo, la fiesta católica que más disfrutaba era la celebración de la navidad, en la que además de las tradiciones navideñas populares en occidente como el árbol de navidad y los regalos, los colombianos nos reunimos durante los nueve días previos a nochebuena a leer pasajes bíblicos relacionados con la natividad, entonar villancicos y compartir galletas y postres.

Alrededor de los seis o siete años recuerdo haberme planteado por primera vez la existencia de un Ser omnipotente. Otilia, una hermana de mi mamá que vivía con nosotros me había llevado con ella a la celebración del domingo de resurrección en una iglesia de Bogotá. Aquel día entendí que los cientos de feligreses que se atiborraban a nuestro alrededor elevando ramos y figuras de palma de cera, esperaban con ansias la resurrección del hijo de Dios. Lo que yo no entendía era que por supuesto, se trataba de una resurrección simbólica y que nadie vería al resucitado en persona, así que cuando la congregación extasiada empezó a cantar “Aleluya, aleluya el Señor resucitó” le pregunté a mi tía Otilia dónde estaba el reavivado Cristo. – “Detrás del Altar, ahí debajito de ese telón púrpura está Cristo resucitado” me respondió. No sé si con su respuesta se refería al Sagrario o a la Custodia donde se guardan y se exhiben las hostias o si me estaba haciendo una broma, pero el asunto es que yo me imaginé a un gigante barbado resplandeciente aguardando detrás del telón el momento adecuado para hacer su aparición frente a los asistentes.

Empecé entonces a formular preguntas sobre ese misterioso dios que se podía comprimir en pequeñas obleas, enojar si yo decía mentiras y castigarme a través de accidentes caseros cuando me portaba mal. Me parecía fascinante llegar a conocer en persona a un ser que según mis padres era infinitamente bueno y poderoso pero que a la vez parecía muy contradictorio. Mis padres, siempre atentos a alimentar mi apetito intelectual, especialmente si se orientaba a la religión, optaron por inscribirme junto con mis hermanas en talleres semanales de la llamada “infancia misionera” que tenía lugar después de la misa dominical de nuestro barrio.

Aquella experiencia resultó ser muy agradable; además de aprender mucho más sobre la historia de Dios, intentar desenredar la madeja conceptual de la santísima trinidad y hacer esporádicas labores de caridad como visitar personas convalecientes o entregar alimentos a familias con escasez, la infancia misionera era también una oportunidad para hacer amigos de nuestra misma edad.

En cualquier caso, mi relación con Dios iba por buen camino. Aprendí que si oraba con fe, Dios me escuchaba siempre, que la Virgen María intercedía por mi cuando caía en pecado, que el Arcángel Miguel se encargaba de cuidarme de cualquier mal y que el Espíritu Santo ponía en mi boca palabras correctas cuando hablaba de Dios. ¡Todo un equipo de trabajo a mi servicio! Sin embargo, mi favorito era Jesucristo: un joven agradable, sonriente y comprensivo que estaba ahí para guiarme con amor.

En realidad, nunca tuve mayor problema con aceptar la fe. Yo sentía la presencia de esos seres divinos en mi vida y a pesar de no poder verlos o escucharlos, percibía señales de su compañía. Para un niño con rasgos de ansiedad y algunos miedos aterrorizantes, resultaba muy confortante la existencia de seres poderosos cuidando de mí, cuando mis padres no se encontraban allí para alejarme del peligro. Resultaba natural que me agradara profesar mi afecto por esos amigos invisibles a través de oraciones, dibujos y buenas obras.

Es probable que mis padres llegaran a pensar en algún momento, que eventualmente me convertiría en sacerdote ya que en más de una oportunidad me vieron recitar fragmentos extensos de la misa, mientras elevaba una galleta a modo de hostia al frente de mis hermanas. Por mi propia iniciativa me convertí en monaguillo en la misma iglesia donde antes pertenecí a la Infancia Misionera y más adelante ejercí como catequista de niños preparándose para la primera comunión en la escuela pública en la que cursé un par de años de la primaria.

Todos estos episodios fueron parte de una búsqueda que sin embargo seguía sin dar los frutos que yo deseaba. Había logrado obtener muchas respuestas que apaciguaban a la mente, pero yo buscaba una experiencia personal, una comprobación empírica de al menos los preceptos más importantes de la religión. La respuesta llegó en la forma de un joven misionero católico llamado Diego García.

