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Episodio 18: Los Orígenes de mi Camino – Despertando a la Vida

Última actualización el 2020-10-21

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Espiritualidad y Ciencia
Episodio 18: Los Orígenes de mi Camino - Despertando a la Vida
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Esta semana les cuento un poco sobre mi proyecto de la Enciclopedia del Mundo de los Niños, algo en lo que he venido trabajando los últimos 6 años y que justo ayer completé.

Para celebrar este logro, les comparto un nuevo capítulo de mi camino espiritual. Esta vez, se trata de los primeros recuerdos de mi vida, un poco sobre mi infancia y la forma en que aprendía entender el amor, el dolor y la realidad a través de ese prisma tan particular de la niñez.

Sin más, los invito a visitar El Mundo de los Niños y escuchar el episodio de hoy: Despertando a la Vida.

El Mundo de Los Niños
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El primer recuerdo que tengo ocurrió en el colegio de la presentación “Luna Park” en el cual hice kínder, el único año de educación preescolar que cursé en 1983. Tenía tres años y recuerdo estar observando el contrapeso de una de las canchas de baloncesto del colegio. El cilindro metálico, probablemente relleno de concreto usado para evitar que la estructura se viniera abajo por el peso del tablero, se me antojó de diámetro similar al de los balones de baloncesto que conocía. Por lo tanto, deduje que aquel debía ser el lugar donde se guardaban los balones cuando no se estaban usando. El recuerdo no tiene ninguna importancia salvo el hecho que se mantiene con total claridad en mi mente y que la curiosidad por comprender cómo funcionan las cosa y qué tienen por dentro corresponde al proceso mental que aún hoy en día percibo como “mi forma de pensar”.

Un año más tarde, me encontraba ya cursando primer grado de primaria con cuatro años y mucha más claridad de pensamiento. Recuerdo muy bien varios episodios de mi primer año de escuela pública en la escuela “San Benito”, jugando con amigos, tratando de interiorizar las reglas de ortografía que la profesora nos enseñaba y especialmente, enfrentando los primeros miedos que recuerdo haber sentido. Se trataba de una compañerita al lado de quien me sentaba en clase y que era antipática conmigo. Es probable que su actitud fuera hostil con otros niños también porque alguna vez, después de pelear con otro niño, recibió un cruel castigo: aquel niño tomó un lápiz con la punta extremadamente afilada y le hizo una cortada aparentemente profunda en su cuello desde una oreja hasta la otra.

Recuerdo la sensación de miedo paralizante cuando escuché los gritos de la niña y luego al verla con su ropa ensangrentada y la sangre corriendo por su cuello mientras algunos maestros la auxiliaban. Más adelante tendría que conocer por primera vez mi propia sangre cuando sufrí una herida profunda en un pie mientras me encontraba en jugando en el patio del colegio, sentado en el piso. Un trozo de vidrio, tal vez proveniente de una botella rota, se me había incrustado cerca al tobillo de tal forma que tuve que ser remitido al centro de salud más cercano al colegio para extraer el fragmento y suturar la herida.

Estos eventos, además de las constantes y desmotivantes ‘equis’ de tinta roja con las que la profesora descalificaba mis interminables planas, causaron que mis padres me cambiaran de colegio a uno en el que alguno de ellos trabajara en el momento.

El cambio fue recibido como un bálsamo ya que asistir a clases se estaba convirtiendo en una desagradable penitencia. El problema era que mi descubrimiento de la maldad y el peligro en el mundo no se limitaron a la pasiva observación de los eventos experimentados; por el contrario, mi inquieta mente acostumbrada a probar hipótesis y ensayar explicaciones para todo, se encontraba empeñada en la necesidad de comprender cómo era posible que una persona pudiera hacerle daño a otra de una forma tan cruel. También recuerdo que haber experimentado el dolor físico de una forma tan intensa me hizo pensar en el dolor de otras personas y tener la capacidad de simpatizar con ellos al punto que podía imaginar de forma muy vívida cómo experimentarían su propio dolor.

