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T3E7: ¿Por qué les pasan cosas malas a gente buena?

Espiritualidad y Ciencia
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T3E7: ¿Por qué les pasan cosas malas a gente buena?
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Yo creo que uno de los temas más difíciles de abordar en la espiritualidad es el de la justicia en todos los niveles: social, político, espiritual y hasta ecológico. Es difícil porque definir la justicia es ya de por sí muy complicado, pero también porque nos cuestiona dos aspectos muy sensibles para nuestra experiencia humana: por una parte el concepto que tenemos sobre nosotros mismos: “soy una persona justa” y por otra parte nuestra expectativa frente a lo que merecemos por parte de los demás, el gobierno, Dios o la naturaleza: “si soy justo, merezco justicia.”

Desde que somos pequeños, sobre todo quienes crecimos en familias religiosas, recibimos una doctrina sobre la justicia que va más o menos así: “Hay alguien o algo que está observándote todo el tiempo y se da cuenta si obras bien o mal. Si eres buena o bueno, recibirás cosas buenas de la vida pero si eres mala o malo, entonces ese ser superior te castigará”. También nos enseñan que podemos negociar con ese ser Superior y pedirle su misericordia, para que a pesar de nuestras faltas, nos proteja de la maldad.

Recuerdo que cuando era niño, como lo narré en el Episodio 18: Despertando a la Vida, llegué a tener una experiencia muy vívida de esa protección divina. En realidad sentía que había seres invisibles cuidándome y alejando los peligros de mi camino. Yo oraba con frecuencia en mi mente, sintiendo que dialogaba con Dios y que él me respondía poniendo las respuestas que le pedía, que surgían como una especie de intuición que florecía en mi mente.

También rezaba bastante y cada vez que lo hacía, sentía que me cubría con un manto invisible de protección que me duraba un tiempo hasta que volvía a sentirme desprotegido por cualquier motivo y entonces renovaba mi capa invisible con otra oración. La que más me gustaba para este fin era la oración al arcángel san Miguel:

“…Defiéndenos en la pelea, sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio…”

Pero cuando llegué a los 13 años, las cosas cambiaron. Lo primero que ocurrió fue que mi abuela materna, Ana María Rosa tuvo que ser hospitalizada porque sufrió un derrame cerebral del que no logró recuperarse. El accidente cerebrovascular la dejó paralizada y quedó completamente dependiente de ayuda externa para todo: para comer, para moverse, para hacer sus necesidades fisiológicas, etc. Además de eso no pudo volver a hablar, pero sé que su mente estuvo intacta hasta que la empezaron a mantener sedada todo el tiempo.

Sé que era consciente de todo por su mirada y porque reaccionaba con ruidos y pequeños movimientos a las preguntas que le hacíamos o a las cosas que le contábamos. Lo cual quiere decir que ella tuvo que sufrir la agonía de sentirse prisionera en su propio cuerpo, incapaz de expresar sus pensamientos o sus necesidades y sin la posibilidad de regresar a su amada casa en el campo para despedirse de sus maticas y lo que sé que más le dolía, sin poder volver a ver a Arnulfo y a Deiber, sus dos nietos pequeños con quienes vivía en mi amada vereda de Guane en Fómeque, Cundinamarca.

Mi abuela Ana María Rosa Martínez

Si hubo una persona buena, piadosa y justa, esa fue mi abuela Ana María Rosa, en honor a quien bauticé a Ana María, mi hija mayor. Creo que hasta cuando sufrió su trombosis, mi abuela rezó el Santo Rosario todas las noches y cumplió con la tarea de cuidar a su esposo, sus nietos, su casa y sus flores. Seguramente habrá tenido algún episodio ocasional de rabia injustificada o habrá dicho alguna mentirita para librarse del ocasional compromiso tedioso, pero estoy seguro de que nunca en su vida hizo daño a nadie y por el contrario, hizo tanto como pudo por ayudar y servir a su familia, sus vecinos y hasta a los soldados y guerrilleros que pasaban por su finca, cuando la vereda se convirtió en escenario de una guerra que ella no entendía pero por la cual una vez la vi con lágrimas en sus ojos.

