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T3E5: ¿Donald Trump libraba una guerra contra el mal?

Última actualización el 2021-02-04

Espiritualidad y Ciencia
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T3E5: ¿Donald Trump libraba una guerra contra el mal?
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El 6 de enero de 2021 el mundo presenció el asalto del capitolio de los Estados Unidos y el asesinato de un policía que protegía el edificio, a manos de manifestantes que en su mayoría pertenecían a grupos de ultraderecha y blancos supremacistas, mientras el presidente Donald Trump los alentaba, primero desde un púlpito y luego a través de su cuenta en Twitter para “Salvar América, mostrando fuerza”.

Ese fue el día en que los Estados Unidos estuvieron más cerca de un golpe de estado desde la guerra civil del siglo XIX. Pero sabías que detrás de esos hechos no hubo sólo diferencias ideológicas o políticas sino el desenlace de una larga estrategia de manipulación digital, teorías de conspiración y noticias faltas. Hoy te voy a contar cómo surgió el movimiento que eligió y sostuvo durante cuatro años al presidente más impopular de la historia de los Estados Unidos y cómo una teoría de conspiración estuvo a punto de poner en jaque a la democracia más antigua del mundo.

El primer miércoles de este año, el mundo observaba con atención los acontecimientos que se desarrollaban en Washington. Ese día, un evento usualmente protocolario en el que los miembros del colegio electoral, elegidos mediante el voto popular de las elecciones de noviembre, se reúne en la sede del congreso para emitir sus votos, que son los que definen legalmente quienes asumirán el cargo de presidente y vicepresidente durante los siguientes cuatro años.

El sistema electoral de los Estados Unidos no es fácil de entender, se basa en unas votaciones primarias en las que se eligen a los candidatos de cada partido, luego viene la campaña y las votaciones presidenciales en las que los ciudadanos van a las urnas (o a las máquinas de votación) y depositan su voto por los candidatos de su preferencia. Hasta ahí, todo normal. Pero resulta que en los Estados Unidos, los votos de los ciudadanos no eligen directamente al presidente, sino a los miembros del colegio electoral formado por 538 miembros, que entre otras se llama colegio porque está formado por ‘colegas’.

Estos electores son nombrados por los dirigentes del partido ganador en las votaciones populares y su responsabilidad es la de emitir uno de esos 538 votos para elegir al presidente y vicepresidente. Ahora, los Estados Unidos están formados por 50 estados, pero como no todos los estados tienen la misma cantidad de habitantes, cada estado tiene un numero diferente de electores. Así pues, California tiene 55 y Texas 38 pero Wyoming y Delaware solamente 3.

Lo que estaba por suceder el 6 de enero era que un representante de cada uno de los 50 estados que forman la Unión iba a reportar la cantidad de votos de su Estado por uno u otro candidato, en este caso, el presidente en ejercicio Donald Trump y el candidato proyectado como ganador Joseph Biden. Como dije antes, este evento es usualmente protocolario ya que de antemano se conoce la cantidad de votos que cada candidato obtendrá.

Sin embargo, en este caso, había sucedido algo bastante inusual: El presidente Donald Trump llevaba meses, incluso desde antes de las votaciones de noviembre, diciendo que tenía información de fraude electoral. Decía que los Demócratas iban a robar las elecciones y que si Biden ganaba, sería la prueba de dicho fraude. Llegaron las elecciones de noviembre y tal como pronosticaban las encuestas, Biden se impuso por siete millones de votos populares, aunque su victoria en término de votos electorales fue mucho más apretada.

A partir de allí, Trump incrementó su retórica del fraude electoral y se dedicó a interponer demandas en los cinco estados los que Biden ganó con el menor margen. En total, fueron 60 las demandas que interpuso, con alegatos desde malas condiciones para los observadores electorales hasta fraude masivo manipulando las máquinas de votación y votos depositados por fallecidos e inmigrantes ilegales[1]. En todos estos casos, excepto en un pequeño caso interpuesto en Pensilvania, en el que la corte reconoció que un pequeño número de votantes no presentaron una identificación válida. En todos los demás casos, las demandas fueron desestimadas por no aportar pruebas, más allá de testimonios cuestionables e inconsistentes[2].

