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T3E15: Los Indígenas de Colombia en Blanco y Negro

Espiritualidad y Ciencia
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T3E15: Los Indígenas de Colombia en Blanco y Negro
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Si has visto las imágenes de mi Podcast, ya te habrás dado cuenta de que durante una etapa de mi vida, dejé crecer mi cabello, usé vestiduras blancas, collares y otros accesorios típicos de las comunidades indígenas sudamericanas. Estas características superficiales reflejaban algo mucho más importante que era mi autorreconocimiento como indígena Muisca.

Yo nací en una clínica que queda en el noroccidente de la ciudad de Bogotá, en la localidad de Suba, apenas a unas cuantas cuadras del lugar donde ahora queda la empresa para la cual trabajé desde 2006 hasta 2011 y donde conocí a mi esposa Paula. Crecí en un barrio del sur de Bogotá en una familia de lo que se considera clase media emergente, es decir, aquellos que lograron escapar de la pobreza del campo, migraron a la ciudad y tuvieron la suerte ascender por la escalera social para poderse permitir algo más que lo estrictamente necesario como un techo propio y unos días de vacaciones en un balneario.

Sin embargo, a pesar de haber vivido siempre en la gran ciudad, parte de las tradiciones, usos y costumbres de mi familia daban cuenta del origen campesino de mi mamá y mi papá. En casa utilizábamos remedios naturales para enfrentar muchos males cotidianos, mi mamá cocinaba casi exclusivamente alimentos perecederos de la plaza de mercado y teníamos una conexión muy fuerte con el territorio de origen, particularmente con Fómeque, la pequeña población del oriente cundinamarqués donde nació mi madre.

Por otro lado, siendo parte de la primera generación que fue entretenida por televisión enlatada principalmente de los Estados Unidos, me veía a mi mismo más parecido a los niños de las series americanas Lazos Familiares o Alf, que a los niños campesinos que conocía en la vereda donde vivían mis abuelos y nunca vi una conexión directa entre lo que entendía como campesinado con lo que algún día fueron mis ancestros indígenas, que según me enseñaron en el colegio, se llamaban Muiscas, vestían mantas blancas, sembraban maíz, eran orfebres y habían desaparecido poco después de la llegada de los conquistadores españoles en los primeros años del siglo XIV.

Indios zarrapastrosos

Uno de los primeros recuerdos que tengo sobre las comunidades indígenas de Colombia se remonta al año de 1986, cuando cursaba tercer grado de primaria como alumno de mi mamá. Mis padres, que no tenían suficiente dinero para enviarme a un colegio privado, desconfiaban de la calidad educativa de los colegios públicos de la zona en la que vivíamos. Esto a pesar de ser ellos mismos docentes en esos colegios públicos, o más bien, debido a que lo eran, conocían bien la mala calidad de la educación pública en los barrios del sur de Bogotá. Debido a esto, mis hermanas y yo fuimos alumnos de mis padres y las tías que ejercían como maestras en la zona, hasta donde fuera posible.

El caso es que estando en tercero de primaria, en clase de geografía, el texto guía tenía una sección dedicada a las comunidades indígenas de Colombia en la que coloridos dibujos de niños vestidos con los atuendos típicos, contaban algunas de las características más sobresalientes de las etnias más reconocidas de Colombia. Entre ellas, las que logro recordar con claridad eran la de los Arhuacos de la Sierra Nevada de Santa Marta y los Uitoto de la Amazonía, justamente las dos etnias con quienes tuve mayor contacto durante mi proceso con los Muiscas.

Luego de eso, mientras cursaba undécimo grado de bachillerato, fui enviado por mi Colegio a un encuentro nacional de comunidades indígenas en un colegio del norte de Bogotá. El encuentro, que más bien parecía una feria en la que cada comunidad indígena tenía un estand, seguramente pretendía servir para que los estudiantes de la capital conociéramos de primera mano a miembros de esas comunidades, pero a mí se me hizo más bien como una vitrina para mostrar la parte exótica de nuestro país, incluso, para mostrarnos la parte menos afortunada de la demografía colombiana.

Las burlas que los estudiantes hacían de las costumbres más primitivas de los indígenas estaban a la orden del día y no recuerdo que hubiera ponencias o talleres donde se plantearan los asuntos indígenas más allá de la novedad y curiosidad que los estands producían. Debo reconocer, que incluso yo que provenía de un colegio pobre del sur y que no tengo ningún abolengo en mis raíces, me sentía superior y muy lejos de los atrasados nativos.

