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T4E7 – El Secreto de la Inmortalidad

Espiritualidad y Ciencia
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T4E7 - El Secreto de la Inmortalidad
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Para mí, la parte más difícil de mis trances de Ayahuasca siempre fue la vivencia de la muerte. Es una experiencia que comparten muchos yagenautas y usuarios de otros enteógenos como los hongos o el LSD. En lo que algunos describen como un «mal trance», sientes que estás a punto de morir; pero no es un pensamiento o ni siquiera un temor, es una certeza: te estás muriendo y no importa que sepas que estás bajo los efectos de un psicoactivo, estás viviendo tus últimos minutos.

Durante esos momentos, dicen los taitas, el caminante del Espíritu se encuentra ad-portas de una de las pruebas más importantes para convertirse en chamán. Omar Barreto decía que el verdadero chamán tiene que mirar a la muerte a la cara y viajar con ella en los mundos internos, dejarse llevar para conocer los misterios de los grandes sabios.

Pero yo nunca pude dejarme llevar. No importaba que fuera consciente de que estaba en medio de una ceremonia, donde la muerte no sería real y definitiva sino mental y momentánea. La convicción de estar a punto de perder la vida era tan visceral y convincente que cada vez que la sentía, combatía con toda mi fuerza para mantenerme vivo, lúcido y presente.

Es posible que mi miedo a la muerte haya truncado mi camino chamánico y me haya impedido develar más secretos del camino ancestral. Pero esa experiencia, el no ser capaz de dejarme morir “de mentiras”, ni siquiera a cambio de las respuestas y experiencias que tanto anhelaba, me dejó inquieto y desde entonces he meditado sobre ese miedo irracional a la muerte, que no sólo me obstruyó el camino chamánico, sino que eventualmente me llevó a experimentar un serio episodio de ansiedad.

Instinto de Supervivencia

Es probable que tú también hayas experimentado o al menos contemplado el miedo a la muerte. Es una experiencia común en casi todos los seres humanos y probablemente en otras especies, si es que también son capaces de abstraer el concepto del fin de la propia existencia.

Algunos autores consideran que la maldición de la humanidad desde que la selección natural, o los dioses, eligieron para nosotros el camino del intelecto y el conocimiento, es la certidumbre de nuestra propia mortalidad. La muerte es un concepto inseparable de la consciencia de la vida porque una no se puede entender sin la otra, así que una vez nos hacemos conscientes de nuestra propia existencia, nos dirigimos inextricablemente hacia el desolado paraje de contemplar la inevitabilidad de la muerte, no solamente la nuestra, sino peor aún, la de aquellos a quienes amamos.

Hace poco, mi hija Luciana empezó a preguntarme por primera vez sobre la muerte y de golpe me enfrentó con mis más profundas incertidumbres existenciales. ¿Cuál es mi posición frente a la muerte, después de todos estos años de llevar una relación tan difícil con la que los Muiscas me enseñaron a ver como la tercera madre, después de la mamá de carne y hueso y la madre tierra?

Las preguntas de Luciana también me recordaron que gran parte de mis conflictos con la muerte se derivan de la educación – o ausencia de ella – sobre ese tema durante mi infancia; la influencia de la religión y en general, el rechazo casi universal de la muerte en nuestra sociedad. A esto me voy a referir luego, pero volvamos al punto anterior.

A la edad de mi hija, alrededor de los siete años, los humanos empezamos a cuestionar nuestra realidad, a hacernos preguntas sobre lo que significa estar vivo y, eventualmente, sobre lo que significa morir. Los niños en ese punto son como un lienzo en blanco con respecto al tema; Lo que los adultos les digamos con respecto a la muerte se convertirá en el punto de partida para desarrollar su relación con ese concepto.

Al haber nacido en un hogar católico, la visión sobre la muerte que mis padres me inculcaron fue la que la Santa Iglesia manda: al morir, la justicia divina decide con base en los méritos de tu existencia si vas al cielo a disfrutar de la presencia eterna de Dios, o al purgatorio para habilitar las materias que hayas perdido, o a consumirte en el fuego del infierno si fuiste un pecador empedernido.

Casi todos los niños que reciben esta doctrina, o cualquier otra ficción de escape, como la reencarnación o transformarse en ángel o teletransportarse a otro planeta, entienden una sola cosa: al morir, las cosas ya no serán como ahora y estarás en un lugar muy lejano. Con lo cual, casi todos los niños se resisten al cambalache y deciden que no quieren tal cosa, ni para ellos ni para sus papitos.