Diego

Diego era un apuesto joven que nació en una familia acomodada proveniente del Valle del Cauca. Era sobrino de la señora Martha Díez, docente amiga de mis padres y había vivido una historia clásica de transformación cristiana. Como muchos otros jóvenes de su posición social, Diego había utilizado el dinero que le proporcionaba su familia para procurarse placeres materiales de todo tipo y en medio de ello había descendido en una espiral de degradación que involucraba alcoholismo y promiscuidad. Su búsqueda de llenar vacíos emocionales con placeres mundanos lo habían hecho tocar fondo hasta el punto de que su familia temía por su vida.

Cuando yo lo conocí en 1993, todos esos excesos habían quedado atrás gracias, según contaba, a las oraciones incansables de su madre, quien le pedía a Dios que rescatara a su muchacho. Un sacerdote que ministraba en el “Minuto de Dios” – popular obra católica fundada por el Padre Rafael García Herreros – se acercó a Diego para proponerle un reto: Que en lugar de estar conquistando jovencitas confundidas y embriagándose con veneno, intentara conquistar el corazón de la Divina Madre y se embriagara del amor de Cristo. En un momento en que ya no obtenía ninguna satisfacción de sus hábitos conocidos, el descarriado Diego decidió darle una oportunidad a la religión y ya nunca volvería a ser el mismo.

Renuévame, señor Jesús,

ya no quiero ser igual.

Renuévame, señor Jesús,

pon en mi tu corazón.

Porque todo lo que hay dentro de mi

necesita ser cambiado, Señor.

porque todo lo que hay dentro de mi corazón

necesita más de ti.

Renuévame – Canción cristiana de Marcos Witt

Mi mamá nos había dicho que iríamos a visitar a su amiga Martha para rezar el Rosario junto con un sobrino de ella que era líder carismático del Minuto de Dios. A pesar de que estaba acostumbrado a las actividades religiosas, el prospecto de rezar un rosario completo con sus 53 avemarías me parecía soporífero. Al llegar a nuestro destino, nos encontramos con un joven cuya apariencia inmediatamente recordaba la imagen moderna de Jesús de Nazareth: Trigueño, alto, delgado, apuesto, de barba tupida y cabello ondulado mediano. Aunque lo más impactante de él era el inusual y sincero cariño con que se dirigía hacia personas hasta hace minutos totalmente desconocidos.

El Santo Rosario, que yo había conocido como una tediosa retahíla de rezos agolpados con cinco estaciones en las que se mencionaban los llamados “misterios” gozosos, dolorosos o gloriosos de la vida de Cristo, típicamente se despachaba en una media hora. Con Diego, el Rosario se convirtió en una meditación profunda y significativa, donde cada palabra de cada avemaría y cada padrenuestro debían ser pronunciadas y comprendidas pausadamente. Esto, lejos de parecer simple, resultó ser enormemente complicado y la primera vez que lo intenté: no logré llegar ni a la mitad de la oración Tenía la costumbre de recitar atropelladamente y en un santiamén esos rezos así que hacerlo con lentitud, reflexionando en su significado, como si de verdad le estuviera hablando con ellos a Dios o la Virgen María, fue una experiencia totalmente nueva.

Por supuesto, un rosario completo con Diego no se podía despachar en 30 minutos como lo había hecho hasta ese momento con mi familia. Además, Diego, que además tenía una voz prodigiosa y era un buen intérprete de la guitarra, complementaba las reflexiones que tenían lugar entre las series de avemarías, con bellas canciones cristianas que cantaba usualmente con sus ojos cerrados y transmitiendo una poderosa sensación de trascendencia y misticismo.  Era común que el encuentro semanal de oración, que llamaríamos entonces Grupo de Oración “Amigos de María”, ocupara dos o tres horas. A pesar de la considerable extensión de la ceremonia, ni a mí ni a mis hermanas, ni a los otros preadolescentes que pertenecíamos al grupo, nos llegó a parecer aburrido asistir.

