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T2E8: Mi Camino Espiritual – Paula

Última actualización el 2020-10-21

Espiritualidad y Ciencia
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T2E8: Mi Camino Espiritual - Paula
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– “Manu tiene un gran corazón, pero todavía le falta para terminar de sanar esa cadena que trae desde que se rebeló” dijo una de las voces de mujer. Otra añadió: “Ahora sí puede conocer a su compañera espiritual. Espérate que vea a la que tenemos para él” – “¿Monita como a él le gustan?” – “Si, pero esta es bien guerrera, lo estaba esperando, pero así como estaba no se le iba a acercar”

Como era de esperarse, las anteriores palabras, que recordaba de mi liberación con el yagé, hacían parte de los mensajes proféticos que recibí aquel sábado de octubre de 2009, que más emoción me causaban. Los enredos del corazón, habían sido al fin y al cabo una importante motivación para la decisión de buscar la curación del yagé.

En los años anteriores, desde mi llegada de Santa Marta, había estado buscando, sin mucho afán, a decir verdad, una compañera de vida con quien pudiera cumplir mi sueño de formar un hogar no sólo para mi sino también para mi hija Ana María. El problema era al parecer que mis sueños y mis instintos iban por caminos distintos: las mujeres que atraía a mi vida reflejaban mis gustos y anhelos de diversión, pero no así un verdadero interés por construir un proyecto de vida.

Por otra parte, tenía claro que antes de pensar en tener más hijos y tener una relación “seria” como la que admiraba en mis padres, yo quería viajar, divertirme y crecer profesionalmente pero definitivamente no quería seguir haciéndolo en medio de relaciones intrascendentes que antes que nutrir mi vida, usualmente me dejaban con un vacío en el pecho y otro en el bolsillo.

Apenas habían pasado algunos días desde mi experiencia transformadora en el yagé y me estaba adaptando nuevamente a mi rutina de trabajo cuando vi a Paula por primera vez. Estaba tecleando afanosamente en una estación de trabajo en el mismo piso en el que yo laboraba, a unos 100 metros de mi escritorio.  Notarla no fue difícil ya que su edad era claramente mucho menor al promedio de edad de quienes trabajábamos en el departamento, además, era la mujer más hermosa que había visto en aquella empresa.

Su piel de porcelana, ojos verdes, labios pequeños y cabello rubio se quedaron grabados en mi mente desde ese momento y claramente recuerdo haber pensado “¡ojalá que ella sea la mujer que me dijo el yagé que tenía para mí!”. Esto no quería decir que estuviera dispuesto a esperar que la divinidad la trajera a mis brazos. Por otra parte, una cara bonita no siempre es indicativo de un buen corazón, pero era tan linda que pensé que valía la pena tratar de conocerla.

Había tomado la decisión de intentar acercarme a ella y aunque siempre me consideré poco efectivo a la hora de abordar a una mujer, pensé que algo se me ocurriría así que la busqué nuevamente al siguiente día, pero en el escritorio donde la había visto antes había otra persona en su lugar. Me quedé un poco desilusionado y molesto conmigo mismo por no haberme acercado el día que la vi por primera vez, aunque en retrospectiva pienso que no habría estado nada bien, teniendo en cuenta que se trataba de un entorno de trabajo y no un bar.

Pasaron dos días más en los que rondé el lugar donde la había visto y se me había grabado su imagen, pero no la volví a encontrar. Seguramente trabajaba para algún contratista y había estado en misión solamente por unos días. Era evidente que su estilo juvenil y alternativo no encajaba con el formalismo que usaban las mujeres que trabajaban en Telefónica por esos días.

Ya me estaba haciendo a la idea de quedarme sin saber quien era aquella bella joven de mirada seria y cabello levemente tinturado de verde, cuando una tarde la chica irrumpió en la sección de oficinas en la que se encontraba mi escritorio y se dirigió al puesto de trabajo de Claudia, una de las empleadas de mi grupo y con quien yo tenía una buena amistad.

Tener a una persona conocida en común incrementaba ampliamente las posibilidades de poderme acercar a la misteriosa chica así que tan pronto como ella abandonó la oficina, me acerqué a Claudia para preguntarle por nuestra nueva joven compañera.