Mi respuesta para Luciana entonces, como no podría ser de otro modo, se alejó de aquellas ilusiones místicas y en cambio describió mi visión actual sobre la muerte, la cual compartiré hacia la parte final de este episodio. ¿Logré darle una respuesta que alejara el miedo de su mente inocente? Absolutamente no, hubo amago de llanto y rechazo a mi descripción poética de la muerte, pero creo que sembré la semilla para que su comprensión sobre la muerte avance por un camino menos pedregoso que por el que tuve que dar tumbos yo para llegar a mi comprensión actual.

El Gran Misterio

La gran virtud – y a la vez el problema – de la muerte, es que como lo dije antes, sabemos que es inevitable como consecuencia de que somos conscientes de la existencia propia y como tal, la llevamos todo el tiempo como una espada de Damocles, recordándonos que al final del camino, la muerte nos espera para borrar de un tajo todo lo que somos y lo que podemos.

Digo que es una virtud y un problema, porque según como elijamos verlo, la consciencia de nuestra mortalidad nos puede servir como motivación para vivir intensamente, elegir el amor sobre el miedo y construir un legado, o bien, para decidir que la vida no tiene ningún sentido si al final todo termina en las tinieblas de la inexistencia.

Ante lo segundo, la alternativa más común parece ser la adopción de alguna fe religiosa que nos permita sobrellevar la angustia existencial con el bálsamo de una incierta prolongación de nuestra consciencia en un empaque diferente, como promete el hinduismo y otros credos reencarnacionistas, o en un cuerpo astral o alterno en un planeta, dimensión, universo o realidad diferente; llámese cielo, purgatorio, nirvana, Kolob o Valhala.

Los “más allá” que se nos ofrecen, en su amplia variedad de climas, comodidades y entretenciones, tienen una cosa en común: nos aseguran un reencauche o reciclaje sempiternos de nuestra consciencia individual-personal.

En este sentido, la idea de la vida eterna en el más allá me parece más eficaz y atractiva que su contraparte reencarnacionista por dos razones: La reencarnación se presenta como un castigo en sí mismo: un prolongado ciclo de muerte y renacimiento en el que cada iteración nos resetea la memoria y nos condena a repetir errores y apegos, hasta que, en alguna de tantas vidas, de algún modo logremos iluminarnos, escapando así la infame rueda del Samsara.

Con lo cual, por la vía de la iluminación o con pasaje automático después de la muerte, nuestra esperanza de darle sentido a las briegas y tribulaciones de la existencia humana, recaen sobre la posibilidad de hallarnos en algún momento en presencia o ejercicio de la presencia divina por los siglos de los siglos. En ese estado – o lugar – cesarían las aspiraciones y deseos humanos de placer material, poder, conocimiento, desarrollo, socialización, etcétera.

Esta promesa de una eternidad de embelesamiento místico ha probado ser un bálsamo eficaz para ahuyentar, o por lo menos para mantener a raya el pavor a desaparecer completamente; a entrar a un estado de no-existencia – algo que no podemos si quiera imaginar – a pesar de ser el estado en el cual nos encontrábamos antes de ser concebidos.

Cuando empecé a pensar en estas cuestiones, intenté abstraer estos conceptos sobre la vida eterna y hallé, como probablemente te habrá sucedido a ti, muchos huecos en su lógica. Algunos problemas son técnicos, como la cuestión de entender algo que tiene comienzo, pero no tiene fin; es decir la eternidad de algo que no existía antes de nacer, pero que existirá para siempre luego de morir. Pero otras dudas son más filosóficas: Si ya no desearé lo que deseo ahora, ni tendré los defectos que tengo ni las fuerzas que me motivan, ¿seguiré siendo yo?

Estas, por supuesto, no son cuestiones novedosas, sino unas que filósofos y pensadores de todos los tiempos se han planteado de muchas formas. Uno de ellos, Plutarco, se refería al problema a través de lo que se conoce como la Paradoja de Teseo. Dice así:

«El barco en el cual volvieron desde Creta Teseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaron hasta la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas que crecen y cambian; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era«. 

Esto se puede traducir en la siguiente pregunta: ¿estaríamos en presencia del mismo barco si se hubieran reemplazado cada una de las partes del barco una a una?

Existe además una pregunta adicional: si las partes reemplazadas se almacenasen, y luego se usasen para reconstruir el barco ¿cuál de ellos, si lo es alguno, sería el barco original de Teseo?[1]

El Barco de Teseo

La analogía es muy adecuada, porque de acuerdo con la ciencia, casi todas las células que conforman el cuerpo humano se renuevan constantemente, algunas cada pocos días y otras cada ciertos años. Además, a lo largo de nuestras vidas cambiamos de ideas, creencias, hábitos y comportamientos. Así que, de una forma muy literal, no somos los mismos que éramos hace 10, 20 o 30 años.  Barcos y humanos, sin embargo, tienen una diferencia importante: Los recuerdos.