“Pobres muchachos”, decía mientras escuchaba el tableteo de las ametralladoras y las explosiones de las granadas en la montaña.

Entonces, ¿por qué mi abuela tuvo que pasar por un calvario tan tormentoso en el final de sus días? ¿No merecía haber vivido una vida más larga y morir apaciblemente en su cama rodeada de sus seres queridos, como de hecho murió mi abuelo 13 años después? ¿Y eso dónde me dejaba a mí, que a mi corta edad ya tenía la certeza de no acercarme siquiera al grado de bondad de mi abuelita?

La enfermedad yla muerte de mi abuela materna fue como un despertar a la realidad. De repente me encontré en un mundo en el que le pueden pasar cosas malas a personas buenas. De eso no había ninguna duda. Para colmo de males, ese mismo año, mientas caminaba por mi barrio en el sur de Bogotá, fui víctima por primera vez de un asalto a mano armada. Un muchacho apenas mayor que yo me puso un cuchillo enorme en el pecho y me pidió que me quitara la gorra de beisbol que llevaba puesta y que mi papá me había regalado de cumpleaños.

Con esa nueva consciencia empecé a estar más pendiente de las noticias en las que cada vez se hablaba más de las atrocidades que los narcotraficantes y las guerrillas cometían contra la población civil. ¿Como iba a lidiar entonces con la nueva realidad en la que no había oraciones mágicas ni códigos de conducta que nos pudieran salvar de la desgracia? Pues no iba a hacerlo, sencillamente me negué a creer que fuera posible que la vida castigara a personas buenas y dejara sin castigo a los injustos.

Creo que es lo que la mayoría de las personas religiosas hacen, la fe es creer sin ver y tener confianza en que Dios es bueno, que todo lo puede y que nada pasa sin su consentimiento. La conclusión lógica por consiguiente es que o bien la persona que sufre una calamidad no era buena, o que lo que le sucedió no es, a final de cuentas, una calamidad. Da igual que se trate de cáncer, un accidente, perder el trabajo o sufrir el engaño en el amor, sea lo que sea es para bien.

Es probable que pienses que ahora voy a decir que esto no es lo que la ciencia ha descubierto, o que la verdadera espiritualidad no debe basarse en autoengaño, pero no es así, bueno, al menos no es del todo así. Yo creo que el sufrimiento puede ser para bien, pero hoy quiero compartir contigo el camino que recorrí tratando de entender el sentido del sufrimiento y su relación con la justicia en el camino espiritual.

La ley de la balanza

He contado en otros episodios de mi historia personal que desde pequeño me han acompañado muchos miedos y de una forma muy intensa, por eso, una de las cosas que más me atrajeron del esoterismo y del ocultismo fue precisamente el de las protecciones mágicas. Además, el esoterismo ofrece una visión alternativa, aunque al final muy similar, al que la religión nos da con respecto a la justicia.

Probablemente habrás escuchado sobre las leyes del karma, el poder de la balanza, los archivos akashicos, los acuerdos cósmicos, la ley de la atracción, ley de la correspondencia o las aseguranzas, como la que expliqué en el episodio T3E3 – La Aseguranza. Todos estos son conceptos que giran alrededor de la justicia cósmica, o la visión de que hay algún tipo de ley universal que juzga a los seres humanos de acuerdo con sus acciones u omisiones, algo muy similar al concepto del Dios-juez que casi todas las religiones observan, excepto que el esoterismo las despoja de la participación de un Dios-persona.

Entonces, ¿cuál vendría siendo la visión de Espiritualidad y Ciencia sobre el sentido del sufrimiento y la justicia en la vida? Quiero llegar a esa respuesta pero primero te voy a contar cuál es el problema que veo con las teorías esotéricas:

Recordemos que la palabra esoterismo proviene del griego y quiere decir “estudio del interior”[1]. Eso quiere decir que cualquier sistema de creencias que le otorgue mayor importancia a las causas internas, se puede considerar un credo esotérico. Desde este punto de vista, el budismo, y en menor medida el hinduismo, pueden considerarse esotéricos porque le otorgan un gran poder al individuo sobre su propia realización espiritual. En cambio, la religión tiende a darle más importancia a los comportamientos exteriores como participar en cultos, hacer ciertas obras por los demás o buscar la salvación en un ser superior externo.