Esta forma de pensar era tan solo parte de una fascinación general por comprender el mundo, experimentarlo de primera mano dividiéndolo en partes y analizándolo al más pequeño detalle. De la misma forma que me cuestionaba a tan temprana edad sobre la naturaleza de las emociones humanas, también lo hacía sobre el funcionamiento de los electrodomésticos y los fenómenos naturales. Si pudiera resumir en una sola frase mi actitud frente a la vida durante la mayor parte de ella, sería “yo experimento”. El conocimiento me atraía, pero mucho más la experiencia de construirlo con base en mi propia perspectiva: metía los dedos entre la llama de las velas para conocer la naturaleza del fuego, desarmaba mis juguetes y pequeños renacuajos para comprender cómo funcionaban, pero también jugaba con mis propios miedos e instintos para conocer sus límites dentro de mi propia mente.

La curiosidad que desde tan pequeño me caracterizaba era a la vez alentada y coartada por mis padres quienes con seguridad se debatían entre la voluntad de inculcar en mi un espíritu inquisidor, pero también la obediencia necesaria para encajar en la sociedad. Por una parte, me proporcionaban libros sobre dinosaurios, Leonardo DaVinci o Astrofísica y me sugerían interesantes retos para la mente, pero de la misma forma tenían que limitar mis a veces peligrosos experimentos caseros, algunos de los cuales involucraban fuego, electricidad, alturas, objetos cortopunzantes o una combinación de todo lo anterior.

Viví una infancia a todas luces feliz, protegido, tranquilo e intelectualmente estimulado. Gracias a crecer con dos hermanas, también tuve siempre compañía en mis aventuras y aliadas para llevar a cabo mis proyectos, muchos de ellos a escondidas de mis papás. Ellos fueron padres presentes, cariñosos sin la melosería característica de la paternidad del siglo XXI, siempre disponibles y siempre listos para apoyar a sus hijos en todo lo que necesitáramos para crecer saludables y alegres. Sin embargo, debido a la forma en que ellos fueron criados, su visión sobre las emociones siempre fue muy pragmática. Temas como el amor, el miedo, la maldad, el sexo, la experiencia humana, el propósito de la vida o la muerte eran tratados desde la perspectiva de la religión o de su función práctica. Las conversaciones sobre esos temas generalmente se zanjaban acudiendo a la fe en la ayuda de la providencia divina o argumentando que eran temas en los que uno no debía ponerse a pensar sino ocupar la mente en cosas productivas.

La verdad es que en mi caso, al menos durante la infancia, esas respuestas fueron suficientes, no así para mi hermana Julia Gineth quien ya en su preadolescencia tuvo que lidiar con una depresión causada por la angustia que le generaba la idea de la muerte, propia y de sus seres queridos. Yo por otra parte, estaba muy ocupado devorando conocimiento sobre todos los temas que me interesaban y experimentando cada emoción nueva que se despertaba en mi ser.

Dentro del espectro de las emociones humanas había tres en particular que me fascinaban desde entonces: El romance, el miedo y la espiritualidad. Las tres, probablemente entre las emociones más profundas que puede llegar a conocer el ser humano y en mi caso particular, las que definirían mi vida en adelante.

Amor

Tuve la fortuna de crecer con unos padres que sin llegar a ser cursis o sin siquiera usar la frase “te amo” ni entre ellos ni con sus hijos, supieron siempre demostrar el amor de forma tierna y profunda. Entre ellos siempre se llamaron “Amor” y es la forma que yo aprendí a usar para referirme a mi pareja. De la misma forma siempre fue cotidiano ver expresiones espontáneas de cariño de mi padre hacia mi madre, con un beso, un abrazo sorpresa un trozo de poesía y uno que otro piropo.

