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T5E3 – Expatriados

Última actualización el 2023-07-14

Espiritualidad y Ciencia
T5E3 - Expatriados
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La aprobación de nuestros visados para vivir temporalmente en Canadá llegó mientras me encontraba combatiendo mi crisis de ansiedad. Con este requisito confirmado, pude notificar a la Universidad Ryerson de Toronto que aceptaría su oferta de un cupo para el máster en administración de negocios (MBA) con énfasis en gestión de tecnología e innovación.

Después de más de tres años de incertidumbre sobre nuestro próximo lugar de residencia, la suerte estaba echada. El país del norte, reconocido por su hospitalidad con los inmigrantes de todo el mundo, la cordialidad de su gente e inviernos interminables sería el lugar donde estableceríamos nuestro hogar, al menos durante los siguientes dos años.

Recordé las palabras proféticas que recibí trece años antes, mientras intentaba desesperadamente mantener a mi lado a Angélica, mi primera esposa. Estaba sentado al frente de la misteriosa anciana de ensortijadas canas, mientras Angélica en la habitación del lado repetía una oración que la vidente le había enseñado. La anciana bajó la voz y me dijo:

– “Te veo viviendo en otro país, me parece que es Canadá. Y estás con una muchacha monita, bonita. Pero no es esta, es otra, con dos hijos y en una casa bonita, como con un jardín grande.”

Un estremecimiento me recorrió el cuerpo. Cómo podía ser que esa señora hubiera podido acertar de forma tan precisa. Bueno, aún no sabía si tendríamos dos hijos, pero eso era exactamente lo que Paula y yo teníamos en nuestros planes. En fin, dejé de lado ese pensamiento porque de momento no quería seguir exacerbando mi conflicto entre el pensamiento mágico que tanto me atraía y mi creciente escepticismo con lo sobrenatural.

Lo cierto era que estábamos cerca de abandonar nuestro país natal por un buen tiempo, quizás para siempre. Había que resolver muchos asuntos tanto en Colombia como en nuestro destino y el tiempo apremiaba. Inicialmente habíamos planeado viajar hacia finales de marzo para poder integrarme a mi cohorte en abril, pero la aceptación de la universidad tomó más tiempo de lo previsto así que no quedó más remedio que esperar hasta septiembre.

La dilación resultó providencial ya que de haber tenido que viajar en primavera, no habríamos tenido tiempo suficiente para completar algunos asuntos, como la venta de nuestro apartamento, muebles y enseres de valor, y mucho menos para despedirnos del país de la forma en que queríamos hacerlo: viajando.

Haciendo maletas

Iniciamos nuestra gira de despedidas con un paseo por Boyacá, uno de los departamentos más bellos de Colombia. En el recorrido visitamos varias poblaciones y en cada una de ellas nos propusimos probar los platos y postres típicos que sabíamos que más extrañaríamos cuando viviéramos en Canadá.

Viaje de despedida a Boyacá

De regreso en Bogotá, resolvimos dar trámite a una tarea que no nos entusiasmaba: vender las pertenencias más valiosas con que contábamos y regalar aquellas que no ameritaban el esfuerzo. Poco a poco se fueron llevando electrodomésticos, muebles y trastos y con el corazón hecho una estopa vimos cómo se iba desdibujando ese pequeño lugar mágico cuyas paredes apenas podían contener todo el amor que vivimos y compartimos.

– “¿Recuerdas cuando hicimos esa toma con Héctor Raúl y Meigy? Yo estaba ahí tirado, en mi viaje, en la mitad de la sala mientras ustedes me rodeaban. Ahí fue cuando escuché que me decían que este era nuestro apartamento, que iba a ser el lugar donde traeríamos a nuestro Angelito

Paula suspiró mientras mirábamos la sala vacía, sentados en el piso y tomándonos de las manos.

Vista desde nuestro apartamento en Bogotá

Pronto recibimos una oferta por el apartamento y nuevamente parecía producto de la providencia. Los interesados eran una pareja, familiares de unos amigos, que nos hicieron sentir que el lugar donde nació Luciana y donde vivimos tantas experiencias hermosas, quedaría en muy buenas manos.