59 derrotas judiciales en cinco estados, provenientes de jueces que en muchos casos tenían afinidad con el partido del presidente Trump, no sirvieron para impedir que el presidente incrementara las acusaciones de fraude y las teorías de conspiraciones liberales en alianza con el comunismo y hasta satanistas para robar las elecciones.

Por el contrario, no quedándole recursos legales para su batalla, Trump se dedicó a inflamar con su discurso a la enorme cantidad de grupos de extrema derecha que resonaban con su retórica racista, misógina y conspiranóica. Su objetivo: Que los congresistas republicanos que se reunirían el 6 de enero a certificar la victoria de Biden, estuvieran tan intimidados con la ira de los seguidores de Trump, que se vieran obligados a torcer las normas electorales, la justicia y la democracia y desconocieran los votos demócratas de los cinco estados en disputa.

En ese punto la situación era tan inusual y enrarecida, que un grupo de congresistas del partido de Trump se lanzaron a la aventura de seguirle la cuerda a su jefe político y retar, usando un recurso legal habilitado para casos en que las elecciones sufran traumatismos severos, los votos por Biden de aquellos estados. La empresa tenía su derrota casi asegurada ya que la mayoría de los senadores republicanos habían anunciado ya que no apoyarían esos reparos a las elecciones. Sin embargo, este grupo de senadores inescrupulosos, tal vez motivados por quedar bien con el jefe y más importante aún, con los 63 millones de americanos que votaron por Trump, y que en su mayoría creían en la supuesta estafa electoral, procedieron a ponerle la zancadilla al conteo de votos electorales.

Yo me encontraba en Medellín, siguiendo por Internet el proceso que se estaba llevando a cabo en el capitolio de los Estados Unidos. A eso de la 1:00PM, el senador republicano Ted Cruz, hijo de un cubano[3], tenía la palabra y estaba alentando a los miles de manifestantes que pocas horas antes se habían reunido al frente de la casa blanca para atender a la convocatoria que el propio presidente Trump les había hecho para “Salvar América” diciéndoles que “ustedes nunca recuperarán nuestro país con debilidad. Tienen que mostrar fuerza, y tienen que ser fuertes[4].”

Y fue precisamente durante el polémico discurso de Cruz, lleno de falacias y oportunismo, cuando los agentes de seguridad del recinto anunciaron que los manifestantes habían roto las puertas del Capitolio y que a esa hora se dirigían al lugar donde los senadores y el vicepresidente se encontraban debatiendo.

El resto de los eventos de ese día probablemente pasarán a la historia como un momento que dividió en dos la historia política de Estados Unidos. Personajes que parecían sacados de una fiesta de disfraces sentados en los escritorios de los senadores, el tipo disfrazado de Jamiroquai con la cara pintada haciendo arengas, pero lo más lamentable: Las imágenes de una manifestante abaleada y un policía siento asesinado por la turba. El saldo final fueron cinco muertos, contando a dos manifestantes que murieron de paro cardíaco y un policía más que se suicidó a los pocos días del evento.

Miedo, conspiración y manipulación

Las imágenes surreales de cientos de personas entrando a la fuerza en lo que se creía que sería uno de los edificios con mayor seguridad del mundo despertaban la sorpresa y mofa del mundo entero. Pero la pregunta que más se repetía era ¿cómo es que se había llegado a ese punto?, ¿por qué tanta ira y tanto odio por parte de personas que aparentemente se benefician de vivir en un país con alta calidad de vida y abundancia?

Bueno, hay razones estructurales que explican la inconformidad de la clase media en contra del establecimiento, siendo los Estados Unidos un país con una increíble desigualdad económica y social. Sin embargo, eso por sí solo no explica la lealtad y hasta fanatismo que despierta Donald Trump, un multimillonario inescrupuloso y polémico que nunca ha sido (ni lo fue durante su presidencia) propenso a las causas sociales ni a luchar por la igualdad.

También se dice que Trump, al no pertenecer al establecimiento tradicional, es decir, las familias y clanes tradicionales en el poder, era visto y admirado como un disruptor, alguien que pone en jaque al establecimiento y que podía devolver el poder a la cada vez menos influyente mayoría de blancos maduros de clase media que sienten que desde hace mucho (probablemente desde George W Bush) que nadie los representa en Washington.