Se que «soy» porque recuerdo que «era». Recuerdo haber sido niño y poder cabalgar sobre los pies de mi padre, creer en fantasmas y reaccionar con desconsuelo si se me quitaba mi juguete favorito. Sé que era yo porque recuerdo esas escenas en primera persona, a pesar de que ya no me parezco mucho ni física ni intelectualmente a aquel niño curioso.

Algunos creen que hay una «esencia» que asoma en los primeros años de vida y que nunca cambia, que es lo que realmente somos – algo así como un atisbo del alma – pero el caso es que más allá de las discusiones filosóficas y los detalles biológicos, lo que nos aterra es la perspectiva de que llegará un momento en el que la luz se apagará para siempre y no habrá un nuevo destello de consciencia, ni una sensación, ni un recuerdo.

Nuestra mente no es ni siquiera capaz de comprender la idea de la no existencia y por eso, crea asociaciones con conceptos que sí podemos abstraer: oscuridad, silencio, quietud, frío. Nos aterra pensar en ser reducidos a ese estado de inmovilidad en tinieblas en las que no podremos satisfacer nuestros deseos de conocer, de experimentar, de amar.

El Rechazo a la Muerte

Este miedo primario a la muerte, dicen algunos, es la fuerza que se esconde detrás de todos los demás miedos. Si la muerte no existiera, no importaría perder un trabajo o ser abandonados por alguien, o dejar pasar una oportunidad. Al fin y al cabo, en una cantidad infinita de tiempo, siempre habrá alguna oportunidad más de encontrar un trabajo mejor, o de recuperar el amor perdido o literalmente de hacer y tener cualquier cosa que puedas imaginar.

Esta situación fue inteligentemente explorada por Jorge Luis Borges en su bellísimo cuento “El Inmortal”. En él, narra la historia de un hombre de la antigua Grecia que emprendió la búsqueda de la fuente de la eterna juventud en la ciudad de los inmortales. El aventurero imaginaba que los inmortales serían como dioses, sabios, bondadosos y perfectos, pero en cambio, encontró trogloditas desprovistos de toda humanidad, silenciosos, indiferentes y ensimismados.

Los inmorales carecen de propósito porque ya lo han emprendido todo, de curiosidad porque ya lo han aprendido todo, de misericordia porque no hay muerte posible en aquella ciudad y de emoción porque ya no hay nada que les genere interés. Con una eternidad a disposición, hay suficiente tiempo de descender a la locura, las depravaciones y la complacencia y luego ascender a la perfección, no una ni muchas, sino un número infinito de veces.

La conclusión de Borges es entonces, que la inmortalidad no es un premio sino una condena. La muerte le da sentido a cada acto de nuestras vidas ante la posibilidad de que sea el último. Ya lo dijo el famoso músico Ray Charles: “Vive cada día como si fuera el último porque algún día acertarás”. La muerte no solo es necesaria a nivel biológico para que la selección natural pueda obrar su magia y asegurar que los seres vivos se adapten a su entorno, sino que es necesaria para dar forma a los propósitos y significados de la existencia humana.

Sin embargo, los seres humanos le hemos declarado la guerra a la muerte: doblegamos a la naturaleza para ahuyentar de nuestra proximidad depredadores y cualquier amenaza a nuestra supervivencia. Desarrollamos tecnología para destruir a nuestros enemigos invisibles, los gérmenes y ahora jugueteamos con el código genético para derrotar el cáncer, revertir el envejecimiento y por qué no, algún día desterrar a la muerte de nuestras vidas.

Y no es que yo piense que esté mal que nos esforcemos por reducir el sufrimiento y sacarles el máximo provecho a nuestras vidas, pero es que parece que la sociedad occidental decidió por unanimidad que la muerte es una falla que hay que corregir, una causa de sufrimiento que hay que aspirar a exterminar.

Yo creo que, al centro de esta mentalidad, se encuentra el excesivo individualismo que reina en nuestros sistemas sociales más importantes. El Humanismo, que desde el siglo XV viene extendiéndose e imponiéndose en todo el mundo, se centra en afirmar la dignidad y valor de lo humano, pero no en tanto a humanidad sino a individuo.