Con la tranquilidad de poder contar con dinero suficiente para pagar al menos el primer año de mi maestría y establecernos cómodamente en Toronto, nos enfocamos en la difícil tarea de encontrar un lugar para vivir en nuestro destino. Pronto entendimos que tratar de encontrar remotamente una vivienda en un país desconocido, sería una tarea laboriosa.

Paula y yo visitamos docenas de anuncios clasificados en línea e incluso usamos los servicios de una agente inmobiliaria en Toronto, pero al cabo de un par de semanas concluimos que probablemente tendríamos que rentar un lugar temporal a través de AirBnB y continuar nuestra búsqueda una vez llegáramos a Canadá.

Los sitios que más nos gustaban tenían precios inalcanzables para nuestro presupuesto y los que no lo eran, sabíamos que nos harían extrañar a nuestro apartamento de Bogotá más de la cuenta. El único lugar que encontramos que reunía todos los requisitos y cuyo dueño además no tenía problema con que no tuviéramos historial crediticio en Canadá, era un bello apartamento ubicado en el centro de Toronto, que además resultó ser una estafa, en la que afortunadamente no caímos. A pesar de nuestro afán, teníamos claro que no giraríamos ni un dólar antes de confirmar la legitimidad del arrendador por los medios que tuviéramos a nuestro alcance.

Sólo hallamos una opción que superó la debida diligencia y que, aunque no atraía demasiado a Paula, a mi si me había logrado entusiasmar. Era una pequeña casa de puerta roja, con chimenea, un florido antejardín y verde césped que coincidía con el lugar que yo imaginaba siendo niño, cuando fantaseaba vivir en Norteamérica. El lugar, también, parecía corresponder con la visión de la bruja de Santa Marta.

El precio era más que justo y ya habíamos confirmado la legitimidad del anuncio mediante una llamada que hicimos directamente a la agencia inmobiliaria en Toronto. El único problema era, cómo no, que no teníamos historial crediticio ni referencias en Canadá, dependíamos de que Laura – que era el nombre de la propietaria – nos diera su voto de confianza sin contar con esos requisitos. Hicimos un esfuerzo enviándole evidencias de mi trabajo con David Collins y la oferta de la universidad Ryerson, e incluso hicimos una videollamada en la que hubo muy buena empatía entre Laura y nosotros. Aun así, Laura prefirió no asumir el riesgo de arrendar su casa a un par de inmigrantes sin referencias, que ni siquiera habían llegado aún al país.

Con la amarga noticia de que Laura eligió a otros arrendatarios sobre nosotros, emprendimos la siguiente etapa de nuestra gira de despedida por Colombia. Por primera vez en mi vida, luego de más de 8 años de tomar yagé frecuentemente y justo después de decidir que el yagé no seguiría siendo parte de mi camino espiritual, haríamos esa peregrinación que habíamos postergado, al santuario de la planta sagrada: La selva del Putumayo.

La idea de hacer ese viaje había rondado mi mente por mucho tiempo. En 2010, poco después de iniciar mi aventura chamánica, hicimos un viaje a la selva Amazónica junto con mis padres y Ana María. En esa ocasión, sin embargo, no fuimos al departamento de Putumayo sino al Amazonas, que es más turístico y donde no conocíamos a ningún taita. Aquella fue una experiencia memorable, pero me quedé con el sinsabor de haber tenido que recurrir a una chamana desconocida para tomar yagé en la selva y no haberlo hecho con el taita Gregorio, con quien construimos fuertes lazos de afecto y confianza después de más de seis años de ceremonias.

Yo estaba aterrorizado ante la perspectiva de participar en una nueva toma de yagé después del calvario que sucedió a mi última experiencia con el elemental, pero, por otra parte, no quería irme de Colombia teniendo un último recuerdo tan amargo del yagé. Al fin y al cabo, el yagé fue la puerta de entrada al camino en el que encontré las cosas más valiosas de mi vida.