En ese entonces, la palabra indio era usada de forma despectiva para referirse a una persona inculta, maleducada o grosera. En los ochentas se hizo famosa la frase “india zarrapastrosa”, que de forma despectiva repetía la actriz Teresa Gutiérrez en su papel de villana, creo que dirigiéndose a su empleada de servicio. La otra famosa referencia popular de lo indígena en Colombia es la expresión “malicia indígena”, que aunque a menudo se interpreta como una virtud, en realidad es más una declaración de antivalores como símbolo de identidad.

La malicia indígena se refiere a la capacidad de utilizar el subterfugio o el engaño para salir avante de una situación difícil. Hay quienes defienden la expresión diciendo que se refiere es al ingenio y creatividad que los colombianos necesitamos para resolver nuestros problemas, a pesar de las muchas privaciones que tenemos, pero lo cierto es que la Real Academia de la Lengua Española reconoce ocho acepciones para la palabra “malicia” y las ocho son relacionadas con la maldad. La tercera definición sería la más adecuada para el infame término: “Inclinación a lo malo y contrario a la virtud.”

«Indios maliciosos«

El «Indio Amazónico»

Hasta aquí se entiende que lo indígena se relaciona comúnmente con el atraso, la pobreza y la trampa. Otra asociación que se hace con frecuencia con lo indígena es la brujería y otros tipos de prácticas oscuras y esta vez, parte de la responsabilidad recae sobre uno de los “indios” más famosos de Colombia: El Indio Amazónico.

Luis Antonio Rueda Hernández, que era su verdadero nombre, ni era indio ni era amazónico. Nació en San Vicente de Chucurí, Santander. Estudió hasta tercer grado de primaria y se hizo zapatero en su pueblo. Ya adulto, Luis Antonio viajó a Bogotá a probar suerte y haciendo uso de su malicia indígena, se convirtió en dentista empírico, a punta de pagarle clases particulares a estudiantes de último semestre de odontología. Con el tiempo dicen que llego a tener 35 consultorios odontológicos por toda la ciudad.

Al tiempo que extendía su franquicia odontológica, empezó a viajar al Putumayo donde aprendió de indígenas de verdad los secretos del yerbaterismo y la magia indígena. Con este conocimiento, empezó a involucrar “terapias energéticas y chamánicas” en sus consultas odontológicas, lo cual, en la crédula y necesitada sociedad bogotana de clase baja del siglo XX, era más demandado y rentable que las endodoncias y las profilaxis.

Fue así como el zapatero-odontólogo-yerbatero Rueda se aderezó con collares de colmillos, una corona de plumas, se atravesó una pluma en la nariz y transformó su consultorio dental de la Avenida Caracas con Calle 39 en el Templo del Indio Amazónico. Yo recuerdo este lugar porque durante mis primeros años de universidad, todos los días pasaba por el frente de aquel local y era imposible no distraerse observando el retrato del “indio” en el aviso del local o el cristo a tamaño real con los brazos abiertos o el gigantesco buda dorado que recibía a los clientes en la entrada.

Allí acudían cientos de personas a comprar amarres con sus seres queridos, enderezar maridos infieles, sacar brujerías, quitarse la “sal” que es como se le dice en Colombia a la mala suerte, y algunos dicen que también hacerles daño a los enemigos con la ayuda de la magia negra. Un familiar de Luis Antonio declaró en una entrevista que el Indio Amazónico logró amasar una fortuna de 500 millones de dólares y que en los tiempos de los secuestros de la guerrilla, tuvo que radicarse en los Estados Unidos donde montó sucursales de su templo en Los Ángeles y Nueva York.

El Indio Amazónico murió de 84 años en Los Ángeles en 2011. Según el artículo en el que me basé para esta historia, murió sólo, abandonado a su suerte, víctima de la diabetes y de una enfermedad dolorosa que le llenó el cuerpo de hongos. Una suerte difícil de creer para alguien con 500 millones de dólares en el banco y la malicia indígena suficiente para convertirse en odontólogo, indio y amazónico sin ser nada de lo anterior. Una completa muestra de malicia no-indígena.