Las sociedades en las cuales se privilegia el bienestar común por encima del individual se consideran hoy en día retardatarias, cuando no malévolas. Según Yuval Noah Harari, la religión más extendida en la actualidad es precisamente el humanismo. El humanismo te dice que lo más importante en la sociedad es tu calidad como individuo, merecedor de unos derechos y privilegios de nacimiento, entre los cuales se encuentran el de buscar tu felicidad y luchar por obtener tus metas.

El bienestar de la sociedad está en un segundo plano y en todo caso está supeditado a la contribución voluntaria que desees hacer a ella, excepto los impuestos que esos sí son obligatorios. La vida del individuo está por encima de la supervivencia de su comunidad y eso está demostrado por nuestra incapacidad de tomar acciones radicales para evitar la catástrofe que puede devenir del cambio climático que estamos causando, precisamente por mantener nuestra comodidad y tranquilidad.

Con una cosmovisión centrada en nuestra experiencia individual, es lógico que la muerte propia sea vista cada vez más como una aberración, una tragedia inconcebible que hacemos bien en temer o ignorar. No digo que valorar la vida y ponerla al centro y al frente de nuestros valores sea malo, todo lo contrario, creo que es lo que ha hecho que vivamos la era de menos guerras, enfermedades y sufrimiento que nuestra especie haya experimentado.

Pero desafortunadamente, el precio ha sido que irónicamente, entre más expectativa de vida, menos enfermedades y menos violencia, vivimos cada vez con más ansiedad, depresión y miedo, que nunca antes. Es irónico, pero es posible que nuestros ancestros, que tenían que convivir con mortalidad infantil de dos dígitos, guerras casi constantes y violencia en todas partes, parecían disfrutar con más intensidad de los pequeños placeres de la vida.

Tal vez la presencia ubicua de la muerte, le restaba un poco de su halo de misterio y les servía a nuestros ancestros como recordatorio constante de la necesidad de disfrutar de la vida mientras fuera posible. Hoy en día la muerte ya no sucede a nuestro alrededor sino escondida en asilos, hospitales y debajo de sabanas forenses. Sin embargo, escuchamos sobre muerte todos los días en la televisión y las redes sociales, convirtiéndola en una suerte de monstruo invisible que asecha en todas partes, pero en ninguna a la vez. De ahí la inmensa ansiedad que suscita.

La esencia de la vida

Desde luego, yo no planteo que deberíamos desear la muerte, ni tampoco trivializarla. También creo que está bien que nos esforcemos como especie e individualmente en prolongar nuestra existencia. Sin embargo, creo que lo que nos debe motivar es el amor a la vida y no el miedo a la muerte.

Yo sé que esto parece un oxímoron, pero yo creo que podemos lograr las dos cosas: valorar y desear extender nuestra vida y al mismo tiempo valorar, comprender y aceptar la muerte. Además, creo que podemos aceptarla y valorarla sin necesidad de recurrir a las promesas de vida eterna que nos ofrecen las religiones, sino apegándonos a la realidad y significados que nos brinda la ciencia.

Durante la crisis de salud mental que viví poco antes de mudarme con mi familia a Canadá – que describiré pronto en detalle – el miedo a la muerte era la tortura que sobrevenía cada vez que tenía un episodio de ansiedad; y mi conflicto interno con los dogmas religiosos me impedía disfrutar del bálsamo de la confianza en el más allá.

En otras palabras, me estaba estrellando contra la difícil pared que muchos tienen que escalar antes de abandonar los credos religiosos y dar el paso hacia el agnosticismo. En esa lucha interna, traté de echar mano a mis antiguos recursos chamánicos, de negociar con mi escepticismo buscándole patas lógicas a alguna de las teorías sobre la vida después de la muerte o simplemente tratando de evitar pensar en ello, como si mirando hacia otro lado pudiera desconocer la angustia más profunda y el miedo más primario del ser humano.

Ese proceso no tomó días ni semanas sino meses e incluso diría que aún hoy sigo refinando mi visión y ajustando mis conceptos, a medida que navego a través de los años, las experiencias y el conocimiento científico que he ido integrando a mi vida. Pero puedo compartir contigo las claves principales de lo que ahora considero mi visión profundamente espiritual, pragmática y naturalista sobre lo que significa la muerte y el verdadero más allá:

En este podcast he compartido antes algunas experiencias “sobrenaturales” que experimenté a lo largo de mi vida. La mayoría fueron de índole mística, como intuiciones, premoniciones o sensación de estar en la presencia de Dios, sobre todo durante trances de Ayahuasca. Pero también tuve un par de eventos en los que sentí la presencia de un ser querido que había fallecido ya.