Anestesié mi miedo diciéndome que el motivo del viaje no era necesariamente tomar yagé, sino visitar su territorio y darle gracias por todo lo que habíamos recibido. Si no me sentía seguro, no me obligaría a tomarlo.

Fue así como emprendimos nuestro viaje a Mocoa, capital del Putumayo, departamento que colinda con las repúblicas de Ecuador y Perú. Viajamos por tierra durante 13 horas en un cómodo bus de dos plantas y esta vez nos acompañaron mis padres, mi hermana Laura, su hijo Santiago y Lina, una joven artista que apenas iniciaba su camino en el chamanismo.

Mocoa no es una ciudad sino una población de menos de 60.000 habitantes y el 1 de abril de ese año, después de varias horas de lluvias excepcionalmente torrenciales, sufrió lo que fue hasta ese momento la peor tragedia natural de su historia.

Tres ríos y dos quebradas que surcan a través de Mocoa se desbordaron y causaron inundaciones y avalanchas de lodo que arrasaron, anegaron y segaron la vida de más de 1.400 hombres, mujeres y niños. Unos 200 más nunca pudieron ser encontrados y más de 15.000 resultaron damnificados. Se dice que todos los habitantes de Mocoa perdieron por lo menos a un familiar o amigo en la tragedia.

Llegamos a la población el 22 de junio, menos de tres meses después de esos hechos y tal como imaginamos, nos encontramos con una ciudad semidestruida. Nuestro bus nos dejó en la ribera del río Mocoa, donde vimos casas devastadas, enseres destrozados e incluso ropa de las víctimas. Nuestro primer destino era la casa de Carmen Jacanamijoy, una amiga de mi hermana Julia y miembro de la comunidad Kamen-Tsa, que por fortuna no se vio afectada directamente por las inundaciones, ya que su resguardo se encuentra en una de las zonas con mayor altitud de la ciudad.

Escombros tras las inundaciones y avalanchas de Mocoa en 2017

Carmen y su familia, quienes gentilmente nos ofrecieron su vivienda para alojarnos durante nuestra estancia en Mocoa, se habían salvado de la inclemencia del clima, pero no así del abandono estatal ni de la injusticia social que son rampantes en Colombia, sobre todo en las zonas más alejadas de la capital. Mientras descansamos de nuestro largo viaje, Carmen nos hizo un recuento de las innumerables desventuras que tuvo que sortear durante su vida adulta como mujer, madre y líder comunitaria:

Putumayo fue uno de los departamentos de Colombia que más sufrió el conflicto armado que desangró a Colombia durante décadas. La pobreza y olvido por parte del estado, habituales desde el inicio de la república, fueron el caldo de cultivo sobre el que el narcotráfico, la guerrilla y más recientemente los grupos paramilitares convirtieron al departamento en uno de los mayores productores mundiales de pasta base de cocaína y titular recurrente en las noticias de la guerra.

La droga, que pudiera al menos haber traído algo de abundancia económica a los habitantes del departamento, solamente sirvió para enriquecer a la corrupta élite política y a los señores de la guerra. Los ciudadanos de bien, como Carmen y su familia, tuvieron que aprender a convivir con la guerra y la cultura “traqueta” o del dinero fácil, teniendo además que seguir lidiando con la pobreza de siempre.

En medio de esas circunstancias, Carmen conoció el amor, formó un hogar y junto con su esposo se dedicaron a trabajar por su familia, su comunidad y su etnia. A pesar de las limitaciones y los riesgos de ser líderes sociales en el país donde más se asesinan a quienes cumplen con esa labor, Carmen y su esposo siguieron adelante con su trabajo social con la misma alegría y generosidad con las que ella nos recibió en su casa.

Desafortunadamente, un par de años antes de nuestra visita, el esposo de Carmen falleció a causa de una afección pulmonar fulminante. El trabajo duro y el dolor forjaron en Carmen el carácter que, durante la tragedia, le sirvió para convertirse en baluarte para su comunidad.

La noche se alargó en medio de historias de su pasado y relatos sobre la noche de las inundaciones. Como el que Carmen conoció sobre una mujer, a quien la creciente le arrancó de los brazos a su pequeña hija y luego vio a su hijo desaparecer entre las aguas mientras intentaba rescatar a su hermanita.