Pues bien, empecemos con el concepto del Karma [2] que textualmente traduce “obra”. Es la base de la cosmogonía hinduista que se basa en el concepto de causa y efecto. Tanto el hinduismo como el budismo consideran que las acciones que realizamos, incluyendo los actos, palabras y pensamientos tienen una consecuencia que depende de la calidad de la acción, es decir si fue una obra buena o mala y que puede manifestarse durante la vida actual o en una futura existencia a través de alguna forma de sufrimiento, que puede ser una enfermedad, dolor o muerte prematura.

Por consiguiente, las faltas que hayamos cometido en una vida anterior podrían tener repercusión durante nuestra existencia actual, si es que no llegamos a expiar esas culpas durante la existencia en la que las cometimos la falta. El problema que surge entonces es que al perder la memoria de nuestras existencias anteriores, no tendríamos ninguna forma de conocer esas acciones dañinas que hicimos en esas vidas y por lo tanto de evitar el sufrimiento que nos espera como consecuencia.

La rueda del Samsara, que representa el ciclo de muerte y renacimiento

El budismo ofrece la alternativa de lograr la iluminación para escapar de plano de la rueda del samsara, o el ciclo de muertes y renacimientos, pero teniendo en cuenta lo difícil que ha probado ser alcanzar el estado del buda, han surgido otras teorías que buscan compensar esa dificultad de la ley del Karma. Es allí donde aparece otra creencia esotérica popular: la de los registros akáshicos. Esta creencia que proviene de la teosofía, que es una doctrina esotérica fundada por Helena Petrona Blavatsky[3] y adoptada por diferentes cultos gnósticos, a grandes rasgos explica que hay un registro o libro en el que están anotadas absolutamente todas las experiencias que nuestra alma ha experimentado y experimentará durante su ciclo de reencarnaciones humanas.

La teoría indica que con la información de los registros akáshicos, podríamos saber qué culpas debemos expiar durante nuestra vida para evitar el castigo del sufrimiento.

Todo pasa por una razón

Cuando me involucré con las comunidades indígenas en Colombia me di cuenta de que la espiritualidad ancestralista o neo-chamanismo latinoamericano adoptó en gran medida el concepto del karma y los registros akáshicos, aunque llamándolas de formas distintas y vinculando el trabajo de develar esas historias de vidas pasadas con el uso de plantas sagradas como el yagé o el tabaco. Sin embargo, hay una parte que sí proviene de las tradiciones indígenas, y que de hecho es la razón por la cual se conoce como “Ancestralidad”: Nuestra experiencia de vida depende en gran medida de los aciertos y faltas de nuestros ancestros, particularmente mamá y papá, pero también nuestros abuelos, bisabuelos, etcétera.

En el fondo, todas estas creencias, incluyendo la idea del pecado original que nos narra la Biblia, giran alrededor de la necesidad de establecer la culpa prenatal, es decir, la maldad o corrupción que heredamos, bien sea de Adan y Eva, de nuestras vidas anteriores o de nuestros ancestros, para justificar de forma retrospectiva los infortunios que tengamos que experimentar durante nuestra existencia, ya sea por en forma de juicio divino, ley de la balanza o ley de causa y efecto.

Pero ¿por qué necesitamos en primer lugar, causas anteriores a nuestro nacimiento para entender la calamidad en la vida? Porque de otro modo, no podríamos aceptar la injusticia de una enfermedad agónica en un inocente niño que apenas empieza a vivir, o que personas buenas y justas tengan que vivir toda su vida en la pobreza y la marginación. La teoría es que “algo debió haber hecho esa alma en una encarnación anterior, que está pagando con dolor en esta vida.”

Una variación frecuente de esta idea es que el inocente está pagando con su sufrimiento por las culpas de sus ancestros, sus familiares o incluso de toda la humanidad; una idea reforzada por el drama de Cristo muriendo en la cruz por el perdón de los pecados de toda la humanidad. El punto central es que el sufrimiento debe tener un propósito y lo que se ha aceptado más generalmente es que dicho propósito es el perdón. Es lo que podríamos llamar la teología del sufrimiento: admiramos al cristo clavado en su cruz porque confiamos en que su sufrimiento fue suficiente para librarnos a nosotros del castigo que seguramente mereceríamos de no ser por el sacrificio del Mesías.

