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T5E2 El miedo a nacer: Un ensayo sobre la obsesión

Saliendo de la Matrix
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T5E2 El miedo a nacer: Un ensayo sobre la obsesión
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Haber sido diagnosticado con trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) y ansiedad fue uno de los eventos más reveladores de mi vida, porque me ayudo a comprender muchas cosas que – hasta ese momento – me parecían o triviales o extraordinarias.

Ne explico: Consideraba normal mi obsesión con libros, artistas, películas, proyectos o personas. Tal vez no comunes, pero sí dentro del espectro de lo normal. Al mismo tiempo, mis compulsiones, que como describí en el episodio anterior, consistían en movimientos involuntarios, rituales supersticiosos y morderme las uñas, sí me parecían raras, incómodas y vergonzosas.

Después de investigar sobre la condición que me fue diagnosticada, aprendí que el TOC es relativamente poco común, con apenas un 1.2% en adultos diagnosticados[1]. El problema es que la estadística que encontré se basaba en estudios realizados en los Estados Unidos. Luego encontré unos estudios del año 2,000 en Colombia y para mi sorpresa, en mi país, la condición afecta al triple de la población con un 3.6% del total[2].

La mayor parte de mi investigación en ese momento se centró en las características de la condición y estrategias para controlar mi crisis de ansiedad. No ahondé más en la parte estadística, pero con lo que encontré, ya me fue posible sacar algunas conclusiones: La primera era algo que sospechaba: vivir en un país con tanta violencia aumentaba considerablemente la posibilidad de sufrir de algún problema de salud mental.

La segunda conclusión tiene que ver con esa doble manifestación del TOC en quienes vivimos con ello: las obsesiones y las compulsiones. Como mencioné hace un momento, las obsesiones me parecían normales, pero siendo honestos, podría decir que me hacían sentir orgulloso. En cambio, las compulsiones me causaban incomodidad y vergüenza, pero en realidad los dos aspectos son caras de una misma moneda.

Entonces me di cuenta de que esa percepción tan desequilibrada reflejaba en gran medida la cosmovisión del mundo occidental, especialmente en Colombia, por un lado, sobre lo que se considera normal o deseable y por otro sobre lo que nos causa vergüenza. Vivimos en una cultura en la que obsesionarse se ve como algo positivo: Admiramos a los “genios” que no descansan hasta que logran algo extraordinario, que sacrifican horas de sueño y ocio por alcanzar sus metas, lo que en Colombia llamamos “garra”.

Esto es más evidente en el mundo empresarial, particularmente con el mito del emprendedor. De quien construye su propia empresa, se espera que se entregue al 100% a su proyecto, que sacrifique el tiempo que de otra forma dedicaría a su familia y que aprenda a levantarse de las caídas todas las veces que sea necesario hasta que logre su meta.

Lo he visto con mucha frecuencia en el famoso programa de televisión americana “Shark Tank”, del que creo que se han hecho algunas versiones en Latinoamérica. En muchos episodios se puede ver que uno de los pecados más graves que puede cometer el emprendedor que está presentando su proyecto, es el de declarar que está incluyendo un salario decente entre los gastos de su empresa.

Otras veces, los “tiburones” los fustigan por falta de “hustle” que en español colombiano traduciría como “darse la pela” o “sacrificio”. El emprendedor no puede descansar los fines de semana, tomar vacaciones ni sentarse a esperar que las cosas se den. Como un deportista de alto rendimiento, debe programarse para ganar y dejar todo lo demás en un segundo plano.

Lógicamente, ser obsesivo con el trabajo, el estudio, las metas, la aprobación de los padres o el favor del jefe, es algo que en nuestro mundo capitalista se estimula y se premia. Las personas obsesivas pueden ser los mejores vendedores, empleados y sobre todo clientes que una empresa puede tener. El problema, es que el precio de ese rasgo de personalidad es una tendencia muy elevada a la ansiedad.

La razón es que las obsesiones, al igual que las adicciones, no se basan en lograr alguna meta, sino en perseguirla indefinidamente. La tragedia de quienes tendemos a obsesionarnos es que creemos que la obsesión es una etapa temporal, que se terminará cuando hayamos obtenido lo que sea que buscamos.

Dos caras de una misma moneda

Pero lo que realmente sucede es que una vez que hemos logrado esa meta, inmediatamente buscamos una nueva meta que perseguir. Bueno, esto es algo que no solamente describe al trastorno obsesivo compulsivo, sino que de alguna manera afecta casi a todos lo que vivimos en el modelo capitalista moderno. Claro está que para quienes lidiamos con el TOC, esa búsqueda incesante de “proyectos”, hobbies, tareas o rutinas es más evidente y destructiva.

La otra diferencia importante con la obsesión “normal” es el asunto de las compulsiones, que son esa otra cara de la moneda del TOC.  Se llaman compulsiones porque son actos, generalmente repetitivo, sobre los que se tiene muy poco control. No son necesariamente involuntarios porque uno puede elegir no hacerlos, pero se siente como si al evitarlos fuera creciendo una presión por dentro que sólo se alivia dejándolos ser.

Como dije antes, yo he tenido muchas compulsiones a lo largo de mi vida. Algunas de ellas evidentemente irracionales, pero otras que parecerían normales y hasta deseables. Por ejemplo, una de las compulsiones irracionales contra las que luché durante mi infancia era que a menudo sentía la necesidad de hacer un silbido suave en una nota e intensidad particulares.