Esto último creo que es uno de los factores más importantes, ya que lo que Donald Trump claramente defendió durante su cuatrienio fue la predominancia de la raza blanca en el poder, los cargos ejecutivos y la estructura social. Aparte de eso, decir que Trump fue un disruptor, que puso en jaque a la élite americana, es por lo menos una exageración. El magnate ciertamente incomodó a muchos en el poder, pero no por su defensa del pueblo ni las causas sociales sino por su irrespeto por las normas y los protocolos, su falta de consistencia en sus políticas y en general por su impredecibilidad. En cierto modo, Trump en el poder fue como el Guasón de Christopher Nolan, alguien sin un plan, que solamente quiere ver al mundo arder.

Pero entonces, después de cuatro años de vaivén económico, uno de los peores manejos de la pandemia en el mundo, escándalos y muy pocos resultados positivos para mostrar, ¿cómo es que 63 millones de personas estuvieron dispuestos a sostener a Trump por cuatro años más en el poder? La respuesta, como ha sucedido en cada vez más procesos electorales en el mundo es una sola palabra: Miedo.

En las elecciones americanas de 2016, las votaciones del Brexit en el Reino Unido y el plebiscito de refrendación de los acuerdos de paz del gobierno Colombiano con las FARC en ese mismo año y las votaciones presidenciales de Brasil en 2018 hubo tres comunes denominadores: Miedo, teorías de conspiración y manipulación digital. En todos los casos, excepto el Brexit, miedo al socialismo del siglo XXI, materializado por el fracaso del Chavismo en Venezuela. En el Reino Unido, el miedo era a la avalancha de inmigrantes que supuestamente llegaría proveniente de medio oriente, si no cerraban sus fronteras, pero en lo que todas estas victorias de la derecha extrema coincidieron fue en que utilizaron las redes sociales para propagar noticias falsas y teorías de conspiración para asustar a la población.

De los fake news a las leyendas urbanas

Pero las elecciones estadounidenses de 2020 tuvieron un ingrediente adicional, que no se vio en las campañas de noticias falsas de 2016: Esta vez, las mentiras que circulaban no eran solamente de comunistas infiltrados para convertir a Estados Unidos en Venezuela o de miles de violadores y asesinos latinoamericanos entrado a Estados Unidos por una frontera abierta con México. Esta vez, las historias que se propagaban a través de Facebook, WhatsApp y otras redes sociales eran mucho más siniestras.

Todo empezó antes de la campaña de 2016 en la que aprovechando el atractivo de Trump como un outsider, es decir, alguien ajeno al establecimiento, los expertos en “márquetin digital” de la campaña republicana, pensaron que había que vender a su candidato como el tipo que podía “limpiar el pantano”, una expresión con la que pretendían mostrar a los políticos demócratas como monstruos elitistas y desconectados de la realidad.

Fue así como durante esas elecciones, la campaña de Trump aprovechó la imprudencia de Hillary Clinton utilizando un servidor de correo particular para sus comunicaciones como Secretaria de Estado, para mostrarla como una persona corrupta, mentirosa, “torcida”, decía Trump en sus mítines. Sin embargo, esto no fue todo lo que hizo la campaña. Los estrategas de Trump sabían que a pesar de ser vistos como políticos tradicionales, no había nada en la hoja de vida de Hillary Clinton, su esposo, el expresidente Bill Clinton (excepto el gastado ya tema de su infidelidad con Monica Lewinski) o el candidato a la vicepresidencia Tim Kaine que pudiera ser explotado para volcar a los votantes indecisos a favor de Trump.