Sobre este tema hay libros y estudios completos que buscan encontrar una respuesta lógica y satisfactoria a la pregunta de por qué Dios permite el sufrimiento en el mundo y específicamente, por qué permite las desgracias que no con poca frecuencia, se ciernen sobre inocentes. Ya sea castigo, expiación, lección o prueba, la Biblia está llena de historias que confirman nuestro interés desde hace miles de años por entender el por qué de la injusticia.

Lo cierto es que sin importar las creencias que tengas, tu concepto de justicia o tu idea de por qué les pasan cosas malas a personas buenas, con seguridad habrás conocido más de una persona que ha tenido que soportar un inmenso dolor, sin haber hecho nada para buscárselo. El problema que yo vi durante mis años de ancestralidad y esoterismo es que con mucha frecuencia escuché que esos eran ejemplos de personas que en vidas anteriores habían sido injustas o incluso malvadas y que ahora estaban pagando esa culpa. ¿Le sirve de algo a la persona que pasa está viviendo una tragedia pensar que está pagando por algo que supuestamente hizo antes de nacer? Yo creo que no. Pero le sirve a los demás para sostener la idea de la existencia de la justicia divina.

Entonces la pregunta sería si existe la justicia divina. Mi respuesta personal es que sí existe, pero no funciona como la mayoría de la gente cree o quisiera: como la justicia humana – pero perfecta – en la que un ser infinitamente justo le da a cada uno lo que merece con base en sus actos pasados. Esta justicia divina que es en la que se basan las teorías del karma o las cargas ancestrales es la que rechaza Kate Bowler en su best seller “No todo pasa por una razón”, un libro al que me referí en el episodio de El Lado Oscuro de la Espiritualidad.

En el libro, la autora cuenta cómo cuando fue diagnosticada con cáncer de colon, algunas personas bienintencionadas le sugirieron que seguramente estaba pagando por alguna culpa del pasado, otras personas le dijeron que su enfermedad podría tener origen en emociones reprimidas que no había sabido canalizar, en fin, diciéndole en cierto modo que su enfermedad era su propia culpa. Esto es en cierta medida lo que sucede cuando en las noticias aparecen historias sobre menores de edad asesinados o masacres en zonas de extrema pobreza. He visto que muchas personas inmediatamente comentan “algo habrán hecho para ganarse esa matada”, incluso si solamente es “meterse con las personas equivocadas” o “exponerse de forma innecesaria en el lugar equivocado en el momento equivocado.”

Siempre es culpa de la víctima, ya sea por sus errores de una vida pasada, por no manejar sus emociones de forma correcta, porque necesitaba aprender una lección o por cometer alguna imprudencia. No soportamos la idea de que la desgracia pueda suceder sin ningún motivo porque nos aterra que la implicación es que a pesar de que seamos buenos, responsables, amables y justos, aun así, la desgracia podría visitarnos también a nosotros.

Es posible que estés pensando que no estás de acuerdo conmigo, que la justicia divina sí existe y cada quien tarde o temprano recibe lo que se merece. Te pido que sigas conmigo porque más adelante voy a compartir contigo una visión de la justicia divina que no tiene que ser retrospectiva ni basada en la culpa.

Podemos protegernos de la calamidad?

Lo otro que encontré en mi camino con la ancestralidad y el esoterismo es la cantidad de protecciones espirituales, desde elementos físicos como collares, medallones, talismanes, símbolos esotéricos, manillas, hasta conjuros, mantras y otras verbalizaciones que tienen como objetivo obtener algún tipo de inmunidad ante peligros físicos o espirituales.

Durante mis años en el chamanismo con los Muiscas aprendí por ejemplo que si cerraba mi puño derecho, atrapando el dedo pulgar debajo de los otros dedos, podía hacerme invisible ante enemigos y amenazas. Me habitué a “trazar círculos de fuego” a mi alrededor para protegerme y a mi familia, y memoricé un conjuro para dibujar el pentagrama que según Samael Aun Weor, brinda protección en contra de ataques energéticos, brujería y demonios: “Klīḿ Kṛṣṇāya Govindāya Gopījana Vallabhāya Svāhā”. En retrospectiva, se puede concluir que estas invocaciones no eran más que otros tipos de oraciones y rezos similares a los que usaba en mi etapa en el catolicismo.