Sé que no tuve ningún éxito tratando de disimular mi interés porque Claudia inmediatamente sonrió y me preguntó “¿Te gusta Paulita?”. Claudia sabía algunos de los enredos de mi vida sentimental e incluso había conocido a una de mis exnovias con quien aún me veía de vez en cuando. Claudia también sabía que yo estaba tratando de iniciar una relación con una alguien en Medellín pero que los largos viajes por tierra y la distancia me habían desanimado de aquella relación.

– “Paulis sería perfecta para ti, es juiciosa, inteligente, trabajadora y bien linda. ¿Quieres que te la presente?” continuo Claudia ante mi asombro. – “No, ¡a mí me da pena! yo soy más bien tonto para hacer esos contactos en persona. ¿Me puedes conseguir su dirección del Messenger?” intenté, esperando que no se notara mi entusiasmo… demasiado.

Claudia accedió con entusiasmo y pocas horas después, dejó a un lado del teclado de mi computador, una pequeña nota con el correo electrónico de Paula. Aquellos fueron los años previos al WhatsApp y Facebook Messenger, en los que el rey de la mensajería instantánea era Microsoft Live Messenger y sus simpáticos zumbidos y estados musicales.

Para mí, establecer el contacto inicial a través de Messenger servía para reducir la enorme ansiedad que me invadía cada vez que me acercaba por primera vez a una mujer que me atraía. Fue así que Paula y yo cruzamos nuestras primeras líneas, de las cuales surgió una primera invitación a tomar café, cortas visitas a su escritorio en las mañanas y en cuestión de días una invitación a almorzar cerca de nuestro trabajo en su restaurante favorito: Crepes & Waffles.

La Historia de Paula

A medida que iba conociendo más a Paula reafirmaba más mi atracción por su belleza, su profesionalismo en el trabajo y esfuerzo por salir adelante a pesar de las dificultades. Ella también apreciaba mi interés por conocerla como persona y parecía interesarse por los extraños temas de espiritualidad chamánica que había tocado levemente en algunas de nuestras conversaciones.

Aquella primera cita para almorzar, aprovechando un largo break de almuerzo en el trabajo me sirvió para ahondar en su historia personal. Paula nación en Medellín, Antioquia en abril de 1989, con lo cual era algo menos de 10 años menor que yo. A pesar de que sus rasgos físicos eran claramente Antioqueños, me sorprendió saber que Paula hubiera nacido en Medellín pues su acento no tenía la inconfundible impronta del “paisa” que se habla en ese departamento. Ella me explicó que nunca le había gustado ese acento tan marcado y que ni siquiera el de su mamá era el “típico” acento paisa.

Paula había vivido los primeros 18 años de su vida en Medellín, en un barrio popular del norte de la ciudad llamado Pedregal. Curiosamente, era el mismo barrio al que yo había ido unas cuantas veces a visitar a la novia con la que había terminado una corta relación hacía un par de meses. Además de su leve acento paisa, otra cosa atípica para una mujer antioqueña era tener una familia pequeña. Su hogar estaba conformado apenas por sus abuelos, su madre y ella y solamente tenía un tío y un primo. En Antioquia son comunes las familias con muchas tías y tíos y decenas de primos.

Las dificultades económicas de su hogar habían hecho imposible que se pudiera dedicar exclusivamente a adelantar sus estudios superiores en la Universidad de Antioquia y ante las pocas opciones de trabajo para una joven de su edad y sin experiencia, Paula resolvió aceptar la propuesta de su novio de la época para embarcarse en la aventura de trasladarse a Bogotá y vivir una vida de pareja, en una ciudad desconocida y sin la cercanía de sus amados madre, tío y abuelos.

Los dos años que pasaron desde esa decisión hasta el día en que ella y yo nos conocimos no fueron fáciles para Paula. Tuvo que cambiar de vivienda en varias ocasiones y explorar distintos trabajos, incluyendo preparar domicilios en una prestigiosa cadena de tiendas de comestibles, hasta que encontró algo que la apasionaba y para lo que tenía mucho talento: el servicio al cliente en la misma empresa de Telecomunicaciones para la cual yo trabajaba y en la que a la postre terminamos por encontrar nuestros caminos: Telefónica.