Trump en cambio había tenido numerosos escándalos, aun frescos en la memoria del público: Acusaciones por acoso sexual y hasta violaciones entre 1970 y 2005, bancarrotas de sus empresas incluyendo su aerolínea y una universidad con su nombre y el audio que se había filtrado durante la campaña en la que Trump cándidamente le decía a su interlocutor que “él ni siquiera esperaba, que besaba a cualquier mujer que quisiera besar y que si quería las agarraba por la cuca”. No había manera que el público norteamericano, especialmente las mujeres y los millones de fieles de las iglesias conservadoras, vieran a una persona narcisista, misógina y corrupta como Donald Trump como un mejor presidente que Hillary Clinton, a menos que…

A menos que vieran a Hillary como alguien mucho peor, más vil y peligrosa, y de paso que Donald Trump fuera visto como el único capaz de proteger al país de una amenaza siniestra, a pesar de su desagradable personalidad. Fue entonces que los estrategas se dedicaron a amplificar, difundir y repetir antiguas teorías de conspiración que de tanto en tanto aparecen, en las que se habla de una estructura de poder en la sombra, que maneja los hilos de políticos, celebridades y otras personas influyentes, con una agenda secreta, que usualmente consiste en quitar el libre albedrío a las personas, esclavizar a la humanidad, entregar el poder del mundo a Satanás, destruir las Iglesias, o una combinación de lo anterior.

Yo conocí muchas de estas teorías recién comencé mi camino espiritual. Muchas de las personas que conocí en medio de ese despertar de consciencia, hablaban sobre sectas secretas, razas alienígenas y logias formadas por élites del establecimiento que luchaban por dominar el mundo. Los Illuminati, el Grupo Bilderberg y Skulls an Bones eran algunos de los nombres de esos grupos y aprendí mucho sobre esas teorías principalmente a través de un libro escrito por el reportero deportivo y escritor Inglés David Icke.

Se trataba de su libro más famoso llamado “El Mayor Secreto”. En él, Icke describe como el mundo está dominado por una raza de reptiles humanoides que pueden tomar forma humana, que se alimentan de carne humana, incluyendo la de pequeños niños y que mantienen una compleja jerarquía de reptiles, mestizos reptil-humano y humanos leales a su causa, que son justamente los miembros de esos cultos secretos que mencioné anteriormente.

As su vez, los humanos que supuestamente reciben poder de los reptilianos, tienen que participar en toda suerte de rituales oscuros, en los que sacrifican bebés, se beben su sangre y tienen orgías entre ellos y con niños esclavizados sexualmente.

Todavía recuerdo la impresión que me causaba cada capítulo de ese libro que siempre era más macabro que el anterior. Nunca creí totalmente en esas teorías pero pensaba que algo de verdad debían tener y me parecía probable que los millonarios y poderosos del mundo fueran en su mayoría satanistas dispuestos a cualquier cosa para mantener su control sobre el mundo.

Pues bien, precisamente partes de estas teorías, que desde luego no fueron inventadas sino recopiladas y aumentadas por David Icke, las que los miembros de la campaña de Trump en 2016 empezaron a circular para sembrar el miedo en contra de una posible presidencia de Hillary Clinton.

El Factor QAnon

No se sabe si esta estrategia de acusar a la élite del partido demócrata como satanistas pedófilos y corruptos estuvo siempre coordinada por el equipo de Trump, o si las teorías de conspiración alzaron vuelo por su propia cuenta, pero lo cierto es que en octubre de 2017, un usuario anónimo hizo una serie de publicaciones en el foro de Internet 4chan, en los que se identificaba como un miembro del gobierno con el nivel más alto de acceso a información privilegiada, conocida supuestamente como “Autorización Q”. Esos posts a grandes rasgos anunciaban que Hillary Clinton junto con otro número de políticos y funcionarios del Gobierno relacionados con redes de pedofilia y satanismo serían arrestados y ejecutados. Las publicaciones estaban firmadas simplemente por Q[5]. De ahí surgió el nombre QAnon por Q-Anónimo, para referirse a ese movimiento conspirativo liderado por el misterioso Q, de quien nunca se ha llegado a saber si era una sola persona o un grupo. Se cree que con el tiempo, muchos individuos interesados en apoyar a Trump o simplemente en crear contenidos virales, han utilizado el seudónimo QAnon para aumentar el misterio y difusión de conspiraciones con agendas generalmente de ideología de ultraderecha.