Además de piadoso y humilde, Diego quien para entonces estaría en la segunda mitad de sus 30’s, era un joven muy carismático y tenía una habilidad especial para relacionarse y ganar la confianza de la gente joven. Esa capacidad había sido refinada probablemente durante sus años de trabajo con la Fundación Minuto de Dios y su apostolado con juventudes cristianas, pero es que además de eso, Diego tenía una personalidad juguetona y bromista con la que lograba encajar muy bien en grupos de adolescentes. No fue extraño entonces que algunos de los chicos que asistíamos al grupo de oración, nos hayamos convertido en sus amigos cercanos. Yo lo admiraba, veía en él muchas de las cosas que yo quería ser cuando fuera mayor: elocuente, carismático, asertivo y sabio pero aún divertido. También -hay que decirlo- contaba con una apariencia y actitud que se asemejaban mucho a la imagen occidental de Jesús de Nazareth: delgado, apuesto, de facciones afiladas, barba tupida, cabello ondulado largo y ojos profundos y alegres. No es sorpresa que también las señoras lo vieran como una aparición y le atribuyeran una “magia” que daba tranquilidad con solo estar en su presencia.

No hay que olvidar, sin embargo, que a pesar de la apariencia moderna y progresista de Diego, su pensamiento y discurso eran totalmente ajustados a la ortodoxia de la Iglesia Católica de finales de los años noventa. Diego pertenecía al llamado movimiento católico “carismático”, muy conocido por la importancia de la música pop, la actitud afable y cercana de los sacerdotes y la mayor participación de jóvenes en las actividades parroquiales. A pesar de lo anterior, el “progresismo” no incluía ninguna separación del canon Romano y por lo tanto, todos los dogmas de la Iglesia, sería servidos por Diego en nuestros convites semanales con un reluciente empaque juvenil.

Uno de esos dogmas de aquel momento era por supuesto el de que toda actividad sexual por fuera del matrimonio era considerada pecado y duramente castigada. Yo, que tenía para entonces 13 años de edad, me encontraba particularmente preocupado por la abrumadora irrupción de las hormonas de la adolescencia y mi total incapacidad para refrenar la práctica del “auto-amor”. El tema, también tenía acongojado a otro amigo mío de la misma edad que pertenecía al grupo, así que decidimos consultar a Diego de forma privada para buscar una orientación espiritual.

Recuerdo esta tarde soleada cuando mi amigo y yo nos reunimos con Diego en su casa del norte de Bogotá. Pasamos algunas horas conversando sobre lo humano y lo divino y cuando llegamos al punto que nos tenía atormentados, sonrió y nos confortó con sus palabras. – “No se preocupen que esas son pequeñas pruebas que Dios permite para que fortalezcamos la voluntad”. Luego nos explicó que la masturbación era una de las tentaciones del Demonio para alejarnos del amor de Dios y que la solución consistía en imaginar a la Divina Madre llevándose esos pensamientos impuros, hacer mucha oración y ocupar la cabeza.

Más de 20 años más tarde y en retrospectiva, se puede apreciar lo negativo del mensaje pero para muchachos criados en familias católicas, sin acceso a información científica sobre el tema y con una muy deficiente formación en educación sexual, todo parecía tener sentido.

Aquella visita fue el inicio de muchos otros encuentros individuales con Diego, en los cuales además de recibir su guía religiosa, aprendí a interpretar varias canciones cristianas y ahondé en mi relación con Dios y la Virgen. He de decir que desde entonces tenía muchos conflictos conceptuales con la idea de la Santísima Trinidad y el rol de la Virgen María. Eso de las tres personas distintas y un solo Dios verdadero parecía sencillo al escucharlo de los labios de Diego, quien refería la confusión a problemas lingüísticos de interpretación. – “Son formas en las cuales el mismo Dios se manifiesta para que lo adoremos, lo veamos como uno de nosotros y lo recibamos en el Espítitu” (…) En cuanto a María, el asunto era a otro precio porque de sus palabras, uno interpretaba que en su cosmogonía, María era la máxima expresión del amor y la mejor forma de relacionarnos con Dios. Diego decía de la Virgen que es nuestra intercesora, jefa de las huestes celestiales que someten a los demonios y protectora de la humanidad. A mí, que nunca había sentido una relación particularmente cercana con la figura de la Virgen, me llamaba “consentido de la Virgen”, y así logró que me interesara más por conectarme con ella.

La semilla del misticismo

Lo cierto es que las experiencias que viví durante el tiempo que duró el grupo de oración, que habrán sido un par de años, cimentaron el inicio de mi búsqueda espiritual. Como melómano amante de la armonía, fue muy fácil para mi lograr estados de éxtasis místico a través de las notas musicales. Mi fascinación y curiosidad por los misterios de la realidad se nutrían de las extensas conversaciones existenciales que sosteníamos durante y fuera de los grupos de oración y mi vocación por la palabra y el liderazgo se veían bien impulsadas por el protagonismo que con el tiempo Diego permitió que tomara durante los momentos de oración, con invocaciones espontáneas y tocando la guitarra.