Con tal ejemplo en casa, era apenas natural que quisiera explorar desde muy temprano la experiencia del amor y la primera mujer hacia quien recuerdo haber tenido ese sentimiento fue una prima hermana a quien veía en promedio una vez por año. Este amor improbable me acompaño desde que tenía, calculo yo, unos seis o siete años hasta ya entrada mi adolescencia. En cierto modo, también sentó las bases de mi forma de entender el amor. Al tratarse de un sentimiento no correspondido que se nutría de tan solo una mirada, un abrazo, una sonrisa, aprendí a reconocer el amor como una emoción individual y no necesariamente de pareja. No había ninguna expectativa en mi amor infantil, salvo esperar con ansias un nuevo encuentro para regar ese amor con unas pocas gotas de agua y mantenerlo con vida. Mi prima era de hecho odiosa o indiferente conmigo en algunas oportunidades, cosa de la cual no la culpo ya que era legendaria mi impertinencia. Pero aun así, yo sabía que entre los dos había una conexión especial, un cariño diferente y generalmente ese sentimiento relucía en el momento de la despedida cuando ella debía regresar a su ciudad de origen luego de las vacaciones. Esos breves instantes de un abrazo con unas palabras de afecto eran suficientes para mantener la llama de ese amor infantil con vida y con fuerza por los siguientes meses.

Tania era para mí lo que Becky Thatcher para el incorregible Tom Sawyer: un amor silencioso y desesperanzado que sin embargo me otorgó muchos de los momentos más felices de mi infancia. También era un amor que se mantenía en el trasfondo cuando la vida me presentaba una nueva oportunidad para experimentar el romance. Fue así como tuve a los ocho años mi primera “novia”, cuando hacía quinto grado de primaria. Sin siquiera un beso de por medio, aquella dulce niña de rizado cabello negro de quien nunca volví a saber nada después de terminar la primaria, también cautivó mi pensamiento y mi corazón por un buen tiempo durante el cual mi prima me aportaba otros tantos suspiros.

Eso mismo sucedió en otras ocasiones, a veces de forma fugaz durante una visita a un balneario o en un paseo de la escuela, era claro que era una persona propensa a enamorarme y lo disfrutaba enormemente. Casi todas las noches dedicaba mis últimos pensamientos antes de dormir a la niña o niñas que en el momento fueran el objeto de mi afecto. Pasaba horas hablando sobre ellas con mis hermanas, sobre todo con Julia Gineth y vivía con total intensidad cada encuentro que la existencia me permitiera con quienes despertaban en mi ese mágico sentimiento.

Con el tiempo aprendí a reconocer, sin embargo, que mi experiencia sobre el amor no se limitaba a mi relación con las mujeres. De una forma muy similar a la facilidad con que me enamoraba de las chicas, me enamoraba también de música, libros, programas de televisión o juegos. Así por ejemplo, puedo recordar con claridad el momento exacto en que escuchaba por primera vez una canción que resonaba con mis fibras más íntimas. “El baile de los que sobran” de Los Prisioneros por allá en 1985, “Yo Que Te Amé” de Ricardo Montaner en 1988, “Please Forgive Me” de Brian Adams en 1993 o “Yesterday” de Los Beatles en 1994.

Algunos de los libros que marcaron mi infancia fueron unos libros animados sobre la vida de Leonardo DaVinci, el espacio y Dinosaurios. Un par de ellos los llegué a memorizar en su totalidad. La enciclopedia El Mundo de Los Niños fue otra obra que se convirtió en un amor para toda la vida ya que llegó a mis manos cuando mis padres hicieron el enorme esfuerzo de adquirirla a cuotas por allá en 1985 y aún hoy en día, más de 30 años después sigue presente en la biblioteca de mi casa para disfrute propio y el de mis hijos.  En todos los casos anteriores, la sensación emocional que me unía a la música o los libros era muy similar a la que experimentaba con las niñas que me gustaban: Pensaba, hablaba y disfrutaba con intensidad los momentos que compartía con ellos.