La primera vez que escuché sobre esta teoría fue en 2018. Un amigo curandero, sabedor de medicina ancestral y taita de yagé, me dijo que estaba recibiendo información de buena fuente que indicaba que Donald Trump es un “sombrero blanco”; término que no conocía hasta ese momento pero que luego supe que se refería algo así como un agente secreto al servicio del bien, de la luz. Según mi amigo, a Trump lo atacaban en los medios porque estaba tratando de librar a Estados Unidos y el resto del mundo de las garras de la oscuridad. Luego me dijo que me iba a compartir el contacto en Whatsapp de un amigo de él que pertenecía a uno de los grupos en los que se difundía esa información secreta.

Por pura curiosidad agregué al personaje a mis contactos y lo saludé, presentándome como yagesero y amigo del taita. En cuestión de minutos tenía mi celular lleno de presentaciones de PowerPoint, documentos en PDF e imágenes con una cantidad de información sobre el supuesto plan de Trump en contra del “Estado Profundo”, nombre que los seguidores de esa teoría de conspiración le daban al supuesto grupo de pedófilos satanistas detrás del poder en los Estados Unidos.

Algunas de las profecías que recuerdo que me contó aquel contacto fue que en septiembre de ese año Trump iba a regresar el dólar a su dependencia del oro y que en las semanas siguientes veríamos en las noticias una serie de arrestos de alto nivel, que probablemente incluirían a la propia Hillary Clinton y el senador demócrata Bernie Sanders. Tengan en cuenta que la inminente captura de Hillary era algo que venía rondando en las redes de conspiraciones desde antes de la posesión de Trump en Enero de 2017.

Un par de días después bloqueé a mi nuevo amigo conspiranóico pero no fue la última vez que estuve en contacto con las redes de QAnon. El año pasado, recién iniciaba la pandemia mundial, me contactó una amiga colombiana que se había mudado a los Estados Unidos un par de años atrás. Me contó que debido a la pandemia y que aún no legalizaban su estatus en ese país, ella y su familia habían tenido que mudarse a otra ciudad con muy poco dinero en el bolsillo y apenas unas cuantas pertenencias.

En Detroit, su nueva ciudad, tuvieron la suerte de ser acogidos por una Iglesia Cristiana que les ofreció asistencia económica y los miembros de la comunidad rápidamente les ayudaron a poner un techo sobre sus cabezas e incluso entre todos dotaron el nuevo hogar con lo necesario para subsistir. Hasta ahí todo maravilloso. El problema fue que al poco tiempo, el esposo de mi amiga había sido adoctrinado por sus nuevos amigos cristianos en apoyar a toda costa al presidente Trump. La razón era que se estaba librando una guerra entre la luz y las tinieblas y ellos eran el apoyo espiritual y social de su mujeriego y narcisista salvador.

Cuando mi amiga me contó esta historia, me dijo que todas las profecías que estaban llegando a su hogar la habían sumergido en un estado de ansiedad que ya no le estaba permitiendo disfrutar de su nuevo hogar y ni siquiera de su nueva bebé. La posibilidad de que una secta de pedófilos y satanistas se apoderara del país no la dejaba tranquila y no sabía qué hacer para ayudar, ya que ellos, por su estatus no podían votar.

Traté de tranquilizar a mi amiga y con argumentos, desvirtuar las teorías más descabelladas que me contaba pero no sé si una sola voz haya podido contrarrestar todo el entramado de desinformación en el que ella y su familia estaban envueltos.

Podría pensarse que semejantes historias solo podrían ser creídas por personas sin mucha educación y/o con un alto nivel de fanatismo religioso, y en cierto modo así es. Sin embargo, las teorías de conspiración, no todas adjudicables a Q, daban para todos los públicos y perfiles de credulidad. En medio de la campaña electoral del 2020, un amigo mío americano, graduado en finanzas en la Universidad de Georgetown y gerente de una compañía de consultoría me compartió varias noticias falsas provenientes de portales conocidos por propagar teorías de conspiración y fake news. Algunas de estas noticias contenían burdos montajes fotográficos y hablaban de planes para desmontar el Estado de Derecho o entregar el manejo monetario de los Estados Unidos al “Sionismo Internacional”, una forma despectiva de referirse al supuesto plan de dominación mundial por parte de la religión judía. Este plan es parte de las teorías de conspiración antisemitas que ya existían antes de la llegada de Hitler al poder y que causaron las monstruosas consecuencias que todos conocemos.