Durante aquel tiempo recuerdo haber sentido en más de una ocasión, inexplicables momentos de euforia repentina: de repente abría mis ojos plenamente, miraba a mi alrededor y me sentía totalmente inundado por un placer indescriptible. El primer pensamiento que llegaba a mi cabeza en esos momentos era de gratitud, sentía que era la presencia de Dios en mi corazón, llenándome de gozo y amor. Poco a poco empecé a sentir la presencia de Dios como mucho más que algo figurado, de verdad me sentía acompañado y protegido. Tenía la certeza que Dios me había elegido para algo importante. El grupo de Oración era sólo el comienzo así que tenía que buscar la manera de encontrar cual sería mi misión, la tarea para la cual me había enviado Dios.

En este pensamiento también coincidimos mi amigo masturbador y yo. Ambos, que nos habíamos convertido en los miembros del grupo más cercanos a Diego, conversábamos para tratar de discernir cual sería nuestro llamado. A veces encontrábamos claves en los sermones de los sacerdotes después de la lectura del evangelio durante la misa o en alguna lectura bíblica individual. Una vez, mi amigo llegó exaltado a mi casa con su biblia debajo del brazo y me dijo “Ya lo encontré, usted y yo somos los dos profetas del Apocalipsis”. Recuerdo que me sorprendí pero no pensé que estuviera loco o algo así, antes, me apresuré a tomar mi propia biblia y buscar el pasaje que mi amigo refería.

Se trataba de Apocalipsis 11 del versículo 3 en adelante: “3 Y daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos sesenta días, vestidos de cilicio. 4 estos testigos son los dos olivos, y los dos candeleros que están en pie delante del Dios de la tierra. 5 si alguno quiere dañarlos, sale fuego de la boca de ellos, y devora a sus enemigos; y si alguno quiere hacerles daño, debe morir él de la misma manera. 6 estos tienen poder para cerrar el cielo, a fin de que no llueva en los días de su profecía; y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga, cuantas veces quieran.”

Ya no recuerdo cuántas veces releí esos pasajes y muchas veces discutimos con mi apreciado compañero de rezos cuál sería la mejor forma de iniciar esta obra. Llegamos a conversar -aunque de mi parte al menos, sin llegar a considerarlo seriamente- abandonar nuestras casas y dedicarnos a predicar la palabra de Dios por las calles de Bogotá. Hay que decir que mientras mi vida familiar era muy saludable y amorosa, la de mi amigo no lo era tanto, así que para mí la idea de abandonar mi cálido hogar en pro de cumplir una oscura profecía bíblica resultaba mucho más chocante.

El prospecto, sin embargo, llegó a causarme un leve trauma ya que en algún momento llegué a sentir que era inevitable que terminaría cumpliendo la profecía, muy a pesar de mis reticencias. Fueron varias las noches de angustia y oración pidiéndole a Dios que me “rebajara” la profetización en las calles a cambio de formas más benignas y eficaces de apostolado. ¿Quién era yo para negociar con Dios el ajuste de profecías escritas desde hace cientos de años? Sin embargo había que intentarlo ya que la segunda parte de la profecía hacía que el regateo místico mereciera aún más la pena:

7 Cuando hayan acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo hará guerra contra ellos, y los vencerá y los matará. 8 y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado. 9 y los de los pueblos, tribus, lenguas y naciones verán sus cadáveres por tres días y medio, y no permitirán que sean sepultados. 10 y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros; porque estos dos profetas habían atormentado a los moradores de la tierra”.

Sobra decir que ni mi amigo ni yo llegamos a poner un pie en la calle con ánimo de profetizar, pero desde luego, no sería el final de mi búsqueda de la misión, lo cual seguiría sucediendo al menos por un tiempo dentro de los límites de la religión católica.

Lo que sí que se repitieron fueron los eventos místicos alrededor de mi apostolado en el catolicismo. Yo me esforzaba por ejecutar el plan de Dios a través de cada oportunidad de servicio que se me presentaba y sentía una gran satisfacción tanto por sentirme un instrumento de la acción divina como por hacer una diferencia positiva en la vida de las personas con quienes ejecutaba dichas acciones. Tal fue el caso del trabajo que realicé preparando niños de entre 7 y 10 años para su primera comunión. Un importante evento en la vida de los católicos, que típicamente requiere la comprensión de lo que significa ser católico, las ceremonias, mandamientos, sacramentos, etc., así como la memorización de las oraciones más importantes.