Clientes del Indio Amazónico en su desaparecido templo de la Av. Caracas

El Indio Amazónico fue el pionero de una cantidad de supuestos indígenas con poderes sobrenaturales que lo único que hacían – y hacen – es estafar a los incautos. Muchos se anuncian en volantes mal impresos y con errores ortográficos y los más exitosos lo hacen en diarios de poca circulación, usualmente amarillistas, con títulos como “el chamán llanero”, “el brujo chamán” y otros.

Ya he contado en este podcast que incluso yo mismo participé de una transacción comercial estilo Indio Amazónico, cuando varios miembros de la comunidad Muisca acompañamos al abuelo Suagagua a cumplir con un contrato con el cual él se comprometió a impedir que lloviera durante el festival de música Nemcatacoa en 2010 (Ver: T3E1: La Común – Unidad).

En fin, los indígenas en Colombia siempre se han asociado a atraso, pobreza, malicia y brujería. Esto es algo que no surgió recientemente ni de forma natural. Al leer las crónicas de la conquista española uno se encuentra referencias constantes a supuestas costumbres libertinas, maliciosas, barbáricas o directamente demoníacas por parte de los indígenas americanos.

Un ejemplo es este fragmento de la Memoria sobre las antigüedades Neogranadinas de Ezequiel Uricoechea:

“Pues para que mejor se entienda la que aquí hay, digo, que entre las demás supersticiones que tenían los indios de este Nuevo Reino (de que después hablaré muy largo) en ofrecer sacrificios a sus fingidos y falsos dioses, sino porque el demonio, cuyas eran las trazas por donde estos miserables se gobernaban, se las tenía dadas, de manera que lo honrasen a él en las aguas, queriendo con su depravada voluntad igualarse con esto con Dios, que tanto se da por honrado y servido en las aguas, como lo dio a entender luego a los primeros pasos de la creación del mundo, cuando el espíritu del Señor anduvo sobre las aguas”

Ezequiel Uricoechea

Sé que parece que el autor estuviera borracho, pero la redacción es confusa porque está escrito en el español que se hablaba a mediados del siglo XIX. Lo importante es que el fragmento muestra los sesgos eurocentrista y católico de la crónica, a pesar de que el autor era un médico graduado de la universidad de Yale. Los términos indio, miserable, depravado y falso suenan sospechosamente similares a los términos peyorativos que hemos venido discutiendo que se han asociado a los indígenas.

Ezequiel Uricoechea no era español, nació en Santafé de Bogotá pero es evidente su desprecio por la cultura Muisca, sesgada por la religiosidad católica de la época, para la cual todo lo que no correspondiera con los cánones del Vaticano, era considerado demoníaco y pervertido. Es así como los propios indígenas fueron adoctrinados para ver sus costumbres ancestrales como obra del demonio y el origen de todos los males de sus vidas.

Recuerdo que hace unos años conocí una pequeña iglesia en el municipio de Corrales en Boyacá, que me llamó la atención porque gran parte de la decoración interior consistía en rostros demoníacos, calaveras y otras imágenes grotescas, que terminaban de oscurecer la de por sí sombría imagen del cristo ensangrentado y moribundo.

Dicen los guías del pueblo que la razón por la que aquel templo tenía esas imágenes era porque se trataba de una capilla doctrinera, que era donde los indios eran obligados a asistir para recibir doctrina católica. Entonces les enseñaban que todos esos demonios eran sus costumbres “depravadas” y que solamente la palabra de Dios y ese pobre cristo maltrecho los podrían salvar de las llamas del infierno que les aguardaban después de su muerte.

Poco a poco los Muiscas fueron perdiendo sus dioses; sus santuarios naturales como los cerros del padre y de la madre en Bacatá fueron coronados con sendas iglesias para reemplazarlos por los actuales templos de Monserrate y Guadalupe, su hoska y ambil eran confiscados y en lugar de sus mantas y bellos collares, los colonos los ataviaron con ropas usadas y camándulas.

Las primeras generaciones en recibir la lobotomía catolizadora siguieron honrando sus creencias en secreto, pero sus hijos, educados a la fuerza por sacerdotes y monjas católicas, terminaron por cuestionar las creencias de sus padres, más tarde las desecharon y con el tiempo, los propios muiscas, ahora autoidentificados como campesinos se volvieron implacables jueces de las costumbres de sus ancestros y aprendieron a llamar a sus propios semejantes “miserable”, “atrasado”, “indio zarrapastroso”.

Indios buenos

El Indio Rómulo en una de sus presentaciones

El primer indígena famoso que conocí en mi vida fue el “Indio Rómulo”, un poeta folclorista de origen boyacense que al igual que el indio amazónico no era indio, aunque sí se llamaba Rómulo.