Amuletos y protecciones chamánicas

Pero ¿funcionan las oraciones, conjuros y rezos? La respuesta que he encontrado desde la espiritualidad y la ciencia sería: Depende. Depende de las expectativas que tengamos. Si la expectativa es que la oración nos dé seguridad y nos permita sentirnos protegidos, confiados y poder avanzar por la vida con menos temores entonces innegablemente sí funciona. Si la expectativa es que la oración efectivamente nos proteja y nos permita seguir con nuestra vida sin la posibilidad de tener que atravesar por el sufrimiento o la calamidad, entonces, lamentablemente No, no funciona.

En cuanto al primer escenario, la mejor analogía sobre el poder de la oración y los conjuros la encontré nuevamente en una película. En este caso, la excelente comedia de Bollywood de 2009 “3 Idiotas”. En ella, el protagonista “Rancho” les cuenta a sus amigos que hubo una vez una aldea en la que sus habitantes, para protegerse de los asaltantes que con frecuencia saqueaban pueblos enteros, instalaron en la plaza principal una torre con una garita de observación en lo alto. Desde allí, un vigilante pasaba en vela todas las noches y gritaba cada cierto tiempo ““¡Todo está bien!, “¡Todo está bien!”, así que los habitantes podían dormir tranquilos sabiendo que no había ningún peligro al asecho.

3 Idiotas, una hermosa película ¡recomendada por Espiritualidad y Ciencia!

Sucedió que un buen día, la aldea fue asaltada apenas unos minutos después del cotidiano “¡Todo está bien!”. Al día siguiente, los aldeanos despojados de sus pertenencias de valor fueron a reclamarle al celador ¡y se dieron cuenta que este era ciego! Confundidos por el descubrimiento se propusieron llegar al fondo del asunto y castigar a quien hubiera puesto en el cargo al pobre desgraciado.

Entonces alguien de entre los lugareños dijo:

“¿Qué diferencia habría hecho? No tenemos armas ni guerreros. Todo lo que necesitábamos era alguien que nos dijera de vez en cuando que todo estaba bien.”

Bueno, ese es el poder de la oración, sea cual sea tu credo y tus costumbres, siempre será útil aferrarnos a algo que nos de la tranquilidad suficiente para avanzar y no quedarnos paralizados por el miedo. Los futbolistas tienen medias de la suerte, los soldados y asesinos por igual usan imágenes religiosas de protección y muchos himnos nacionales mencionan a Dios en alguna parte. ¿La ciencia nos dice que debemos de dejar de creer en las oraciones porque realmente no protegen de ningún peligro? No, al contrario, reconoce el poder que tiene para cambiar nuestro estado mental, reducir el estrés, la ansiedad, incluso el dolor, y permitirnos funcionar en medio de los peligros que por puro azar pueden terminar atravesándose en nuestro camino.

En todos mis años de camino con indígenas, chamanes, esoteristas y brujos, nunca conocí a nadie que no haya pasado por alguna que otra tribulación, una enfermedad, la pérdida de algún familiar, dificultades económicas, asaltos, rupturas amorosas y todo lo demás que le pasa también a religiosos y ateos. Claro, yo podría decir que gracias a los conjuros, invocaciones y ceremonias que hice durante esos años, no tuve que sufrir ninguna calamidad, pero entonces, también tendría que decir que en los últimos 4 años en los que el número de ceremonias que he realizado ha sido sustancialmente menor, pues afortunadamente tampoco he tenido que pasar por ninguna desgracia, así que creo que la experiencia anecdótica, tal como lo establece la ciencia, no debe ser usada para determinar relación causa y efecto.