Conocer de cerca hechos tan terribles fue sin duda sobrecogedor, pero al menos parecía que mi ansiedad estaba bajo control. Un par de meses atrás, esas mismas historias me habrían causado un ataque de pánico. Aun así, yo estaba a pocas horas de tomar yagé nuevamente y de sólo pensar en ello se me helaban las manos. Ya recostado en mi colchón, cerré los ojos cuando me venció el cansancio y aún no sabía si al siguiente sería capaz de tomarme ese último sorbo de cielo, antes de decirle adiós a mi amado y sufrido país.

Hornoyaco

El camino duró unas dos horas. Antes de iniciar el tramo que debíamos hacer a pie, nos detuvimos en un almacén y compramos los alimentos que nos encargó la mama Carmen Chindoy, esposa del taita Gregorio. A pesar del miedo que aún sentía, me sentí alegre de hacer ese recorrido que por años anhelé.

Pronto nos encontramos con la gigante sonrisa del taita Grego y la majestuosidad de la famosa cascada del Hornoyaco que adornaba la entrada de su finca. Por fin había cumplido la cita que Mara me recordaba de vez en cuando:

– “Tienes que visitar al yagé en su casa, no se te olvide

Era como una peregrinación que todo yagenauta debería hacer en algún momento de su vida y casi todos mis amigos chamanes ya lo habían hecho. Pero yo, pospuse inconscientemente el compromiso hasta el último momento. Había querido estar preparado, vencer el miedo a dejarme llevar, a enfrentar la muerte, a sentir la oscuridad. Quería ser el hombre de sabiduría que el taita Mauricio Vicencio me había dicho que aún estaba lejos de ser.

Pero allí estaba, frágil y lleno de miedo. En el punto más bajo de mi camino espiritual y sin más tiempo para seguir mi entrenamiento con el yagé.

La tarde se esfumó en medio de los cuentos de Grego y la contemplación de la belleza de la selva. La encargada de la cocina nos ofreció una aguapanela con pan y pronto estuvimos reunidos en la maloca que domina la parte alta de la finca. Éramos unos 50 o 60 invitados, incluyendo a algunos extranjeros, lo cual era un grupo pequeño para lo que se acostumbraba con el taita Gregorio.

No recuerdo haber tenido tanto miedo de tomar yagé como esa noche, pero no estaba dispuesto a irme para Canadá con el recuerdo de no haber sido capaz de tomar la planta sagrada, estando en el corazón de la selva. Creo que Grego me dio una ración un poco más pequeña y la apuré tan rápido como pude. Luego regresé a mi estera y me recosté a esperar. Que pasara lo que tuviera que pasar.

Maloca del taita Gregorio en el Hornoyaco

El miedo dio lugar a la introspección y al parecer la humildad estaba logrando lo que la obstinación nunca alcanzó. Era cierto era que el yagé del taita Gregorio siempre fue más suave que el que dio inicio a mi tormento, pero esa noche estaba siendo aún más noble que todas las veces anteriores.

También me sucedió algo que hacía tiempo no experimentaba: la pinta enteogénica se intercaló con largos ratos de sueño profundo y extrañas sensaciones en duermevela. Fue una noche larga, extraña y mística pero también de profundo sosiego. El espíritu del yagé pareció escuchar mi plegaria de misericordia y me regaló una experiencia maravillosa.

En medio de mis sueños y visiones durante esa toma hubo una particularmente inquietante: Me encontraba desnudo, encerrado en una horrible celda junto a otros 20 o 30 hombres, también desnudos, que lloraban y pedían ayuda. En la base de las cuatro paredes de la oscura estancia había una zanja donde todos echaban sus excreciones y en la parte superior, pequeñas ventanas con barrotes por las que apenas se alcanzaba a ver hacia el exterior.