Bueno, no era indio al principio porque como casi todos los Muiscas adoctrinados y sus descendientes, Rómulo se veía a sí mismo como un campesino, y de hecho, el primer nombre artístico que adoptó fue el de “El Campesino Boyacense”, pero como veremos más adelante, Rómulo terminó por reconocer su linaje ancestral indígena para convertirse no solo en el primer indio famoso de la Colombia del siglo XX, sino también el primer indígena autorreconocido como tal, en hacerse famoso.

Lo suyo era la poesía y profesaba un amor contagioso por los versos autóctonos, cargados de sátira y protesta social. De forma similar al indio Amazónico, el Campesino Boyacense abandonó su Monguí natal para probar suerte en la capital.

En Bogotá estudió teatro al tiempo que seguía declamando poesías propias y ajenas, y gracias a su talento fue uno de los primeros artistas en inaugurar la Televisora Nacional de Colombia durante el gobierno del General Gustavo Rojas Pinilla en 1954.

Esta nueva vitrina lo convirtió en personaje nacional, especialmente apreciado por el campesinado, la clase obrera y los amantes del folclor. Empezando los años 60, Rómulo ya era toda una celebridad y en la prensa lo empezaron a llamar el “Indio Rómulo”, seguramente por su piel cobriza y facciones raizales. Algo que ya habían hecho antes con el caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán, a quien por el mismo motivo pero probablemente con un tono más ofensivo, clara cuenta del solapado racismo colombiano, también lo habían apodado “el indio”. Pero entonces el propio presidente de la época Alberto Lleras Camargo, retó a Rómulo a aceptar su ancestralidad y cambiarse el mote de Campesino Boyacense por el ya popular “Indio Rómulo”. (Fuente: Indio Rómulo: esta es la historia del inolvidable personaje (elpais.com.co))

Así lo hizo y durante décadas, el Indio Rómulo se hizo a un espacio en el corazón de los colombianos, muchos de quienes por primera vez encontraron en él un referente positivo para la identidad indígena. Quienes conocieron y admiraban a Jorge Eliecer Gaitán, habían aprendido a ver en su fenotipo muisca un motivo de orgullo, confianza e identidad, pero los más jóvenes tuvieron esa oportunidad con el Indio Rómulo.

Cuando yo era niño, mis padres tenían un LP del Indio Rómulo en casa y a pesar de que no heredé la habilidad, sí el gusto de mi padre por la poesía, sobre todo si era escatológica. Así que escuché muchas veces una de las poesías más famosas del Indio Rómulo: El Poema al Peo

En los últimos años, ya en su vejez el Indio Rómulo fue quedando en el olvido y las nuevas generaciones cada vez menos interesadas en el folclor, seguramente nunca habrán escuchado hablar de Rómulo. En Julio de 2020, con 89 años, el Indio Rómulo se convirtió, desafortunadamente, en una de las miles de víctimas mortales de la pandemia del Coronavirus.

Con el desvanecimiento del Indio Rómulo de la escena pública, desaparecieron los referentes populares de lo indígena y la imagen negativa de los indígenas volvió a prevalecer. Otro campesino boyacense que se hizo famoso a finales del siglo XX, parecía llamado a tomar el lugar del Indio Rómulo en el imaginario popular del nuevo Muisca, pero Jorge Velosa, uno de los grandes folcloristas de Colombia, dedicó su vida a exaltar la imagen del campesinado Cundiboyacense pero nunca llegó a autorreconocerse como indígena.

A pesar de esto, el Maestro Velosa honraba su ancestralidad Muisca. Esto lo sé porque alguna vez le preguntaron qué opinaba de que la Academia Colombiana de Ciencias Exactas hubiera nombrado dos nuevas especies de ranas que se encontraron en la cordillera oriental de Colombia en su honor y el de la música que interpretaba. Las nuevas especies se llamaron Eleutherodactylus carranguerorum y Eleutherodactylus jorgevelosai.

Jorge Velosa contestó:

Hay coincidencias aparentemente extrañas. Los muiscas –nuestros ancestros– creían que las ranas eran el alimento de Sua, el dios sol, y ellas tuvieron mucho peso representativo en su cultura; de eso dan fe bastantes jeroglíficos. De modo que por intríngulis de la vida, sigo siendo gratamente parte de esa cultura a través de mi ritual carranguero.”