Lo que si me atrevo a conjeturar es que creer demasiado en los poderes sobrenaturales como garantía de bienestar puede ser muy contraproducente. Durante la pandemia del Covid-19 vimos como en todos los países grupos de creyentes fervientes estuvieron entre los más afectados por la pandemia y entre quienes propagaron el coronavirus con más personas, causando potencialmente muchas de las muertes subsecuentes. Uno de los casos famosos fue el de una mujer surcoreana de 61 años que aún sabiendo que era portadora del Covid-19, viajó por todo el país participando en servicios religiosos con los que según el rastreo viral, estuvo en contacto con más de 1,100 personas. No se sabe exactamente a cuantas personas infectó pero lo cierto es que después de los viajes de la señora, el conteo de enfermos subió de menos de 50 a más de 2,000[4].

Otro ejemplo que leí recientemente en el New York Times es el de las comunidades judías ultraortodoxas de Israel, que por su cultura y apego al Talmud, no han hecho caso de respetar las medidas de distancia social y uso de tapabocas y por ello han tenido el índice más alto de mortalidad entre todos los demás grupos sociales en su país,

También conocí de cerca el caso de un abuelo muisca, amigo y maestro que estaba convencido de haber encontrado la medicina perfecta, basándose en la homeopatía pero adicionando magnetismo y conjuros. El abuelo, de quien hablaré en un próximo episodio con más detalle, creyó que podía curarse de su diabetes de esta manera y no solo no lo logró sino que perdió un pie y quedo prácticamente ciego al no usar el tratamiento indicado para el control de su glucosa.

La justicia divina en el naturalismo poético

Entonces ahora sí, llegamos al meollo del asunto: ¿se puede hablar de justicia divina si optamos por una espiritualidad basada en la ciencia? Yo creo que sí, pero como lo dije antes, no una justicia divina retrospectiva en la que un ser superior juzga nuestro pasado y nos da lo que merecemos, sino una justicia divina hacia el futuro, en la que la divinidad interna de cada uno de nosotros como individuos espirituales, e incluso colectivamente como humanidad, decidimos el destino de nuestra vida con base en los méritos de nuestro corazón en el presente.

La realidad es que nuestro Universo se basa en leyes físicas en las que el azar juega un papel importante y basta con estar en el momento y el lugar equivocados para ser víctimas del infortunio. Cada paso que damos todos los días, cada decisión que tomamos, cada bocado de comida que ingerimos es un acto de fe en que tenemos la suficiente información y cuidado para que ese paso, esa decisión o ese bocado sean de provecho y no nos causen ningún daño, ni ahora ni en el futuro.

Cada vez que le damos la espalda a un desconocido en el transporte público confiamos en que no nos va a atacar aprovechando nuestra indefensión. Pero lo cierto es que en un mundo con más de 7,500 millones de personas, en algún lugar, en algún momento, alguien va a ser atacado por un desconocido sin ninguna provocación, alguien va a morir por una reacción alérgica severa por un alimento desconocido o alguien va a caerse y golpear fatalmente su cabeza por dar un paso errado. De la misma forma que alguien va a encontrar una joya valiosa entre el pasto de su jardín o muchos van a ganar la lotería después de haber comprado un billete por primera vez en sus vidas.

Es inevitable, el azar es tanto nuestro aliado como nuestro enemigo y por más protecciones espirituales que carguemos o precauciones que tomemos siempre va a haber posibilidad de tener que pasar por una experiencia dolorosa. Lo que la espiritualidad nos dice es que en primer lugar, tenemos que decirnos cada cierto tiempo que todo está bien. Si, existen muchos riesgos en todas partes y todo el tiempo, pero no tiene sentido paralizarnos por ellos. Vivir es arriesgarse desde el primer momento: el feto no sabe que hay más allá de la placenta que lo nutrió durante su corta vida y sin embargo lucha por nacer. Siente que se ahoga al pasar por el canal vaginal y sin embargo hace el recorrido hasta que ve la luz.

La infancia es una exploración constante de riesgos, recompensas y castigos. Aprendemos a reconocer nuestras limitaciones a base de caernos, estrellarnos, equivocarnos y a veces enfermarnos. Pero si has visto a un niño llorar por una caída, habrás notado que su llanto solo dura unos pocos minutos y pronto vuelven a intentar lo que estaban haciendo, esta vez con más cuidado.