Mientras me encontraba en ese lugar, empecé a sentir la familiar desesperación que antecedía a los episodios más sombríos de mis viajes de yagé. Entonces respiré profundo, relajé mi cuerpo y me di cuenta de que esa repugnante celda era la ansiedad de la estaba tratando de escapar. Fue la misma sensación que tuve 15 años atrás cuando la marihuana me hizo ver la tristeza que sentía por la separación de mi primera esposa, como si se tratara de una jaula en la que me encontraba atrapado.

Con esa comprensión sentí que me elevé, atravesé las rejas de mi celda y sobrevolé el verde prado que brillaba al otro lado de la pared. Después de flotar un rato encontré a un grupo de gente que se reunía al frente de una tarima, de esas que se arman en las plazas centrales de los pueblos durante sus ferias.

Me dirigí hacia el escenario y a quien encontré allí si no al mismísimo Samael Aun Weor y a su esposa Litelantes, ataviados con sus coloridos atuendos ceremoniales e inquietantes tocados. Samael llevaba en su puño la grotesca espada con la que recordaba haberlo visto en alguna fotografía. Sus rostros mostraban el desconcierto de verme allí flotando y no gritando en mi encierro.

Sabía que ellos me habían puesto en ese lugar, pero aún sentí cariño por esos dos seres a quienes sentía cercanos a pesar de nunca haber conocido, más que por los libros y conferencias del oscuro gurú gnóstico. Les dediqué una última mirada, me despedí de ellos y me alejé de ese lugar sintiendo pena por los pobres inconscientes que se quedaron dominados por su embrujo.

Amanecer sobre la selva

En la mañana, después de un buen desayuno de campo, busqué al taita Gregorio para agradecerle por la ceremonia y contarle mi sueño. Me di cuenta de que nunca había hablado sobre la Gnosis con él, quizás asumiendo que al igual que la mayoría de los chamanes que conocí, también él era seguidor secreto de las enseñanzas de Samael.

No podía estar más equivocado. Gregorio me habló de su visión sobre la gnosis Samaeliana y cómo había visto decenas de personas cuyas vidas se fueron a pique por culpa de la secta. Sin embargo, haciendo gala de su sabiduría, el taita me aconsejó agradecer lo que aprendí durante los años en que creí en esas enseñanzas y me sugirió que tal vez más adelante podría volver a esa cárcel y ayudar a otros a salir del encierro.

Esa mañana me encontraba tan emocionado de haber tenido nuevamente una ceremonia de yagé con pinta armoniosa, reveladora y sin drama, que accedí a recibir una infusión de chichaja, otra planta sagrada, a la que los indígenas de las etnias Inga y Cofán consideran como la esposa del yagé.

Según los recuentos de amigos que la habían probado, sobre todo del abuelo Luis, la experiencia con la chichaja era menos intensa en la mente, pero mucho más demandante para el cuerpo. El efecto más común de la planta era una parálisis completa, que a veces sobrevenía intempestivamente mientras la persona se encontrara de pie. Por eso, la mama Carmen me indicó que debía recostarme inmediatamente después de recibir la toma y permanecer allí hasta que me pasara su efecto, lo cual, además, solía ser un tiempo más prolongado que el del efecto del yagé.

Así lo hice tan pronto como acabé de beber el medio litro de infusión que se requería para hacer la limpia. Inquieto pero emocionado, esperé las sensaciones de escalofrío, temblor y peso en el pecho que tanto había escuchado y me intrigaba la posibilidad de no ser capaz de mover mi cuerpo estando consciente. Pero nada de eso ocurrió. En cambio, sentí un leve mareo que se prolongó por algo más de una hora, una sensación de descanso y cosquilleo agradables y sólo un poco de vómito al final de la segunda hora.

Después de eso, las sensaciones inusuales se extinguieron y me invadió un apetito voraz. Entonces me levanté y me dirigí hacia la cocina para buscar comida. Allí me encontré con Paula y la mama Carmen, quien sorprendida me preguntó cómo había hecho para llegar hasta allá sin ayuda. Le conté que ya me sentía normal, ante lo que ella reaccionó con una expresión que me hizo comprender que la chichaja había sido excepcionalmente bondadosa conmigo.