Estos ejemplos son solo de unos cuantos de los millones de personas en Estados Unidos y todo el mundo que creyeron y aún creen que Donald Trump, a pesar de no ser una buena persona, ni un buen empresario y como quedó claro, tampoco un buen mandatario, puede ser una especie de salvador mundial, para algunos equiparable a una persona santa. El grado de disonancia cognitiva que se requiere para reconciliar la evidencia con esa teoría sólo se puede explicar mediante procesos mentales relacionados con la religiosidad y la superstición.

El plan B

No existe evidencia de que Donal Trump en persona haya sido el creador o que haya autorizado la propagación de las teorías de conspiración que lo muestran como un redentor. Pero lo que es evidente es que desde el principio de su campaña electoral, Trump empezó a utilizar frases como la de “Estado Profundo” y “Pantano de Washington” que sus seguidores rápidamente podían asociar a las teorías de QAnon.

En más de una oportunidad el propio Trump compartió en Twitter mensajes provenientes de cuentas de Twitter y Facebook asociadas con QAnon y cada vez le preguntaban qué pensaba de QAnon y los grupos seguidores de sus teorías, decía que los amaba y que eran verdaderos patriotas.

Con ese respaldo explícito o implícito, los millones de seguidores de Donald Trump, en particular aquellos afiliados a iglesias evangélicas, hombres y mujeres de todas las razas, de clase media sin mucha educación y hombres con ideología supremacista blanca e ideas de ultraderecha, sintieron validadas sus creencias. A pesar de que las profecías de arrestos masivos de políticos demócratas y publicación de evidencias de la pedofilia en la élite, una a una se incumplían o al menos se postergaban, los seguidores de Trump seguían acumulando miedos ante un posible gobierno demócrata que según decían los latinos en la Florida, convertiría a Estados Unidos en otra Venezuela (¿Nos suena familiar a los colombianos?).

La campaña de miedo y desinformación en las redes sociales llegó a su punto máximo en los días finales antes de las votaciones de noviembre y las historias sobre rituales satánicos de los demócratas, agenda homosexualizadora de Biden o cosas peores, sonaban cada vez más traídas de los cabellos. Sin embargo, las encuestas mostraban que Trump al parecer había tocado su techo de popularidad, después de estar a punto de terminar su mandato sin cumplir la mayor parte de sus promesas de campaña y la totalidad de las profecías de QAnon.

La mayor parte de la población estadounidense sabía que su país no resistiría otros cuatro años de desgobierno con Trump en el despacho Oval así que a pesar de no estar particularmente entusiasmados por el candidato Joe Biden, cerraron filas a su alrededor y se dispusieron a desalojar al inquilino de la casa blanca en las votaciones del 3 de noviembre.

Fue entonces cuando la campaña de Trump, anticipando su inminente derrota en las urnas, se empeñaron de lleno a cultivar una nueva teoría de conspiración: que el sistema electoral del país estaba comprometido y que los demócratas tenían listo el mayor fraude electoral de la historia. No les preocupaba que la gente se preguntara por qué Trump, con cuatro años en el poder, o el partido republicano con mayoría en el Senado, no se hubieran encargado en arreglar el defectuoso sistema electoral, o por qué no había ni una sola demanda judicial, ni una investigación el FBI para esclarecer la supuesta amenaza. No importaba nada de eso porque quienes seguían a Donald Trump, hacía tiempo que habían renunciado al escepticismo o incluso el sentido común: lo único importante era que los demócratas eran unos comunistas pedófilos y satanistas y que incluso el irresponsable Donald Trump, era un mal menor en comparación.

Esta fue de hecho, la única profecía de Trump que se cumplió: efectivamente fue derrotado en las urnas por un margen mucho mayor que el que él esperaba. Esto dificultaba enormemente la posibilidad de mantener el poder a punta de cuestionar votos inválidos aquí y allá. Su esperanza residía entonces en apelar a la teoría de conspiración cuidadosamente cultivada por meses, de un fraude masivo y sistemático en todo el país. Interpondría una cascada de demandas en los estados donde la diferencia de votos era más estrecha, con lo cual sus seguidores pensarían que las pruebas tenían que existir, o de otro modo no sería posible que alguien tan importante como el exalcalde de Nueva York y abogado de la campaña de Trump, Rudy Giulliani, se hubiera atrevido a establecer las demandas.