Luego vienen los años de la adolescencia en los que muchos parecimos creer que éramos invencibles y eternos. Ni siquiera las historias de tragedias que otros jóvenes pasaran por mezclar licor e imprudencia nos detuvo para hacer cosas que ahora nos causan entre risa y orgullo pero que no seríamos capaces de intentar ya siendo mayores.

Entonces la espiritualidad es saber que sólo podemos hacer nuestra parte y el resto le corresponde al Universo. La consciencia, la observación de momento en momento y la prudencia nos ayudan a evitar los riesgos innecesarios y disminuir considerablemente la probabilidad de tener que enfrentar la desgracia. Saber reconocer la verdad nos evita engañarnos creyendo que somos inmunes al dolor, entonces surge la humildad para reconocer nuestras limitaciones y debilidades y tratar de encontrar estrategias para superarlas responsablemente.

Puedes usar oraciones, conjuros o frases de poder que te reafirmen en tu capacidad para elegir tu camino y reconocer los peligros oportunamente y puedes hacer ceremonias para fortalecer tu espíritu y empoderarte cuando estás a punto de tomar una decisión importante. En un próximo episodio voy a enseñarte cómo hacer un ritual y por qué funciona.

Crimen y Castigo

Pero si a pesar de todo esto, la fatalidad llega, entonces es cuando opera la justicia divina del naturalismo poético, o podemos llamarla entonces la justicia natural: Si la adversidad llega como consecuencia a nuestras propias acciones, entonces tenemos que hacer el duelo de nuestra propia culpa, perdonarnos con amor y asumir la responsabilidad de construir un mejor futuro en el que tendremos la sabiduría que nos otorga esa experiencia desagradable.

La justicia de la consciencia es un tema que Fodor Dostoievski explora en gran detalle en su obra “Crimen y Castigo” en el que el protagonista, que no es una mala persona en general, es acosado por su propia conciencia por un crimen que cometió y se muestra cómo, más allá de que la justicia humana al parecer no tenía ninguna forma de probar su crimen, el sufrimiento que le causaba el haber tomado una mala decisión y con ella causar la desgracia de gente inocente, fue suficiente para decidir él mismo entregarse a las autoridades y terminar pagando una condena para expiar su culpa.

Representación de la escena del crimen en «Crimen y Castigo» de Fodor Dostoievsky

Los que hemos tenido en algún momento de nuestras vidas la desdicha de sostener una mentira y tener que calcular nuestras palabras todo momento, cubrir rastros y esconder la verdad, sabemos el calvario y la soledad en que se convierte la vida. Algo parecido les sucede a los corruptos y a los violentos. Muchas veces tienen que llenar su vida con lujos y placeres materiales, para tratar de compensar el vacío que sienten en sus vidas.

Sin embargo, esto, a pesar de ser muy común, no es una ley en absoluto. Con seguridad ha habido muchas personas injustas, hasta criminales y corruptos, que murieron de viejos sin ver nunca un castigo por sus acciones, por el contrario, muchos son recordados como héroes o santos y seguramente terminaron sus vidas creyendo que hicieron lo correcto, incluso que todo lo que hicieron fue por un bien mayor. Un caso típico en esta categoría podría ser la de soldados que sirvieron en ejércitos genocidas u opresores y que fueron recibidos luego como héroes, después de haber torturado, matado y violado. Muchos de ellos nunca llegaron a sentir una pizca de remordimiento porque aprendieron a ver a sus víctimas como animales o seres sin ningún valor.

Justicia Divina

Pero este tipo de cosas no tendría por qué desencajar a una persona espiritual porque sabemos que la inconsciencia existe y que por cada persona de ese nivel de maldad hay muchos mas que tratan de ser buenos y no hacerle daño a nadie. También sabemos que nuestra tarea no es juzgar a otros sino trabajar sobre nosotros mismos, siendo cada vez más conscientes, responsables y amorosos.

Y finalmente, entonces ¿qué pasa con la desgracia que sucede por pura mala suerte? cuando el sufrimiento llega sin haber sido causado por nuestra propia inconsciencia sino simplemente por estar en el momento equivocado en el lugar equivocado? Entonces hay tres cosas que podemos hacer: La primera es aceptar que la desdicha es parte de la vida y que al igual que la fortuna, es simplemente una experiencia que tarde o temprano va a pasar. Anicha dice el budismo: todo es impermanente, todo pasa.  