Creando mundos

En todos los casos anteriores, mi imaginación activa era la herramienta que transformaba simples notas, letras o recuerdos en verdaderos mundos en los cuales me sumergía y exploraba con la misma emoción que lo hacía en las experiencias reales. Lo que recuerdo sobre mi capacidad de imaginar es similar a lo que Bill Watterson dibujaba en su famosa historieta “Calvin y Hobbes”. Cualquier elemento que estimulara mi creatividad me permitía crear una realidad temporal en la cual las situaciones fluían con la misma naturalidad que en el mundo real. De la forma en que lo recuerdo ahora, no era consciente de estar yo mismo creando esas realidades, sino que más bien sentía que me estaba “conectando” con una realidad paralela que yo podía invocar en cualquier momento.

Me acuerdo, por ejemplo, que me gustaba meterme entre el pliegue que mi madre hacía en la parte superior del cobertor de su cama. Allí imaginaba que me había encogido al tamaño de una canica y me encontraba en un bolsillo de la camisa de mi padre. Recuerdo bien que podía sentir físicamente el movimiento de mi papá al levantarse y sentir el vértigo de estar suspendido a una altura muchas veces mayor a mi estatura. Otros lugares favoritos para dejar volar mi imaginación en la casa eran el interior de muebles de alcoba o debajo de enormes pilas de ropa. Hoy en día cuando veo a mi hija Luciana sentada en la parte superior de un armario, supongo que allí es la reina Elsa en su castillo en la montaña.

Durante esos años de infancia, mi rol en los juegos con mis hermanas casi siempre era el de “director” y a veces también “libretista”. Explicaba el concepto de la fantasía, que podía ser el de exploradores en una ciudad perdida, o investigadores enfrentando un desastre natural y les asignaba a mis hermanas el papel que debían jugar e ideas de las líneas que debían decir. Muchas veces los juegos tenían líneas argumentales que continuaban a través de varios días o tal vez meses y que se trasladaban a través de múltiples lugares.

En cualquier caso, mi imaginación estaba siempre creando realidades más emocionantes y divertidas que la del mundo físico. Volviendo a mi experiencia sobre el amor, uno de mis mayores placeres era el de fantasear nuevos encuentros con la niña que tuviera en el corazón. Podía sentir la emoción, las cosquillas en el estómago, el placer de esos momentos. A veces adicionaba a esos recuerdos como música de fondo mi canción favorita del momento o elementos de historias románticas que sustraía de la telenovela mexicana del momento y de esa forma, podía pasar horas inmerso en mis fantasías.

Esta característica de mi mente que con seguridad se podría considerar común en la infancia, sería el lente a través del cual he experimentado la vida. La capacidad de crear realidades vívidas en mi mente se desarrolló a medida que crecía y dejó de limitarse a juegos de infancia y amores de adolescencia para convertirse en fuente de creatividad para desarrollar proyectos personales, escribir historias, crear productos, emprender y cambiar la forma de hacer las cosas a mi alrededor.

Sin embargo, a pesar de que se suele pensar que siempre hay una clara diferenciación entre la realidad y la imaginación, al menos en personas sin trastornos mentales, en la práctica existe un amplio espectro de dimensiones de la experiencia humana en el cual la división entre realidad e imaginación no es clara. La mente no es apenas un filtro de las percepciones que nos entregan nuestros sentidos, sino que construye el andamiaje mismo de la realidad, el cual se forma no solamente con la información que reportan los sentidos, sino también con todo nuestro sistema de creencias, conocimientos y experiencias.

En los próximos capítulos pretendo mostrar mi exploración de esa realidad objetiva y subjetiva dentro de lo que llamo mi “búsqueda espiritual”, vista desde la perspectiva de mi llegada a la cuarta década de edad y mi nueva vida en Canadá. Los caminos que he transitado en esta búsqueda han sido por igual extraños, peligrosos y fascinantes, pero sobre todo, llenos de enseñanzas que como flores, brotaron incluso en los episodios más difíciles. Este es el testimonio de mi recorrido por los caminos de barro y flores de mi búsqueda espiritual.

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