El primero involucró a mi padrino Diego García, cuando semanas después de su muerte recibí un casete con sus canciones y sus mensajes, que sentí como una despedida desde ultratumba. Años más tarde, durante una ceremonia de Yagé tuve la certeza de estar ante el espíritu de mi amigo Jassir, pidiéndome que lo ayudara a dejar este plano de existencia para poder volar libremente sobre la selva.

Esas experiencias, que con frecuencia experimentan quienes han perdido a un ser querido, en las que el espíritu del difunto hace una visita para despedirse y usualmente para pedirle a sus deudos que estén tranquilos, suele explicarse como un esfuerzo de la mente por facilitar la aceptación de la nueva ausencia, como una parte necesaria durante el proceso de duelo. Te levantas con un poco más de tranquilidad después de haber tenido esa despedida póstuma y sigues adelante con tu vida.

Algunos creen que estas experiencias son reales y que en realidad tuvieron una visita del espíritu del ser querido y sienten un gran alivio, pero alguien agnóstico, sabiendo que es una creación de su mente, puede descontar la experiencia como una fantasía y quedarse sin el beneficio de la tranquilidad que el encuentro le habría proporcionado.

Lo que quiero plantear hoy es que el encuentro es real, o al menos, podemos verlo así, incluso bajo la luz del conocimiento científico que tenemos. La primera vez que pensé que tal malabar mental era posible sucedió durante la toma de yagé que tuve en 2012 con el Maestro Mauricio Vicencio. Fue una experiencia metafísica, pero curiosamente, no con un muerto sino con un amigo que estaba vivito y coleando.

Como lo narré en aquel episodio, durante la fase más difícil de la ceremonia, mi amigo Héctor Raúl González se acercó a mí por la espalda, puso su mano en mi hombro y me dijo, palabras más, palabras menos:

– “Tranquilo hermanito, respira, todo está bien, ahí lo estás trabajando bien bonito”.

Luego me preguntó si me sentía bien. Asentí y luego le di las gracias. El episodio no tuvo nada de metafísico para mí en ese momento, pero eso cambió al día siguiente. Mientras disfrutaba del amanecer sobre la montaña de La Mesa en donde me encontraba, me levanté para buscar a Héctor Raúl y agradecerle por su compañía durante la noche anterior. Entonces recordé que Hecticor nunca fue a aquella ceremonia. En cambio, se encontraba haciendo lo suyo en Bucaramanga, ajeno a mi interacción con su espíritu a 100 Km de distancia.

Héctor Raúl sólo se enteró de la anécdota cuando se la conté meses después, pero estoy seguro que las que escuché, habrían sido sus palabras y su actitud de haber estado físicamente esa noche en La Mesa. Para entonces, yo ya había estado en tantas ceremonias con él, que tenía memorizados el tono de su voz, las palabras que decía a menudo y su estilo para dar tranquilidad a los yagenautas enredados en su pinta.

Entonces, ¿fue real mi encuentro con Héctor Raúl? No, hablando de forma materialista. Pero tenía conmigo la información relevante de Héctor Raúl en ese momento y, si hay una esencia o un alma en los seres sintientes, ¿cuál puede ser su naturaleza si no información?

Devolvámonos a la paradoja de Teseo en la que vamos cambiando tabla por tabla y perno por perno en un barco hasta que años después ya no queda ni una sola parte del barco original. ¿Es aún el mismo barco o uno diferente? La respuesta es que es el mismo barco Y uno diferente. No podemos negar el hecho irrebatible de que toda la materia física original del barco se encuentra desperdigada en basureros, el fondo del mar o butacas y mesas que algún ebanista fabricó de las partes recicladas del barco de Teseo.

Pero tampoco se puede negar el hecho de que hay una continuidad entre el barco original y el barco actual, un proceso a través del cual, paso a paso, fuimos aceptando cada pequeño repuesto como parte del original y decidimos que la pieza reemplazada ya no lo sería. No es menos cierto que a lo largo de nuestras vidas vamos aceptando cada pequeño cambio en las personas que conocemos, como una nueva parte de su ser. Otras partes que quedan atrás: físicas, mentales y emocionales, van quedando en el recuerdo como algo que ya no hace parte de esa persona.

Entonces la pregunta es: después de tantos cambios, ¿tú sigues siendo tú? Igual que con el barco de marras, la respuesta es que sí y no. Esa es la cuestión de las paradojas, que están hechas para confundir porque nos encierran en un falso dilema: A o B, cuando casi todo en la naturaleza es un matiz de A, B y C. Osho decía que él no era una persona sino un proceso y que no «estaba» sino que «sucedía», de la misma forma en que un rio nunca es el mismo que has visto antes porque su agua es nueva a cada instante.