Jorge Velosa
Jorge Velosa

Indios Espirituales

La reivindicación de lo indígena en la cultura popular del siglo XX, fue menoscabada por la imagen negativa que los muchos “indios brujos” como el Indio Amazónico, causaban con sus estafas y engaños. La televisión ayudó a amplificar ese estereotipo con la representación de indígenas como pordioseros que con frecuencia practicaban la brujería, pero entonces, en el albor del nuevo milenio, con el declive de la influencia de la Iglesia Católica en la sociedad colombiana y la proliferación de movimientos y saberes conocidos como Nueva Era, los Indígenas en Colombia tuvieron un “reencauche” con la nueva perspectiva de espiritualidad ancestral conectada con la naturaleza.

Las tomas de yagé empezaron a llegar a las ciudades de la mano de los indígenas Inga y Cofán principalmente y se empezó a hacer cada vez más común la presencia de mamos de la Sierra Nevada de Santa Marta compartiendo su visión de comunión con la Tierra y cuidado del medio ambiente, llegando en muchas ocasiones incluso a exigir al gobierno nacional respeto y protección para sus territorios sagrados, particularmente afectados por la explotación Minera de las empresas Anglo American y Glencore en la Guajira.

Los indígenas U’wa de la Serranía del Cocuy y Güicán recibieron la atención de los medios cuando se enfrentaron a las multinacionales OXY y SHELL para proteger también su territorio sagrado de la depredación causada por la exploración petrolera. Llegaron a amenazar con ejecutar un suicidio colectivo si sus demandas no eran atendidas y con ello lograron detener numerosas exploraciones que habrían arrasado con páramos y nacimientos de agua.

Los millenials colombianos que también crecieron escuchando todos los adjetivos peyorativos asociados a los indígenas, se dieron cuenta de que en la cultura ancestral había una sabiduría y una fortaleza que ningún otro renglón de la sociedad había expresado. Por esta razón, y a pesar del casi nulo cubrimiento de los medios tradicionales a los temas indígenas, los jóvenes, sobre todo estudiantes universitarios se volcaron a las plazas públicas, sitios de tertulia como la maloca del jardín botánico de Bogotá y otros escenarios, para escuchar la palabra de los indígenas.

Inicialmente motivados por los reclamos ambientalistas, muchos jóvenes fueron cautivados por muchos otros aspectos del pensamiento indígena, como su concepto de comunidad, la importancia de los mayores, la visión de la espiritualidad como una experiencia constante de la vida diaria que requiere una conexión consciente con el territorio de origen, el territorio en el que se labora y el territorio interno. En fin, el pensamiento indígena se convirtió en un bálsamo para una generación ávida de propósito e identidad.

En este nuevo escenario, muchos mestizos nacidos en la ciudad, o en el campo pero lejos de los resguardos, que sin embargo sentían una fuerte conexión con lo indígena, encontraron la sincronía perfecta para salir a la luz, vestirse con los atuendos que reflejaban su identidad y reconocerse como indígenas. Tal fue el caso de los abuelos Musicas de los que he hablado en varias oportunidades. Todos ellos se autorreconocieron como indígenas y muchos se unieron a los indígenas de nacimiento en sus reclamos por el cuidado de la tierra y la protección de su cultura.

En los últimos 15 años, la imagen de los indígenas en Colombia ha disfrutado de una reivindicación que no habían logrado ni siquiera el Indio Gaitán ni el Indio Rómulo y gracias a las redes sociales, sus causas y sus enseñanzas encontraron un nuevo espacio para existir y florecer. Yo me autorreconocí como Muisca con orgullo principalmente por la conexión espiritual que sentí con las enseñanzas de los abuelos, pero con la motivación de hacer una declaración, simbólica y personal de que a pesar de que han pasado siglos, los doctrineros no pudieron borrar el pensamiento indígena de mi ADN y a pesar de las calaveras y las caras grotescas, decido volver a mis lagunas y mis montañas y dejar a Cristo allá en su cruz.

Honestamente, yo pensaba que mi declaración y la de mi familia eran como los cantos de unas pocas golondrinas que no hacen primavera, pero en 2019, el periódico de la Universidad Nacional reveló que según el censo del DANE, la población indígena de Colombia entre el 2005 y 2018 aumentó un 36%, principalmente en zonas de influencia de cabildos y resguardos tradicionales, pero también de forma significativa en las ciudades capitales donde el autorreconocimiento ha sido la forma más importante de crecimiento de la población indígena.