Paula trabajó para esta empresa a través de varios contratistas y logró hacerse notar por su disciplina, gran conocimiento de los temas técnicos y especial habilidad para tratar con clientes difíciles, para quienes siempre trataba de encontrar una solución a sus problemas. De hecho, por su sobresaliente desempeño, Paula fue elegida entre cientos de agentes de servicio al cliente para realizar pruebas de usuario a una importante aplicación que la empresa trabajaba para lanzar a producción en los siguientes meses.

Al tiempo que se esforzaba por sobresalir en su trabajo y quizás algún día convertirse en una ingeniera de telecomunicaciones como ya algunos de sus supervisores le auguraban, Paula sabía que tenía que obtener un título profesional y para ello se matriculó en la universidad. Así que con solo 19 años, Paula estudiaba, trabajaba, sostenía un incipiente hogar y apoyaba a su madre en la distancia.

Con todas esas responsabilidades a cuestas, no era de sorprender que su situación económica se encontraba en una situación precaria. Había tenido que suspender sus estudios, había acumulado algunas deudas y desde hacía rato tenía que sacrificar muchas de las diversiones que los jóvenes de su edad, con más privilegios, podían disfrutar. Por otra parte, y tampoco sorpresivamente, su vida sentimental no estaba en su mejor momento. Ya habían pasado las mieles del romance, se habían revelado los verdaderos caracteres y la inexperiencia de ambas partes había causado sus destrozos; algo que yo conocía demasiado bien.

Con todas estas circunstancias en contra, Paula había decidido rendirse de seguir intentando forzar una vida en Bogotá, que a pesar de ser una ciudad que la había cautivado, no le ofrecía la seguridad y calor familiar que la esperaban en Medellín.

No puedo negar que cuando escuché de esta decisión sentí el impulso de tratar de convencerla para que se quedara. A lo mejor yo podía ayudarla de alguna forma, brindarle apoyo para que pudiera independizarse y salir adelante. Finalmente era claro que se trataba de una mujer responsable e inteligente que encontraría la forma de subsistir sin necesidad de tener que soportar una relación tóxica. O bueno, tal vez teniendo una mejor relación… ¡conmigo!

Quizás empecé a decir algo, pero entonces sobrevino en mi una consciencia que no habría tenido dos semanas antes, cuando aún no había tenido mi liberación gracias al yagé: me di cuenta que nuevamente estaba pensando de forma egoísta, en mi propia gratificación por encima de la de los demás. La verdad era que para Paula las cosas serían mucho más fáciles con el apoyo de su familia que sola en una ciudad de ocho millones de habitantes.

Así que me mordí mi lengua y en vez de darle esperanzas basadas en tenerla a mi disposición, traté de escuchar cuáles eran sus sueños, qué la haría feliz. Me di cuenta que su familia era un factor decisivo en su decisión, así como el temor de enfrentar la vida sola por primera vez. Pero a la vez, Paula se encontraba más a gusto viviendo en Bogotá que en Medellín y sobre todo amaba su trabajo en Telefónica.

Entonces me arriesgué a hablarle el yagé. Le conté mi experiencia -sin entrar en detalles que pudieran asustarla demasiado- y le hablé de Mara. Le sugerí que hablara con Mara antes de comprar sus pasajes de regreso a Medellín y que con seguridad ella le ayudaría a sentirse mejor con cualquier decisión que tomara.

Con esa propuesta y la promesa de que lo pensaría, terminó nuestra primera cita. En el camino de regreso no hablamos más sobre sus problemas sino sobre nuestros gustos opuestos o en común. Interpreté un par de gestos y preguntas de Paula como muestra de un leve interés por mí, lo cual me mantuvo motivado, pero lo que me hizo feliz fue sentir que mi cambio en el yagé, aunque reciente, era real, mis prioridades eran diferentes, estaba viendo a una bella mujer como una persona antes que otra cosa y había antepuesto sus intereses a mis antojos. ¡Era un buen comienzo!