De modo que si somos un proceso que cambia constantemente entonces nuestra esencia no es la materia de la que estamos construidos, ni la imagen que proyectamos en un momento dado. Nuestra esencia es la información de la que somos constructo. El estudio de la genética nos da luces a este respecto: nuestros genes son enormes almacenes de información en los que, a través de cadenas de proteínas ordenadas, se informa a nuestras células lo que deben hacer y dejar de hacer para que entre todas ejecuten la maravillosa sinfonía de la vida.

Sobre esta máquina biológica, gracias a los misterios de nuestro cerebro y sistema neuronal se construye el andamiaje sobre el cual emerge la consciencia, de forma similar a como los miles de millones de transistores de un computador se disponen para dar lugar a la existencia de sistemas operativos, aplicaciones, juegos y bases de datos.

Ya he hecho esta analogía antes, pero es útil recordarla porque, así como los computadores y las redes informáticas no son más que la plataforma sobre la cual ocurre el fenómeno del Internet y en él el fenómeno del ciberespacio y ahora del metaverso, nuestra máquina biológica es la plataforma sobre la cual sucede el fenómeno de la consciencia.

Así que nuestra existencia, a pesar de las apariencias, no sucede en el mundo físico, sino en el mundo mental. Somos información y habitamos un flujo constante de información. Aquella que recibimos a través de los sentidos y otra que procesamos internamente pero siempre en un nivel de meta-existencia, que está por encima de la realidad física. De hecho, incluso la realidad física es sólo una manifestación en tres dimensiones, de una realidad cuántica más profunda donde hasta donde sabemos se encuentra el nivel más básico de información y puede tener muchas más dimensiones.

Como habitamos un nivel de existencia por encima de la realidad física, nuestro sistema necesita adquirir y procesar información del mundo físico a través de los sentidos de nuestro cuerpo. Estos sentidos capturan luz, sonido, vibraciones y otros estímulos y los llevan a nuestra mente donde ingresan al mundo mental, la realidad sutil en la que habitamos.

Cada cosa que ves, cada sonido que escuchas, incluyendo mi voz en este momento, ya no son parte del mundo físico sino información dentro de tu cabeza. A medida que me escuchas, se crean nuevas conexiones neuronales y se activan diferentes regiones de tu cerebro, dependiendo de si sientes curiosidad, emoción, ansiedad, nostalgia o placer.

Desde un punto de vista neuronal, no hay mayor diferencia entre escuchar a alguien que te habla al oído e imaginar esas mismas palabras. Para mi cerebro, aquella noche de yagé en 2012, no hubo diferencia entre imaginar que Héctor Raúl ponía su mano en mi hombro y me decía palabras de consuelo y la situación real de haber tenido esa misma experiencia en el mundo físico.

A decir verdad, hay una sola diferencia sustancial entre un fenómeno y el otro: Que cuando tus sentidos físicos te dicen que tu ser querido está frente a ti y te habla, tienes mucha más confianza en la verdad del fenómeno que si tus ojos están cerrados y sabes que esa persona ya no está allí. Las personas que no logran hacer esta diferenciación son diagnosticadas con esquizofrenia, pero existe la posibilidad de que ejercites esa capacidad de ensoñar mientras tienes tus pies firmemente plantados en la realidad. Esta es mi visión sobre lo que es un chamán en el siglo XXI.

Vamos a hacer un ejercicio en este momento: Cierra tus ojos (excepto si vas conduciendo, claro) y visualiza tu habitación. Imagínate entrando por la puerta, ves tu cama, tus almohadas, el espaldar, tal vez un cuadro en la pared, algunas fotografías… Las mesitas de noche con las cosas que mantienes allí, miras hacia arriba y ves la lámpara en el cielorraso, etcétera.

Apuesto a que este ejercicio te fue muy fácil de hacer, porque tu recámara es un lugar que ves todos los días, lo organizas en la mañana y lo aseas el fin de semana. Entonces tienes mucha información sobre ese lugar, así que puedes reconstruirlo con sólo desearlo. Al hacer ese viaje, ¿estás viajando realmente a tu cuarto? ¡No importa! No hay diferencia para tu cerebro. Claro está que los detalles son más claros y abundantes si de verdad te paras al frente de tu cama, pero si ejercitas la visualización activa, puedes llegar muy cerca del mismo nivel de realismo.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con la muerte? Pues que, así como entre más información tienes de un lugar, puedes visualizarlo más fácilmente en tu mente, así también, entre más información tienes de una persona, más capacidad tienes de «sentir» su presencia, saber qué pensaría, qué diría, qué haría en una circunstancia determinada.