En blanco y negro

Si bien el recorrido que he hecho pareciera demostrar que la visión negativa de los indígenas era solo una construcción perversa del catolicismo y que gracias a los procesos de reculturización y autorreconocimiento, ahora se ha hecho justicia y los indígenas han demostrado ser una población más justa, sabia y honorable, desafortunadamente la realidad es más compleja y como siempre, está llena de matices.

En primer lugar, mi experiencia con la comunidad Muisca, como saben quienes han seguido la historia de mi camino espiritual, tuvo sus luces y sus sombras. Algunos abuelos han exaltado la identidad indígena con su trabajo, activismo y enseñanzas pero otros han utilizado su fama e influencia sobre las personas para satisfacer sus codicias personales o para manipular a quienes creen en ellos (Ver: T3E8: Los Pecados de los Abuelos).

Dos casos cercanos pueden ilustrar mejor esta realidad dual de los indígenas autorreconocidos. El primero, que considero positivo y loable es el del abuelo Xieguazinsa Ingatyba Neusa, quien como he compartido en otros episodios, es el abuelo a quien considero poseedor del mayor bagaje de conocimientos tanto espirituales como políticos de lo indígena en general pero de lo Muisca en particular.

Abuelo Xieguazinsa a la izquierda durante una Minga Indígena

Xieguazinsa, quien se desmarcó del abuelo Suagagua Ingatyba Neusa y del proceso de la comunidad Muisca de Bacatá como resultado de su inconformidad por los malos manejos que su hermano venía dándole a la comunidad de la que algún día fui parte, ha venido trabajando incansablemente por recomponer la memoria y la identidad del pueblo Muisca en el departamento de Boyacá.

Su causa, que ha logrado el apoyo de la academia, otras comunidades indígenas y finalmente del gobierno municipal, ha dado frutos como el reconocimiento de un cabildo Muisca en la ciudad de Tunja, formado por campesinos que se autorreconocen como indígenas y trabajan juntos para recomponer los usos y costumbres que les fueron arrebatados hace siglos.

Quizás más importante aún es que con su palabra, el abuelo Xieguazinsa ha logrado inspirar a cientos de personas de todas las edades para que se sientan orgullosos de su herencia ancestral y aprendan a combinar el celular y el laptop con la ruana y el tabaco. Quienes quieran conocer el trabajo del abuelo Xieguazinsa y el admirable trabajo que viene realizando, los invito a ver el siguiente video en el que él mismo describe su lucha y sus anhelos:

La otra cara de la moneda es otro mestizo que se autorreconoció como indígena y que llegó a tener mucho poder e influencia, pero quien no pudo resistirse a la tentación de la “malicia indígena” y terminó manchando las cosas buenas que logró con faltas tan graves que le merecieron una condena de 19 años de prisión.

El Taita Orlando, como se conocía popularmente a Orlando Gaitán, fue en algún momento el taita yagesero más famoso de Colombia. A su finca en el municipio de la Vega iban semanalmente cientos de personas incluyendo personajes famosos y muchos conocidos míos. Yo nunca participé en ceremonias con Gaitán, pero sí conocí su finca porque fue allí donde se llevó a cabo la ceremonia en la que Paula y yo recibimos nuestra aseguranza de la Sierra Nevada (Ver: T3E3 – La Aseguranza (Parte 1)).

Pensándolo bien, es extraño que durante los 10 años que anduve en el camino del yagé en Colombia, nunca haya tenido la oportunidad de conocer al taita Orlando, ya que conocí a muchas personas que lo seguían y participaban en sus ceremonias. Casi todos los abuelos Muiscas lo conocían y en múltiples ocasiones participaron en actividades conjuntas e incluso mi hija menor fue recibida por parteras que pertenecían a la comunidad Carare, de la cual Orlando era el máximo líder.

El caso es que tal como El Indio Amazónico, El Indio Rómulo o Xieguazinsa, Orlando tampoco nació indígena y sin embargo, se autorreconoció como miembro de la desaparecida etnia Carare, la cual trató con bastante éxito de recomponer gracias a los ingentes recursos que obtenía de sus ceremonias pero sobre todo de contratos con el estado e incluso una entidad prestadora de servicios de salud de su propiedad.