También tuve la oportunidad de utilizar mis conocimientos de la biblia y las habilidades de palabra y consejo que aprendí de Diego para orientar a otros miembros del grupo de oración y amigos de mi colegio. Estos actos de servicio me servían por una parte para compensar mi irrefrenable afición por el autoerotismo, con la esperanza de que Dios me viera con buenos ojos y poder seguir siendo un “consentido de la Virgen”. El negocio parecía funcionar bien ya que tanto Diego como los sacerdotes y monjas que conocía inmediatamente veían en mi “algo especial”, un potencial para lograr grandes cosas a nivel espiritual.

Lo anterior reforzaba mi propia convicción de estar destinado para alguna misión importante y mi mundo se empezó a llenar de claves y señales que yo entendía que debía descifrar para comprender el camino y estar preparado para mi gran momento. Una de estas señales apareció poco antes del fallecimiento de mi abuela materna Ana María Rosa. Yo había permanecido junto a ella durante los primeros días de hospitalización en el pueblo donde ella vivía, luego de sufrir un accidente cerebrovascular que la había dejado postrada en cama sin poder moverse ni hablar. A pesar de que nunca me consideré especialmente cercano a mi abuela, probablemente fui el nieto que la acompaño durante más tiempo. Leía para ella, le contaba historias de su casa, oraba y ocasionalmente ayudaba a las enfermeras con los cuidados que había que dispensarle.

Recuerdo los ojos de mi abuela despidiéndose con gratitud cuando llegaba la hora de irme y yo me retiraba con la satisfacción de hacer un poco más llevadero su padecimiento así fuera por unas pocas horas. Por otra parte, sentía que seguramente Dios me había puesto allí para acompañarla en sus últimos días y que seguramente aquello era parte de mi misión divina. Esto se confirmó poco después del traslado de mi abuela a un hospital de mayor nivel en Bogotá. Yo regresé a la finca donde mis abuelos vivían, para pasar allí unas cuantas noches mientras mi mamá y mi papá se encargaban del traslado y cuidados de mi abuela. Una noche, me desperté sobresaltado con una sensación extraña, como una mezcla de miedo y expectación. Percibí una luz azulada en la habitación y dirigí la vista donde pensé que se originaba. Allí encontré un orbe que emitía el tenue resplandor índigo y cuando me fijé en él, percibí en mi mente una comunicación que provenía de aquel extraño objeto. No escuché una voz, pero tuve la certeza de recibir un mensaje que provenía de la esfera flotante. El mensaje me decía que me preparara para muchos cambios que vendrían y que yo había sido escogido por Dios para una importante misión.

La sensación de aprehensión que sentía se convirtió entonces en un enorme gozo, no solo por el mensaje en sí, sino por haber experimentado por primera vez en mi vida un evento sobrenatural. Intenté grabar el momento en mi mente y para mí fue una prueba de que Dios no solamente existía, sino que se comunicaba con sus escogidos. Sin embargo, al recordarlo al día siguiente, me parecía demasiado inaudito como para compartirlo con alguien más, pero aun así totalmente verídico como para considerar alguna otra explicación como una alucinación o más probablemente una experiencia de sueño lúcido.

La medium de Medjugorje

Un año después del fallecimiento de mi abuela me encontraba cursando el último año de secundaria y el grupo de oración había recibido una interesante visita. Proveniente de un barrio del sur de Bogotá, llegó a nuestra casa una joven amiga de Diego que decía recibir mensajes provenientes de la Virgen de Medjugorje, también conocida como la “Virgen de la Paz”. La joven compartía en iglesias católicas, la emisora Minuto de Dios y grupos de oración los mensajes que afirmaba recibir de la famosa aparición de los Balcanes. La mayor parte de los mensajes públicos de Medjugorje en los que la Virgen se refiere a sus devotos como “hijitos”, trata de asuntos bastante genéricos como fortalecer la fe, abrirse a Cristo, orar y muchas otras recomendaciones benignas de buen comportamiento católico. La joven contactada de Bogotá, sin embargo, compartía canalizaciones más específicas dirigidas a los grupos de oración o parroquias que visitaba.