Mi primera invitada al yagé

Paula accedió a ir conmigo a casa de Mara al siguiente día, después de terminar nuestra jornada laboral. Estaba un poco nerviosa y creía que no había nada que pudiera cambiar su decisión de partir para Medellín, pero aún así le intrigaba saber qué podría mostrarle la misteriosa planta amazónica de la que ya había escuchado en varias oportunidades.

Mara fue tan dulce y asertiva como lo había sido conmigo, escuchando la historia de Paula y haciendo preguntas importantes. También utilizó sus péndulos de la misma forma en que lo había hecho conmigo y de forma similar, le recomendó tomar yagé lo antes posible. De hacerlo, podría aclarar sus emociones y pensamientos y estar segura que tomaría la mejor decisión para su vida.

Coincidencialmente, ese mismo domingo habría una nueva ceremonia de yagé en La Mesa, tan solo dos semanas después de mi primera toma y Mara estaría allí apoyando a dos pacientes que la habían contratado para acompañarlos durante su viaje. Paula, quien sintió una conexión inmediata con Mara, tal vez por su experiencia compartida de haber partido muy jóvenes y solas a buscar un mejor destino en la gran ciudad, accedió a postergar su decisión hasta después de regresar de la toma de yagé ese fin de semana.

Yo, por otra parte, había hablado ya tanto sobre el yagé con familiares y amigos, que un primo y su esposa se habían interesado en vivir la experiencia y se anotaron para asistir a esa misma ceremonia, con la ventaja adicional que podíamos ir todos en el carro de mi primo e incluso pasar la noche anterior en la población de Cachipay, que queda cerca de la Mesa.

De modo que por segunda vez emprendí un viaje hacia lo desconocido en compañía de otro hombre y dos mujeres. Esta vez, mi acompañante no sería mi hermana sino la bella joven rubia de ojos claros que sin saberlo me había cautivado desde un escritorio de Telefónica. El ambiente era propicio para la amistad y la trivialidad, pero no para el flirteo, por lo que yo aparqué mis intenciones románticas y me limité a ser un buen amigo y guía para una experiencia que podía ser potencialmente traumática.

Esa noche, en la casa campestre de la familia de mi primo pudimos seguir conversando sobre nuestras vidas y pude sentir lo importante que había sido para ella encontrarse con personas que le demostraban cariño y preocupación genuina, algo refrescante en medio de la situación que se encontraba viviendo.

El jardín de Shiva

 Ese domingo, 15 de noviembre de 2009 me encontré nuevamente de pie entre un círculo de personas que acudían a la medicina del yagé, frente al taita Fernando y sus ayudantes, quienes consagraban la ayahuasca con sus cantos y el viento de la wayra.

A mi lado se encontraba Paula quien mantenía sus manos juntas y la cabeza inclinada hacia el piso. Ya me había contado que la espiritualidad no era su fuerte y que en general no creía en dioses ni religiones. Además, detrás de su apariencia delicada y delgada figura, se escondía una rebelde fanática del death metal que no dudaba en exteriorizar su fuerte carácter cuando sentía la menor amenaza. No había visto en su rostro más que un par de sonrisas, pero yo tenía la intuición que después de ese día, florecería sobre esa fachada gris, una gran alegría.

Por ser hombre, pasé a recibir el sagrado brebaje antes que Paula, tal como indicaba la tradición Siona y de acuerdo con las reglas del taita, después de tomar el yagé, debía retirarme de lugar de la ceremonia y buscar mi propio espacio para vivir la experiencia, lejos de los demás participantes, y sobre todo, lejos de las personas con quienes había asistido, para así evitar la distracción mutua que pudiera ocurrir.

Me alejé caminando con mi espalda cubierta con una sábana delgada. Esta era una recomendación que nos había hecho Mara para evitar las picaduras de mosquitos y las quemaduras por el sol, que en esa parte del continente se pueden sufrir durante los 12 meses del año. Me sentía tranquilo a pesar de saber de antemano las aterradoras visiones y sensaciones que podían presentarse, porque sentía que ya había dejado atrás esos demonios que me habían causado tan traumática experiencia.

Lo que siguió siendo igual de difícil para mí, fue tratar de soportar las ganas de vomitar demasiado rápido y mantener el yagé en mi organismo al menos los 20 minutos que Mara me había aconsejado. Al igual que la vez anterior, deambulé caminando lentamente por la parte norte de la finca respirando profundamente hasta que logré controlar las náuseas. Entonces me senté en posición de flor de loto y comencé a meditar.