Algunas personas que lo conocían se referían a él como si se tratara de un santo, un hombre con un poder especial que ayudaba a todo el mundo. Sin embargo, esta imagen se derrumbó luego de que en 2012 se hicieron públicas denuncias de mujeres que acusaron a Orlando de haber abusado de ellas mientras se encontraban bajo la influencia del yagé. En total, nueve mujeres interpusieron demandas oficialmente y después de un proceso que duró varios años, un juzgado finalmente lo declaró culpable por tres de las nueve acusaciones (aunque no necesariamente inocente de las seis restantes) y lo condenó a 19 años de prisión, por el agravante de que dos de las denunciantes eran menores de edad en el momento de los abusos.

Hace poco leí un libro que escribió una de las mujeres víctimas del taita Orlando y es desgarrador escuchar el nivel de desesperación y soledad que vivieron las mujeres que fueron abusadas no solamente sexualmente sino también emocionalmente, mientras eran sometidas por un hombre que sabía usar su imagen de santo y poder sobre sus discípulos para saciar su vanidad y satisfacer sus retorcidos deseos.

No entro en más detalles sobre este caso, porque no los conocí de primera mano, pero quienes quieran conocer la experiencia de la autora, los invito a leer el libro “Entre la fraternidad y la violencia. Un caso de neo-chamanismo urbano” de Betty Sánchez Sarmiento. De verdad vale la pena para aprender a reconocer los peligros que entrañan las sectas neo-chamánicas que se han puesto de moda en toda América y de las cuales considero que la comunidad Muisca de Bacatá a la que pertenecí es un ejemplo, si bien no tan escabroso como la comunidad del taita Orlando.

Sería justo decir que en las comunidades indígenas hay primordialmente gente buena y algunas manzanas podridas como en el resto de la sociedad, sin embargo, mi experiencia con indígenas tanto autorreconocidos como nativos es que las condiciones de marginación, pobreza y falta de oportunidades en las que la mayoría de las comunidades indígenas están inmersas, los hace proclives a los comportamientos y actividades característicos de cualquier otro grupo humano en esas condiciones.

Una amiga cercana, que tuvo una relación con un miembro de la comunidad Wiwa de la Sierra Nevada de Santa Marta y vivió allí, me contó cómo el alcohol, la promiscuidad y el machismo son rampantes y terminaron por destruir las posibilidades de continuar con esa relación. Según me decía, los jóvenes wiwa de hoy en día están más preocupados por las fiestas de reggaetón, embriagarse y tener varias mujeres, que en practicar la espiritualidad de los manos o ayudar a la comunidad a prosperar.

Sin embargo, no se debe desconocer el esfuerzo que algunos jóvenes nativos de la Sierra Nevada hacen por cambiar las cosas y destacarse positivamente. Este es el caso del Arhuaco Teyrungūmū Torres Zalabata, quien no solo es bilingüe sino que se convirtió en el primer físico teórico de su comunidad. En su Twitter, combina píldoras de sabiduría ancestral con denuncias de política pública e interesantes avances en el campo de la mecánica cuántica. Todo muy al estilo Espiritualidad y Ciencia!

El Arhuaco Físico en el acelerador de partículas del CERN entre Suiza y Francia

Y ya para terminar, hace poco otra amiga me contó que en una toma de yagé con mi querido Taita Gregorio, a quien admiro profundamente y de quien hablé en un episodio reciente, la mama Carmenza, esposa del taita, le cobró 1’600.000 pesos por unos cuantos brebajes, para supuestamente ayudarle a quitar un espíritu que traía encima. Mi amiga en estado de confusión por el yagé accedió al trato y me dice que más que la pérdida del dinero, le duele la pérdida de confianza en alguien que consideraba una persona correcta. No sé si el taita Grego supo o estuvo de acuerdo con semejante despropósito pero ya incluso yo no sé si puedo volver a recomendar a alguien ir a sus ceremonias después de eso.

Y lo peor es que no es la primera vez que conozco de un caso cercano de abuso económico por parte de indígenas en una toma de yagé. Hace un par de años mis papás estuvieron en una toma de yagé en el Putumayo, con un taita recomendado por una indígena Kamentsa que ha sido amiga de nuestra familia desde hace varios años. Después de la toma, el taita, abusando de saber que mi papá convive con la enfermedad de Parkinson, también les arrancó una fuerte suma de dinero para hacerles un supuesto tratamiento especial que lo curaría del mal. No solamente no se curó del Parkinson sino que además mi papá volvió del Putumayo con una neumonía que duró casi un año en curarse del todo.