Todo esto es posible porque como lo han demostrado las más recientes investigaciones de neurociencia, nuestro cerebro construye complejos modelos o representaciones neuronales del mundo exterior, tal como si fueran maquetas hechas con neuronas. Esto incluye objetos, personas y también ideas abstractas como los valores, la economía o la estética. En otras palabras, dentro de tu mente habitan pequeños modelos del mundo físico, de tu casa, de tu cuarto y también de las personas que quieres. Tal como es afuera, es adentro.

Trascendencia

Entender la esencia de la vida como información, puede cambiar sustancialmente nuestra visión sobre la muerte. Estamos muy identificados con la parte física de nuestra existencia humana, pero a medida que la tecnología se va apoderando más de nuestras experiencias diarias. La línea entre lo físico-material y lo mental-informático se va haciendo cada vez más sutil.

Nuevos desarrollos de Inteligencia Artificial, presagiados hábilmente por la serie de televisión “Black Mirror”, ya permiten “simular” la personalidad de alguien fallecido, con base en sus conversaciones de chat, correos electrónicos, publicaciones y otros escritos. Otras aplicaciones de IA, que los estudios de cine ya están utilizando, permiten recrear la voz del difunto y sus expresiones faciales.

El artista Hidreley utiliza IA para crear retratos de cómo serían hoy en día personas que fallecieron hace muchos años.

Con toda esta tecnología, es técnicamente posible tener una videollamada con un familiar fallecido, conversar con esa persona por un rato y escucharle decir cosas que nunca dijo durante su vida pero que corresponderían totalmente con su forma de pensar, sus valores, costumbres, estilo de humor e incluso recuerdos.

Resulta inquietante pensar que incluso, si ese ser querido no ha muerto, sino que en cambio sufre de Alzheimer o algún otro trastorno cognitivo, podría argumentarse que su versión de inteligencia artificial sería más parecida al ser querido cuando estaba en uso de todas sus facultades, que la persona real con sus limitaciones actuales.

Esto es solo un punto para considerar y debatir, pero el punto al que quiero llegar es que nuestro miedo a la muerte se puede dividir en dos sub-miedos: El miedo a desaparecer, a no existir, a estar en un lugar incierto que llamamos “muerte”, y, por otra parte, el miedo a no estar allí para las personas que amamos, a no compartir más momentos agradables con ellos y descender lentamente en el olvido.

En cuanto a desaparecer, lo cierto es que tú y la muerte nunca van a estar juntos en el mismo lugar. Dicen que la muerte nos llega a todos, pero no es verdad. Cuando llega la muerte, ya no hay persona a la que le llegue. Esto lo entendí hace poco, cuando por primera vez estuve bajo el efecto de la anestesia general, mientras me extirpaban la vesícula biliar. Las últimas palabras que escuché fueron las del anestesiólogo diciendo “te vas a sentir raro por un momento”.

Pocos segundos después mi visión se hizo difusa, como si el cielorraso de la sala de cirugía empezara a distorsionarse y hacerse borrosa. Inmediatamente después abrí los ojos y estaba ya en la habitación que me habían asignado. No hubo sueños, ni noción alguna del tiempo durante la cirugía. Mi cuerpo y mi cerebro dormían, pero yo no estaba allí.

Da igual si algún encefalograma hubiera determinado que tenía actividad cerebral. Desde mi perspectiva subjetiva, no hubo experiencia de consciencia. Pues bien, creo que así es la muerte, la luz se apaga y no hay más consciencia individual. ¡No será la primera vez! Todos venimos del mismo estado: antes de ser engendrados, tampoco teníamos una consciencia individual, sin embargo, pocas personas sienten ansiedad por ese estado de inexistencia prenatal.

Me gusta mucho ver videos antiguos de Bogotá, mi ciudad natal, filmados antes de que yo fuera concebido. Observo la arquitectura, la tecnología de la época, la forma de vestir de los transeúntes y reconozco las cosas que seguían estando allí durante mi infancia. Mientas disfruto de ese viaje en el tiempo, siempre reflexiono sobre el hecho de que yo no existía en ninguna parte de este universo mientras se filmaban esas escenas.