La mama Carmen Chindoy en la cocina de su finca

Motivado por mi buena suerte con las plantas sagradas durante esos dos días, accedí a tomar yagé nuevamente en la noche, antes de regresar el día siguiente a Mocoa. Al igual que la noche anterior, mi experiencia fue tranquila y agradable, pero no tuve visiones ni sueños. En cambio, me hallé en un profundo estado de introspección consciente en el que revisé los acontecimientos de los últimos meses y elucubré sobre lo que nos aguardaba cuando llegáramos a un país desconocido en el que ni siquiera teníamos un lugar para vivir.

También tuve una revelación inquietante: me vi a mí mismo como un espíritu infinito que no terminaba de sentirse a gusto dentro de un cuerpo humano. Especulé que dicha inquietud era la causa raíz de mi trastorno obsesivo-compulsivo. Sentí que mi alma no había acabado de nacer en la Tierra porque aún se aferraba a su existencia incorpórea prenatal, dejándome en un limbo que no terminaba de atravesar.

Me di cuenta además que mi miedo a nacer se ocultaba detrás del miedo a la muerte y que por eso me costaba tanto dejarme llevar por el yagé, soltar el pasado y enfrentar la incertidumbre. A lo que de verdad le tenía miedo era a nacer, porque ello significaba también morir a mi existencia anterior.

Pensé en Diana y lamenté que las cosas hubiesen terminado de la forma en que lo hicieron, pero agradecí que después de todo pude pasar la página sin más que lamentar que algunas lágrimas, el dolor que le causé a Paula y mi salud mental aún necesitaba terminar de sanar. En mi corazón agradecí a Diana por ser una maestra en la sombra, al igual que lo fue Samael en su momento.

Antes de que terminara la noche, el universo nos regaló un hermoso cielo lleno de estrellas y al calor del fuego disfruté de las dulces notas de la guitarra del taita Gregorio, con la convicción de que todo saldría bien para nosotros. No pensaba que algún poder mágico nos protegería, o que estábamos predestinados para la felicidad absoluta, pero por primera vez sentí que creía con certeza en esas palabras que recibí durante mi ceremonia en la quebrada Juan Curí dos años atrás:

– “Pase lo que pase siempre encontraré la manera de volver a ser feliz.”

El sol se asomó por encima de las copas de los árboles y me encontró lleno de gratitud por una noche mágica y una reconciliación completa con el yagé. Pero si la noche había sido pródiga en regalos espirituales, la mañana que empezaba traería consigo un evento que puso a prueba mi naciente escepticismo y me hizo pensar que sólo tal vez, los milagros sí existen.

Poco después de tomar el desayuno, mientras me encontraba alistando nuestras cosas para el viaje de regreso, sentí la vibración de mi teléfono en el bolsillo. Aquello me sorprendió porque en la mayor parte de la finca, la señal de mi red celular era muy débil y además porque el número llamante aparecía como “Privado”.

Tomé la llamada y al otro lado escuché la voz de un hombre que me habló en inglés:

“Is this Manuel? I am Ray Cochrane; Laura Li’s realtor and we want to know if you are still interested in the house at 1 Kalmar.”

“¿Hablo con Manuel? Soy Ray Cochrane, el agente inmobiliario de Laura Li y queremos saber si aún estás interesado en la casa en el 1 de la avenida Kalmar”

Me costó entender lo que estaba escuchando, no porque no entendiera el acento sino porque no podía creer que fuera posible. El agente me contó que el arrendatario que Laura eligió inicialmente se había retractado de su oferta y Laura y su familia estaban a pocas horas de abordar un avión para radicarse nuevamente en China. Aún tenían otro par de aplicantes, pero al parecer Laura quería que fuéramos nosotros quienes nos quedáramos con la casa donde hasta ese momento habían vivido ella, su esposo y su hija.

Le confirmé que aún queríamos la casa y Ray me dijo que me enviaría el contrato inmediatamente. Busqué a Paula aún desconcertado por la noticia y le dije:

– “Amor: ¿recuerdas que anoche te dije que el yagé me había mostrado que todo estaría bien? Me acaba de llamar el agente de Laura y me dijo que la casa bonita que nos gustó sería para nosotros.