En conclusión, ni la imagen de indios atrasados, maliciosos y brujos ni la de hermanos mayores espirituales y bondadosos son exactas. Tampoco hay diferencia entre indígenas nativos y autorreconocidos. Entre las comunidades indígenas están algunas de las personas más sabias y bondadosas que he conocido pero también algunos de los más inescrupulosos e incoherentes.

Tal vez va siendo el tiempo de que al igual que estamos empezando a hacer con las mujeres, los negros y las comunidades LGTBI+, dejemos de etiquetar a las personas por el color de su piel, el lugar en el que nacen, sus usos, costumbres y creencias. Los nuevos tiempos que estamos viviendo requieren, más que nunca, que busquemos tantas perspectivas y visiones como sea posible. Tanto en la sociedad como en el lugar de trabajo y la política, tenemos que vernos como iguales en nuestras diferencias, quitándonos las máscaras y entendiendo que en la espiritualidad, como en la ciencia, blanco y negro no existen, más que como la combinación o ausencia de un espectro infinito de colores.

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INDIGENAS EN BLANCO & NEGRO, es un audio que narra las experiencias de Manuel Avila un joven buscador de saberes en los caminos del indigenismo moderno; quien narra desde su punto de vista, los aciertos desaciertos, los peligros y potenciales allí explorados y que referenciamos como un pie de página en un Comunicado del CONSEJO INDÍGENA MUISCA CHIBCHA BOYACÁ CIMCB ( COMUN. 52.2809/2021 del 28 abril 2021)
:
https://www.facebook.com/photo?fbid=10159274937422390&set=a.10150501170117390

en el marco del PARO NACIONAL, donde aclaramos la usurpación de los saberes ancestrales por parte de sectores de gobiernos, academias organizaciones, colectivos, empresas turisticas, Ong’s, indigenistas; y embabucadores, etc ya que estos fenómenos socioculturales y políticos confunden al publico y fectan de cierta manera la AUTONOMÍA Y LIBRE DETERMINACIÓN DE LOS PUEBLOS NATIVOS en sus: SISTEMA INDIGENA DE SALUD PROPIA INTERCULTURAL SISPI y el SISTEMA INDÍGENA DE EDUCACIÓN PROPIA SIEP Decreto Ley 1953 de 2014.

COMUNICADO CONSEJO INDÍGENA MUISCA CHIBCHA CUNDIBOYACENSE CIMCCB
REGIONAL BOYACÁ
Tunja abril 28 de 2021
PARO NACIONAL POR LA DIGNIDAD:
HUMANA Y DE LOS TERRITORIOS
Compañeras líderes Nación Uwa, Embera Katio y Embera Chamí, demás comunidades indígenas, gobiernos nacional departamentales y municipales, organizaciones sociales, campesinas y populares a Organizaciones no gubernamentales ONG’s,ltiplano en Boyacá y altiplano andino y demás territorios del país:
Las Autoridades Propias de nuestras comunidades son representadas por el CONSEJO INDÍGENA MUISCA CHIBCHA CUNDIBOYACENSE – CIMCCB (2000-2021) máxima asamblea de gobernanza territorial, e igualmente el CABILDO MAYOR MUISCA CHIBCHA BOYACÁ (2010) representa departamentalmente las Comunidades Indígenas del Pueblo Nación Muisca Chibcha representadas igualmente en el Comité Departamental de Etnias de Boyacá Decreto 0256 de 2017 Gobernación de Boyacá (Consultivo de política social departamental). La Sentencia T-792 de 2012 Corte Constitucional supera la discrecionalidad del registro del Ministerio del Interior para nuestras comunidades; e igual hacemos parte de la Coordinación de la Unión de los Pueblo Indígenas de Boyacá CUPIB (2010).
OBSERVACIÓN: Instamos a aquellos Indigenistas del patrimonio cultural y ambiental repitiendo con “discursos eurocéntricos” y de “historias negras inconclusas”, al igual que a ciertos líderes indígenas que también le dan la espalda a nuestros pueblos. Indigenistas politiqueros de Ong’s y de gobiernos que sin respeto a los descendientes originarios manosean, tergiversadores de nuestras culturas, usurpan los derechos de nuestras culturas nativas desde fronteras étnicas, sean respetadas. 

https://www.facebook.com/photo?fbid=10159274937422390&set=a.10150501170117390

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