A diferencia de mis incipientes intentos previos de meditación, en esta oportunidad mi mente se prestó totalmente para ello. Cerré mis ojos y me limité a sentir el cálido viento en mi piel, los aromas frutales y de inciensos y los sonidos de las aves que revoloteaban sobre mi cabeza. No me fue difícil en absoluto mantener la mente en blanco y poco a poco me sumergí en un estado silencio y quietud en el que los sonidos y otras sensaciones se combinaron en un solo murmuro que giraba alrededor de mi cuerpo como si se tratara de un campo de fuerza.

De repente sentí como si algo me empujara hacia atrás y mi espalda y cabeza se dirigieron hacia el piso al tiempo que mis piernas se estiraron suavemente. Pero este movimiento fue lento y sin ningún esfuerzo por mi parte, como si un espaldar invisible se estuviera reclinando detrás de mi espalda. Abrí mis ojos mientras descendía y para mi estupefacción, a mi alrededor comenzaron a brotar bellas flores amarillas. Luego aparecieron cuatro jardines con flores de otros colores, pero más que todo púrpura, en cuatro puntos equidistantes a mi alrededor.

Mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas al observar toda esta belleza, cuando vi que de los cuatro jardines surgieron cuatro columnas de mármol que se elevaron algunos metros hacia el cielo llevando consigo verdes enredaderas. Después, unos cuantos metros frente a mi, apareció la imagen de un dios hindú de 4 brazos, sentado en posición de flor de loto, tal como yo me encontraba poco antes. Algunos días después, buscando imágenes del olimpo hindú, descubrí que se trataba de Shiva, señor de la transformación del Universo.

Con esta visión sentí una voz interna que me pidió que cerrara mis ojos. Así lo hice y para mi sorpresa, los cuatro jardines seguían estando allí, pero todo lo demás desapareció. Ahora parecía un jardín interno en alguna especie de recámara, o más exactamente, de esfera ya que el piso había desaparecido también y yo me encontraba acostado sobre una camilla de piedra que flotaba en medio de un orbe de tono oscuro.

Empecé a escuchar otras voces detrás de mi y poco después un grupo de seres invisibles, quizás los mismos que había escuchado dos semanas antes, empezaron a efectuar algún tipo de sanación o masaje energético en mi cuerpo. Sentía como si muchas manos invisibles estuvieran moviendo, limpiando o reacomodando toda la superficie de mi piel y también mis órganos internos.

Pregunté qué me estaba pasando y las voces me respondieron que me estaban preparando para mi viaje, que disfrutara el momento. Así lo hice y puedo decir que aún lo recuerdo como una de las experiencias más sobrecogedoras y placenteras de mi vida. En otras tomas posteriores pude sentir parte de esta experiencia. De hecho, me di cuenta, que cuando iba a tener una limpieza más fuerte con el yagé, los misteriosos seres invisibles aparecían para proporcionarme esa preparación mística.

Algunas veces la preparación solamente duraba un par de minutos y otras veces probablemente un par de decenas. Algunas veces pude percibir otras cámaras de preparación de diferentes tipos, siempre esféricas y con una mesa flotante en el centro, pero nunca más he vuelto a encontrarme en aquel bello jardín de Shiva que conocí la primera vez que tomé yagé con Paula. En retrospectiva, creo que esta es la razón por la cual nunca corto las flores amarillas de diente de león que brotan en mi jardín cada primavera.

Una nueva batalla

No obstante la hermosa experiencia que acababa de tener, el yagé no me había llevado solamente a fascinarme con su magia. El templo de Shiva se fue disolviendo y pronto me encontré en la oscuridad. Esta vez no hubo demonios ni voces tétricas pero mi mente empezó a viajar con mucha lucidez a momentos de mi vida que no recordaba de forma consciente, especialmente en mi niñez.