Nos abrazamos y nos quedamos mirando hacia la selva con gratitud. No sabíamos cómo, pero no podía ser coincidencia. De nuevo el yagé nos estaba llevando de la mano a nuestro destino.

Volvimos a Bogotá después de un par de días de recorrer Mocoa junto con Carmen y su familia y encontrarnos con un pueblo lleno de gente amable, alegre y optimista. De no haber sido por las evidencias de la inundación en la ribera del río y las docenas de afiches en los postes y paredes buscando desaparecidos, nunca habríamos adivinado que la peor tragedia de su historia se había cernido sobre esa bella población apenas unas semanas atrás.

Es al parecer la virtud de quienes han descendido al infierno muchas veces, poder elevarse sobre la calamidad, transmutar el dolor en acción y encontrar la fuerza para volver a sonreír. Fue la gente de Mocoa, la casa del yagé, quien me demostró que pase lo que pase, siempre se puede volver a ser feliz.

Con nuestros amigos de Mocoa

Despedida

Nuestros últimos días en Colombia transcurrieron en los lugares que más queremos al lado de quienes amamos. Visitamos la casa de mis abuelos, donde se encuentran muchos de mis mejores recuerdos de infancia y algunas de las personas a quienes más admiro. Luego compartimos en la casa de mis padres den Villeta, con mi querida prima Tania y su familia y luego pasamos una semana en Medellín despidiéndonos de la familia de Paula y sus amigos. Entre esas despedidas, la más difícil fue la de don Ricardo, el abuelo materno de Paula.

Con nuestra familia de Guane

Acababa de cumplir 92 años y su salud se había deteriorado rápidamente en los últimos meses. Cuando llegamos a su casa en Medellín, nos dimos cuenta de que no lo volveríamos a ver. Su pesada respiración acusaba la precariedad de su corazón y su actitud disociada y taciturna revelaba la irreversibilidad de su estado.

La última vez que lo vimos, fue en la unidad de cuidados paliativos de un hospital en el centro de Medellín, a donde tuvo que ser trasladado a los pocos días de nuestra llegada. Ese día, a pesar de que sus ratos de lucides ya eran escasos, me di cuenta de que don Ricardo estaba presente y atento en el momento del adiós.

Después de que Paula se despidió de él rápidamente para evitar que la viera llorando, me quedé a solas con el anciano por un momento y tomé su mano. Le dije que se podía ir tranquilo, que cuidaría a su nieta y a su bisnieta toda mi vida y que también estaría pendiente de su esposa y de su hija para asegurarme de que no les faltaría nada en su ausencia. Don Ricardo asintió con su cabeza y con su mano derecha palmoteó la mía. Entendí el gesto como muestra de su aprobación y lo dejé con gratitud y tristeza.

De regreso nuevamente en Bogotá, asistimos al último día de escuela de Luciana, donde ella participó en un baile típico para el que los niños del jardín infantil al que asistía, venían ensayando durante los últimos meses. Luego hicimos una corta visita a mi hermana Julia en su apartamento de Chía y el 20 de Julio de 2017, día en que se celebra la independencia de Colombia, nos reunimos en un emotivo almuerzo de despedida, con casi todos nuestros familiares y amigos que vivían en Bogotá, más mi familia de Manizales, incluyendo a Tania y su familia, que vivían en Holanda.

Con amigos y familia de Bogotá y Manizales

Dos días más tarde, Bogotá se convirtió en una pequeña maqueta enclavada en las montañas de la cordillera de los Andes, y se desvaneció entre las nubes y las lágrimas de mis ojos. Miré a Paula, quien en cambio no había tratado de esconder su tristeza. Tomé su mano y le prometí que todo estaría bien.

Cerré los ojos y me di cuenta de que seguía estando bajo el cielo lleno de estrellas al lado del fuego escuchando las canciones del taita Grego. Cada vez que volviera a sentir dudas como en ese momento, cerraría los ojos y volvería al lugar donde entendí que debía dejar atrás el miedo a nacer.

Dejando atrás a Colombia
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