Tal fue el caso de su visita a nuestro grupo de Oración un sábado de 1994 mientras yo me encontraba fuera de la ciudad, participando en un retiro espiritual católico organizado por el colegio en el que yo estudiaba, para los próximos graduandos bachilleres. El mismo día en que la contactada visitó nuestra casa, yo asistí junto con mis compañeros de colegio a una bella eucaristía durante la cual tuve una nueva experiencia de arrobamiento místico. Al día siguiente en la noche, cuando regresé a casa después del retiro, mi mamá me contó que la joven médium había preguntado por mi – supuestamente sin saber qué hacía falta un integrante de la familia – y había dicho que la Virgen me agradecía mucho por la labor que estaba realizando con la preparación de niños para la primera comunión. También me dijo que al finalizar la oración grupal, ella se había dirigido hacia una silla vacía en la sala y había impartido una señal de la cruz dedicada al hijo que no se encontraba presente.

Mi reacción ante semejante revelación fue encerrarme en el baño a llorar de humildad. ¡La Madre de Dios me agradecía por algo tan simple! Me sentí sobrecogido y afortunado y prometí que haría Su voluntad cualquiera que fuera.

Señor no deseo riquezas, ni los hijos ni el saber.

Si tu así lo quieres nada deseo tener.

Concédeme sólo esto que pueda darte a ti.

Sin esperar recompensas y con un amor sin fin.

Canción interpretada por Diego

A mis amigos

Poco tiempo después, me enteré de que Diego había sido diagnosticado con una agresiva forma de cáncer estomacal y muy pronto ya no pudo asistir a nuestro grupo de Oración. Algunos decían que fue la consecuencia de varios años de abuso de alcohol y tal vez drogas, otros que podía ser a causa de los frecuentes ayunos que practicaba. La verdad es que el cáncer es impredecible y ataca sin reparos a puros e impíos. Lo que sí parecía una cruel ironía era que un joven tan parecido a Jesús de Nazareth físicamente, en su palabra y en su obra, estuviera condenado a una precoz muerte luego de sufrir tormentos físicos los que el mismo Cristo tuvo que padecer.

Diego murió en casa de sus padres, lejos de quimioterapias y doctores, totalmente convencido de que su tarea en el mundo había concluido y que se dirigía al anhelado encuentro con su divina Madre y el buen amigo Jesús. No lo pude ver durante sus últimos meses, pero estoy seguro de que usaba el tiempo confortando a sus padres, dándoles fuerzas y haciendo bromas ocasionalmente. Cuando las fuerzas lo abandonaron finalmente, se fue dejando un dolor indescriptible en el corazón de una madre que hasta ese momento se consideraba crítica de la Iglesia y un padre que se decía totalmente ateo. Pero lo más importante es que dejó un legado que vivirá para siempre en quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y compartir su amor por la Virgen, la Iglesia y la humanidad.

No sé bien si sus padres se convirtieron al catolicismo, pero sí sé que continuaron las obras benéficas que Diego lideraba. En particular, la entrega de alimentos y ropa a indigentes que habitaban la famosa por entonces “Calle del Cartucho” en Bogotá. Mi amigo de profecías apocalípticas siguió siendo un ferviente católico de misa cada domino y grupos de oración, pero a mí la vida me llevaría por otros caminos de apostasía y búsqueda, tratando de reconciliar la poderosa carga de condicionamientos religiosos que adopté durante mi infancia con el pensamiento científico y curiosidad espiritual que me impulsaban.

Nunca pude despedirme de Diego como habría querido, sin embargo, se las apañó para despedirse de mi luego de su muerte de una forma muy especial: pocos meses luego de su fallecimiento, mientras yo me encontraba ya prestando el servicio militar obligatorio en la Policía Nacional de Colombia, la familia de Diego hizo un agradable descubrimiento. Entre sus pertenencias personales, encontraron un casete con una hora de temas musicales interpretados en la guitarra y cantados por él. Cada canción era como una lección de vida para sus amigos, pero fue la última canción del lado B la que rompió la represa emocional que tenía desde la muerte de Diego:

A mis amigos legaré cuando me muera

Mi devoción en un acorde de guitarra

Y entre los versos olvidados de un poema

Mi pobre alma incorregible de cigarra.

A mis Amigos, Alberto Cortez

Fue como si en ese momento me hubiera despertado de repente a la realidad de que mi amigo y maestro se había ido para siempre. Me despedí de su presencia, pero no de su alma, ya que Diego se convertiría, para bien o para mal, en una parte importante de mi propia personalidad.

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