Me hallé nuevamente en el cuerpo de un niño de 3 años llorando de rabia por haber sido castigado y pensando las peores cosas de mí mismo, luego viajé a momentos agradables de juego con mis hermanas en la finca de mis abuelos, pero con aún más claridad recorrí rincones de casas y habitaciones que ni siquiera recuerdo haber conocido en mi vida. Sitios llenos de dolor y tristeza, cuartos miserables donde estaba con hermanos y hermanas que no conozco temiendo la llegada de un padre cruel y maltratador.

Me encontré ya como adulto con un grupo de personas realizando rituales oscuros, quizás de magia negra en los cuales yo era una especie de receptáculo para ser poseído por un tenebroso demonio al que estaban invocando.

Todas estas extrañas escenas que sentía como parte de mi propia vida empezaron a generar en mi una auténtica desesperación. Abrí mis ojos tratando de recuperar la cordura que sentía que se me estaba yendo, pero las imágenes me perseguían y cada vez que me dejaba llevar por el yagé, viajaba a un nuevo episodio retorcido de sufrimiento humano.

Busqué ayuda a mi alrededor, pero no la encontré así que hice acopio de valor y traté de retomar el control respirando profundamente. Mis piernas temblaban espasmódicamente y mis tripas se empezaban a apretujar. A lo lejos escuché varias personas vomitar y pedir ayuda, alguien lloraba y alcanzaba a escuchar las voces de Mara, Fernando y sus ayudantes emitir cánticos o tratar de tranquilizar a los yagenautas.

Las escenas macabras fueron dando lugar a figuras grotescas de demonios, cruces al revés, y estrellas de cinco puntas invertidas. Entonces escuché claramente a Paula vomitar con mucha violencia. No sé cómo supe que era ella, pero estaba seguro y luego pude confirmar que así era porque Mara estaba con ella y la estaba ayudando a pasar por ese angustioso trance de la mejor forma posible.

Por mi parte, me sentía desesperado, abandonado de Dios y nuevamente con miedo de morir. Entonces sentí ganas de gritar de nuevo pidiendo ayuda, pero no quería que Mara dejara sola a Paula así que pedí ayuda internamente –“Dios mío, ayúdame, no quiero esto, ¡no quiero más sufrimiento!”

Al cabo de un rato, una voz dentro de mí me dijo –“No estás sólo estoy contigo, pero tienes que ser fuerte y soltar las cadenas que cargas”. Empecé a buscar dentro de mi y poco a poco fui encontrando esas cadenas. Me di cuenta que albergaba un fuerte resentimiento por mi padre, no reciente sino de infancia, por su actitud recia conmigo y su forma a veces dura de reprenderme. Pensé en otras cosas como mi facilidad para mentir, a manipular a las personas y otras “oportunidades de mejora”.

En este caso, al igual que la vez anterior, solo cuando identifiqué el mal que me estaba causando sufrimiento, algo se abrió en mi vientre y un chorro de vómito marrón se proyectó de mi boca. Luego vino otro y otro y mientras vomitaba, sólo podía pensar en Paula y en esa voz que me había hablado. Sabía que mi tarea principal estaría con mis mentiras y con mi padre, pero quería que Paula estuviera bien, que sacara de su pecho toda esa tristeza que había sentido en ella desde que la conocí.

Unidad

Vomité hasta que se formó un nudo en mi estómago y ya no pude sacar nada más y entonces caí inconsciente sobre un costado. Mi mente volvió al silencio y no sé cuánto tiempo pasé en profundo descanso cuando sucedió: sentí toda la fuerza del sol sobre mi rostro y la caricia de las yerbas en mi piel. Abrí los ojos y sobre mí, en el cielo azul se dibujaba una cuadrícula de líneas púrpuras y magenta que conectaban todo en la Tierra. Escuché los cantos de los pájaros y sentí que podía entender lo que decían.

Toqué las yerbas a mi alrededor con las puntas de mis dedos y sentí que estaba acariciando mis propios cabellos. Empecé a reír con lágrimas en los ojos porque había recordado: no era yo, nunca he sido yo, soy la Tierra misma, la selva, el cielo y el mar. He estado eternamente jugando a crear y destruir Universos, mundos y humanidades. Me pregunté a mí mismo por Paula y yo mismo me respondí: – “Tu esposa está bien, tu hijo está bien”. Entonces dije “¿Tu hijo? ¿Eres tú quien me ha hablado, hijo?” – “Sí”, respondió la misma vez que me había dicho poco antes que no estaba solo. – “Soy el fruto de tu amor con Paula. Pronto estaré con ustedes.”