Con lo que no contaba Trump, es que todos los juzgados ante los que habían interpuesto las demandas desestimarían o rechazarían una a una las 60 denuncias, excepto la que mencioné antes de Pensilvania, en un tiempo récord. En algunos casos incluso el mismo día. Pero Trump y sus aliados tenían un plan B, una medida desesperada que requería incendiar por completo a la base de seguidores más leales de Trump: Los grupos de ultraderecha que durante su gobierno se habían venido multiplicando y fortaleciendo exponencialmente.

La estrategia consistía en aumentar la circulación de mensajes de QAnon y los nuevos medios al servicio de Trump como OAN o Newsmax, llamando al “pueblo” a impedir el robo de las elecciones, volcarse a las calles a protestar y llegado el caso, defender a la patria a como diera lugar, en contra del Estado Profundo y sus miembros comedores de bebés. El objetivo, no creo que nunca haya sido tomarse el poder por la fuerza, ya que el ejército americano siempre se mantuvo al margen y de hecho nunca fue muy cercano a Trump. El verdadero objetivo era hacer tanto ruido, que los senadores republicanos sintieran la presión de los 63 millones de votantes que apoyaron a Trump y decidieran, en contra de su juramento y en contra de la constitución, revertir la voluntad popular en los estados por los que Trump perdió la victoria.

Las posibilidades siempre fueron muy remotas pero Trump, incapaz de aceptar su derrota, a pesar de haber sido perdedor muchas veces en su vida, no iba a soltar el poder tan fácil para volver a ser un simple mortal, tal vez acosado ahora por las deudas, el desprestigio y la administración de impuestos. Con lo que no contaba era que su discurso del 6 de enero al frente de la casa blanca, sería leído por la enardecida horda de manifestantes de ultraderecha, como un llamado a invadir y tomarse el capitolio nacional.

Ahora se sabe que muchos de esos manifestantes habían planeado secuestrar y hasta ejecutar senadores demócratas y hasta al propio vicepresidente Mike Pence, quien a última hora se convirtió en un traidor de la causa Trumpista, al negarse a desconocer la votación del Colegio Electoral, tal como Trump pretendía. Esto es algo, por cierto, que Pence no tenía el poder para hacer, pero Trump, que muy poco entiende de leyes y normas, probablemente aún piense que sí podía.

En cualquier caso, los manifestantes se salieron de control y estuvieron a punto de causar un baño de sangre que habría partido la historia del país en dos. La única razón por la que esto no sucedió es que la mayoría de los cientos de personas que invadieron la sede del congreso, no tenían un plan. Tal vez ni siquiera llegaron a imaginarse que lograrían meterse en el capitolio. Una vez adentro, se les veía tomándose selfies y hasta transmitiendo en vivo su osadía.

Trump, al darse cuenta de las consecuencias de sus discursos incendiarios, corrió a esconderse en la Casa Blanca y no volvió a publicar tweets ni a decir nada ni a favor ni en contra de los manifestantes. Ellos tal vez esperaban las órdenes de su presidente para ejecutar a los senadores pedófilos o por lo menos arrestarlos, tal como venía profetizando QAnon desde hacía años.

Pero las órdenes nunca llegaron y en cambio, un Trump visiblemente incómodo y libreteado, publicó un lacónico video en el que le pedía a los manifestantes irse a sus casas, condenando todo acto de violencia. Los confundidos militantes de su causa no tuvieron más remedio que retirarse con uno que otro souvenir, desconocedores de los graves problemas legales en los que acababan de meterse.

El final de QAnon?

El 20 de enero de 2021, Donald Trump abordó el helicóptero Marine-1 con destino a la Florida en donde se recluyó en su nueva condición de expresidente. Hasta la fecha nadie sabe cuál será su futuro político o incluso legal, teniendo en cuenta la cantidad de demandas que se espera que recaigan sobre el polémico magnate, después de haber perdido su fuero presidencial.