Lo segundo que podemos hacer es convertir esa desdicha en una oportunidad para tomar las riendas de nuestro destino. Sin importar lo difícil que sea una situación, incluso si termina por llevarnos a la muerte, puede ser una oportunidad para lograr algo bello, algo memorable. Muchos pacientes que han atravesado el cáncer, como Kate Bowler, la autora de “No todo pasa por una razón”, han encontrado en su enfermedad una experiencia transformadora que les ha servido no solo para lograr una vida más plena y fructífera sino para ayudar a otros a descubrir que hay que vivir intensamente, amar más y compartir más, a pesar de las dificultades.

En el caso de mi abuela Ana María Rosa, quizás ella no tuvo la oportunidad de transformar su padecimiento en algo positivo, pero el resto de la familia sí. A partir de su muerte y por mucho tiempo, la familia se empezó a reunir todos los años en honor a ella y lograr que su fallecimiento se convirtiera en una oportunidad para unirnos más alrededor de su recuerdo y sus enseñanzas.

Si quieres ver una película desgarradora pero hermosa que a pesar de ser totalmente religiosa creo que explica muy bien el proceso de duelo, aceptación, transformación y florecimiento de alguien que está atravesando una desgracia, te recomiendo “La Cabaña” de 2017 con Octavia Spencer y Sam Worthington.

«La Cabaña» Otra película super recomendada por Espiritualida y Ciencia

La tercera cosa que el naturalismo poético podría decir sobre el sufrimiento es algo que a mi me sirvió para superar una crisis existencial que pasé poco después de que nació mi hija Luciana. Tener cada vez más motivos para ser feliz me llenó de miedo. En ese momento la sola idea de que algo le pudiera suceder a alguna de mis hijas o a mi esposa me llenó de ansiedad. Fue en ese momento que me hice totalmente consciente de lo que dije antes sobre el azar: en cualquier momento la vida nos puede quitar lo que nos hace felices. Esto fue algo muy difícil de aceptar, sobre todo cuando uno entiende que no hay ninguna protección mágica que nos pueda garantizar que eso no sucederá.

Entonces, después de darle muchas vueltas al problema, entendí que lo único que podía devolverme la tranquilidad no era engañarme pensando que nada malo me sucedería, sino tener la seguridad de que no importa lo duro que sea lo que la vida nos ponga, tenemos el poder de volver a ser felices. Déjame repetirte esto: No importa lo difícil que sea lo que tengas que vivir, porque seguro vas a tener que vivir cosas difíciles, pero sin importar lo duro que sea, el sol siempre va a salir nuevamente y vas a poder volver a sonreír.

Esta lección me la enseño un desplazado por la violencia a quien conocí en el campamento por la paz en 2016. Los paramilitares entraron a su finca una tarde y por no haber accedido a vender su tierra por la miseria que algún gamonal le había ofrecido, asesinaron a tiros a sus hijos y su esposa delante de él. No me puedo imaginar un sufrimiento más hondo y sin embargo, allí estaba ese hombre con una bandera blanca y una sonrisa, exigiendo la firma del acuerdo de paz entre la guerrilla de las FARC y el gobierno para que nadie más tuviera que vivir lo que él sufrió. Nunca voy a olvidar su bonita energía y su compromiso con la paz.

Esto no es una creencia esotérica ni religiosa. Es algo que nadie puede negar y que por el contrario se puede comprobar por encima del margen de error: En tu mente y tu corazón tienes la capacidad de reconstruir tu vida, dejar atrás el pasado y construir un futuro de felicidad. A ese poder es a lo que yo llamo tu divinidad interior y esa capacidad de lograr lo que mereces por tus propios méritos y porque tú lo decides es a lo que yo llamo justicia divina.


[1] Esoterismo – Wikipedia, la enciclopedia libre

[2] Karma – Wikipedia, la enciclopedia libre

[3] Teosofía – Wikipedia, la enciclopedia libre

[4] South Korea’s Patient 31, Punjab Priest, Bhilwara Doc, Tablighi Jamaat: Infamous Covid-19 Super-Spreaders (msn.com)

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