Entonces abrí mis ojos apenas comprendiendo todo lo que acababa de pasar. Había sido sin duda la experiencia mística más sagrada que había tenido hasta ese momento y lo que me acababa de revelar era algo demasiado importante. Pero entonces mi mente humana ya estaba reconectándose así que pensé que no habría manera de que yo le confiara semejante profecía a una mujer que apenas me había conocido hacía dos semanas. Seguro pensaría que estaba loco.

En medio de mis cavilaciones apareció la silueta de Mara de pie a mi lado preguntándome –“¿Cómo estás Manu?” –“Bien Marita, esto estuvo muy fuerte”. No me dio tiempo para preguntarle por Paula cuando me dijo: -“Tu novia está bien, eso sí vomitó hasta el primer tetero, pero tiene muchas ganas de verte.”

Mara me ayudó a poner de pie y me llevó a una hamaca amarilla que estaba guindada entre dos árboles de mango. – “Espérala aquí, ya te la traigo.” Mi mente empezó a funcionar a mil revoluciones cuando vi a Paula sonriendo que se acercaba a mi caminando lentamente con la ayuda de Mara. Le hice espacio en la hamaca para que sentara a mi lado y nos abrazamos con fuerza.

Paula me agradeció por haberla llevado y me contó que había sido una experiencia muy dura para ella, especialmente la parte del vómito. Sintió que se estaba muriendo y vio cosas horribles. Me contó que entendió que tenía que dejar de escuchar la música densa que solía escuchar todas las noches antes de dormir y que había visto cosas muy lindas también.

En ese momento pensé si sería posible que ella hubiera visto las cosas que yo vi sobre nuestro futuro, en todo caso no sería nada relacionado con tener un hijo conmigo. Ambos tanteamos el terreno para saber si podíamos revelar nuestros secretos con tranquilidad así que cuando surgió de mi corazón la miré a sus bellos ojos verdes y le dije “Yo vi que tú y yo somos pareja espiritual, que vamos a ser esposos y… vivir muchas cosas bonitas juntos.” Ella me tomó de las manos y me dijo –“Yo también vi todas esas cosas, y otras todavía más locas…” –“Yo también vi algo más grande todavía…” le dije y cuál no sería mi sorpresa cuando me respondió –“¿Entonces también viste a nuestro angelito?” –“Así es” y nos besamos como dos almas que se reencuentran después de un largo viaje.

Hoy, casi 11 años después de ese maravilloso día, aún me transporto de vez en cuando a esa hamaca para revivir el momento más místico, romántico y mágico de mi vida, que cada 15 de noviembre recordamos y celebramos como nuestro día D.

Había un pequeño detalle que aún debíamos resolver: Paula todavía vivía con su novio, o bueno, ahora exnovio y no tenía nada en Bogotá, más que un amor que acababa de nacer y una familia espiritual que la acababa de adoptar. Pensé para mi –“Bueno, pues si ya Dios nos metió en estas, nos tiene que echar la mano.” Yo vivía con mis padres desde que regresé de Santa Marta tres años atrás y no tenía la intención de enviar a mi futura esposa y madre de mis hijos a vivir sola en un hotel, así que hice un nuevo salto al vacío: tomé mi teléfono y llamé a mi mamá quien al oír mi voz se sintió aliviada, pues sabía lo dura que había sido mi experiencia anterior.

Cuando me preguntó cómo me había ido sólo le dije: – “Pues mami, resulta que Paula es mi pareja espiritual, tenemos un futuro brillante juntos y hasta pudimos ver al hijo que vamos a tener juntos, así que quiero pedir tu apoyo para que Paula viva con nosotros mientras encontramos un lugar para ella.” Mi mamá guardó silencio por unos pocos segundos y luego me dijo con convicción: – “Hijo, si eso es lo que tú deseas, sabes que tienes mi apoyo”.

A veces, sólo a veces, el Universo parece alinearse y juntar todas las piezas para que un momento sea perfecto y quede inscrito en la eternidad.

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