Investigaciones periodísticas posteriores a la posesión presidencial de Joe Biden muestran que entre las comunidades de seguidores de Trump y QAnon, hay desconcierto y tristeza. Algunos de sus miembros se preguntan si tal vez fueron engañados y todas las profecías de arrestos, ejecuciones y liberación nunca fueron ciertas. Otros cuantos consideran ahora a Trump un traidor a la causa y piensan que no tuvo el coraje de cumplir con el plan y dar la orden para acabar con el estado profundo cuando tuvo la oportunidad[6].

Pero muchos, quizás la mayoría, están adoptando las nuevas teorías de conspiración que empiezan a surgir, según las cuales, lo que pasó es parte del plan y quizás ahora Trump va a trabajar en las sombras para desarticular al estado profundo. Algunas teorías incluso apuntan a que Joe Biden ni siquiera es el presidente legalmente y que Trump puede retomar el poder en cualquier momento.

La cuestión con las teorías de conspiración es que casi nunca mueren cuando la realidad las deja sin piso. La mayoría de las teorías pseudocientíficas de los cambios que supuestamente iban a ocurrir el 12 de diciembre de 2012, por ejemplo, siguen existiendo hoy en día, sólo que con fechas alternativas (incluyendo el 12 de diciembre de 2021 por cierto), o sin una fecha específica, pero siempre con calidad de “inminente”.

Es muy posible que el propio Donald Trump siga aprovechando su imagen de redentor ultraderechista e instigando nuevas teorías de conspiración, como una forma de mantenerse vigente durante los próximos cuatro años, con miras a una posible campaña de reelección en 2024, a la que técnicamente tiene posibilidades legales de presentarse, a no ser que algún proceso legal nuevo o en curso, como el proceso de impeachment que le abrió ya la Cámara de Representantes, lo inhabilite participar de nuevo en las elecciones.

El riesgo que representa QAnon, al igual que muchas otras teorías de conspiración, no es que sean adoptadas por la mayoría de la población. Una encuesta de Pew Research en marzo de 2020 mostró que apenas un 3% de la población estadounidense decía saber mucho sobre QAnon y el grupo de Facebook más grande que tuvo esta secta apenas logró a tener aproximadamente 200,000 miembros, antes de ser cerrado en agosto.

El verdadero riesgo de QAnon es su capacidad para radicalizar personas inestables y potencialmente violentas, que si se organizan eficazmente a través de Intenet, puedan llegar a convertirse en grupos terroristas que coordinen ataques sobre población civil o las personas que ellos consideran parte de la élite maligna que controla el poder.

Uno de los resultados más impactantes de la investigación de Pew Research es que la mayor parte de los seguidores de QAnon son republicanos mayores y cristianos evangélicos. Pero un subgrupo muy representativo son creyentes de movimientos espirituales, de nueva era y en particular en poblaciones de raíces latinoamericanas[7].

El pensamiento mágico y supersticioso del que he hablado en varias oportunidades en este canal, especialmente en T2E13: El Lado Oscuro de la Espiritualidad, hace que muchas personas de buen corazón, buenas intenciones y con el deseo de despertar su conciencia, terminen apoyando a personajes autoritarios y déspotas que utilizan su imagen de seres sobrenaturales o salvadores para oprimir a los débiles, marginar a las minorías y perpetuarse en el poder, aunque para lograrlo tengan que destruir las instituciones, la oposición y el Estado de Derecho de un país.

En un próximo episodio hablaremos sobre cómo reconocer estos peligros y evitar que nuestras democracias se terminen convirtiendo en el campo de juego de la manipulación y el miedo.


[1] Here’s Every Trump Campaign Lawsuit Filed Since Election Day | Time

[2] Trump campaign has minor victory in Pennsylvania lawsuit over voter ID (nypost.com)

[3] Ted Cruz – Wikipedia

[4] Donald Trump Speech «Save America» Rally Transcript January 6 – Rev

[5] QAnon: What is it and where did it come from? – BBC News

[6] Opinion | Three Weeks Inside a Pro-Trump QAnon Chat Room – The New York Times (nytimes.com)

[7] QAnon explained: the antisemitic conspiracy theory gaining traction around the world | QAnon | The Guardian

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