O eso pensaba antes… Porque pensándolo bien, todos los átomos que forman cada una de las células de mi cuerpo, cada gota de agua, cada gramo de hierro, calcio, carbono o magnesio ya existían y se encontraban en algún lugar de este mundo: tal vez entre las nubes, en la fértil tierra de la sabana Bogotana, o en las entrañas de alguna montaña.

Pero como dije antes, lo que soy es mucho más que materia: es información. La totalidad de la información genética que describe cada célula de mi cuerpo, la estructura de mi cerebro, mis impulsos primarios y mi química cerebral, ya existía también: en el núcleo de las células de mi padre y mi madre. 23 cromosomas dentro de cada célula de él y 23 más dentro de cada célula de ella.

Pero soy mucho más que un cuerpo y procesos químicos, tengo un alma formada por ideas, principios, comportamientos, creencias, anhelos y mi propio estilo. Todo eso existía también, en la personalidad de mis padres, de mis abuelos, de los primos que nacieron antes que yo, en la mente y libros de los autores que han formado mi alma, en la experiencia de los maestros y mentores que me educaron y en las condiciones sociales, económicas y culturales que existían en mi país durante los primeros años de mi existencia.

Soy el resultado único e irrepetible de la mezcla de todos esos torrentes de información, moldeados por el azar de las circunstancias de mi vida hasta este momento. Parte de mí existía mucho antes de que mis padres decidieran unirse para continuar la milenaria sinfonía de la vida; y parte de mi seguirá existiendo mucho después de que se hayan borrado las huellas de mis pasos.

Algo de lo que soy seguirá existiendo en el alma de mis descendientes, en el alma de las amigas y amigos en quienes he influido y en el alma de sus descendientes. Tal vez estas palabras me sobrevivirán por muchos años y cobrarán vida en la vida de alguien que me lea cuando me haya ido y las consecuencias de mis actos, por pequeños e intrascendentes que puedan parecer, habrán de hacer eco en el tiempo, tocando la vida de muchas personas y reverberando en miles de pequeños remolinos de la vida de seres que ni siquiera sabrán de mi existencia.

Y no hay nada especial en mí, los ecos de tu vida también se escucharán mucho después de que ya no estés. Claro, no todos seremos recordados y celebrados como Cleopatra, Hipatia, Winston Churchill o Elvis Presley, pero eso es irrelevante; la mayoría de las personas que han causado los cambios más importantes de la historia, son anónimos: la mujer africana que supo guardarse de los bárbaros y dar a luz una prole que se convertiría en toda la raza humana, el locuaz sirviente que le dio a Gutemberg la motivación para crear la imprenta, las madres de los filósofos de la Ilustración que los formaron con las ideas y curiosidad que florecería años más tarde, revolucionando el arte, las letras y la política en Europa.

Por todo lo anterior, creo que la ansiedad que produce la muerte está totalmente relacionada con la ilusión de individualidad que hemos aceptado en nuestra sociedad. Hemos olvidado que somos parte de una tribu, de una especie y de un planeta vivo. Dentro de nuestro cuerpo todos los días hay células muriendo por millones, para que nuestro cuerpo pueda vivir. Asimismo, millones de humanos mueren todos los días para que nuestra especie pueda sobrevivir y la evolución de la vida condena a miles de especies a desaparecer para que otras se puedan adaptar a un mundo que cambia y no se detiene.

En un episodio anterior conté sobre el asesinato de Jaime Garzón, uno de los personajes más queridos en Colombia durante la década de 1990. En una vieja entrevista que Jaime dio por televisión, dijo:

– “A mí me gustaría no morir, no morir en la historia”

Fue por la misma época que Jaime realizaba gestiones humanitarias para liberar secuestrados y visitaba jóvenes universitarios para decirles que si ellos no tomaban la responsabilidad de salvar su país, nadie lo haría por ellos.

En Colombia, 23 años después de que fuera cobardemente asesinado, Jaime Garzón está tan vivo como entonces: en libros, canciones, documentales y horas de sketch humorísticos que sobreviven en YouTube, pero sobre todo en el alma de millones de jóvenes colombianos que el pasado 19 de junio de 2022 eligieron por primera vez como presidente de su país, a un candidato que enarbola muchos de los ideales y principios por los que Jaime luchó y entregó su vida.

Pues aquí creo que está el secreto: Solamente mueren aquellos que se encierran en sí mismos, quienes no aman con intensidad, quienes se olvidan que dar a otros, darse a otros desinteresadamente, es la única forma de inscribirse en la inmortalidad.

Jaime Garzón, aún recordado por millones de Colombianos

[1] Paradoja de Teseo – Wikipedia, la enciclopedia libre

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