Lo hacía generalmente cuando estaba solo, pero a veces también delante de otras personas. Yo sabía que era un impulso sin sentido, pero aún así, si trataba de contenerlo sentía como un cosquilleo en los labios, una molestia general que me intranquilizaba. Entonces me mordía los labios o los frotaba con fuerza con la mano, pero lo único que lograba era reemplazar una compulsión con otra.  Eventualmente cedía a ella o me distraía haciendo alguna cosa y la compulsión se desvanecía, hasta que en algún otro momento aparecía nuevamente.

Luego vinieron las compulsiones religiosas, que surgían cuando me sentía inseguro andando por las calles bogotanas. Para vencer el miedo, repetía oraciones mentalmente o me persignaba rápidamente cada pocos minutos. Era un poco como la típica compulsión que se asocia con el TOC, cuando la persona se obsesiona con los gérmenes y la suciedad y siente que tiene que lavarse las manos varias veces al día y por varios minutos para dejar de estar contaminado.

Esas son las compulsiones que se perciben negativamente, por su irracionalidad y porque se ven como una pérdida de tiempo. Pero también están las compulsiones funcionales, que son las que la sociedad valora positivamente. En mi caso, siempre vi como una virtud mi obsesión por la productividad, es decir, por aprovechar el tiempo de la forma más eficientemente posible.

Por ejemplo, siempre me ha causado mucha inquietud tener mensajes sin leer en mi buzón de correo electrónico o en mis mensajes de texto. Mi instinto es responder inmediatamente el mensaje o completar la tarea que me estén asignando – si se trata de un correo de trabajo – y archivar o borrar el mensaje rápidamente.

También me sucede con mis finanzas personales, donde siento la necesidad de manejar los gastos familiares organizándolos por categorías, controlándolos por presupuestos y generando reportes mensuales. También me pasa con mi colección fotográfica que ya ronda las 25,000 imágenes. Muchas personas hoy en día cargan sus fotos automáticamente a la nube con Google Photos o iCloud, pero no las vuelven a mirar hasta que la aplicación se las recuerda un año más tarde.

Pues bien, para mi no es tan fácil: Yo tengo mis fotografías organizadas en carpetas por año y mes. Con frecuencia las reviso para borrar duplicados, fotos demasiado parecidas o mal tomadas y utilizo una aplicación para etiquetar a las personas que aparecen en cada foto. Si fuera fotógrafo, esa compulsión podría verse como parte de una obsesión funcional, pero en mi caso, las horas que invierto en esta tarea, difícilmente se ven compensadas de forma tangible.

Lo que tienen en común todos estos ejemplos es que, aunque en apariencia, esas acciones corresponden con un objetivo funcional como ser eficiente en el trabajo, organizado en las finanzas o tener una colección fotográfica excepcional, en realidad se trata de compulsiones disparadas por las obsesiones que las provocan.

En el caso de mi afán por contestar mensajes, se trata de la respuesta impulsiva que surge de mi obsesión por estar “al día”, por no dejar pasar algo importante por alto. Esta obsesión también me lleva a leer las últimas noticias sobre los temas que más me interesan como la guerra en Ucrania, la economía global o los avances en inteligencia artificial. Asimismo, mis compulsiones de anotar todos mis gastos y tabularlos o etiquetar fotos, tienen que ver con mi obsesión por mejorar la economía familiar y optimizar el acceso a mis recuerdos, respectivamente.

Pero estas justificaciones: estar al día, aumentar la prosperidad u organizar los recuerdos familiares, son tan solo la manera “embellecida” de ver mis compulsiones. En realidad, detrás de cada una de ellas hay una motivación menos decorosa: el miedo a perder el control.

El origen de la obsesión: el miedo

Y es que, en el fondo, la exploración de mis obsesiones me permitió ver un común denominador que es la necesidad de sentir que tengo el control sobre todos los aspectos de mi vida. Mi obsesión no es estar al día con las noticias y las tareas. Es no perderme de algo importante, no defraudar a quienes confían en mí. Mi obsesión no es tener más prosperidad o mejores recuerdos familiares. Es no arriesgarme a perder dinero o no encontrar mis valiosos recuerdos.

Parece que se tratara de lo mismo, sólo que viendo el vaso medio vacío en vez de medio lleno, y en cierta forma es así. Pero hay una diferencia importante: que las obsesiones en realidad no provienen del anhelo sino del miedo. Muchas de las cosas que hacemos todos los días y que parecen nobles o provechosas, en muchos casos surgen del miedo a perderlas y no del amor hacia ellas.

Entender esto me hizo cambiar la perspectiva sobre muchos aspectos de mi vida. Me di cuenta por ejemplo que mi obsesión por escuchar a mis amigos y brindarles consejo, no solamente surgía de mi interés por sus vidas y el deseo de ayudar, sino también de mi miedo a no ser importante para ellos.

Los miedos, como ya hemos tratado ampliamente en este podcast, son una característica eminentemente humana e incluso yo diría que inherente a la vida, incluso vegetal. El problema es que los humanos nos hemos especializado en acumular miedos infundados que no solamente no cumplen su supuesto objetivo de alejarnos del peligro, sino que nos encierran en una jaula de limitaciones que nos impide vivir plenamente e incluso muchas veces también nos termina hundiendo en el fango de las propias cosas de las que ese miedo supuestamente nos quiere proteger.

Pero volvamos a las obsesiones: surgen de unos miedos específicos, pero lo que pude encontrar revisando cada uno de ellos, es que detrás de ellos, siempre se encuentra alguna forma de un mismo miedo primario, que es el miedo a no tener el control. El miedo a no tener el control sobre el cariño de mis amigos, sobre mis finanzas, sobre mis recuerdos, sobre el día de mi muerte, sobre lo que le pueda pasar a las personas que amo y como me llegó a suceder, incluso el miedo a no tener el control sobre mis propios actos.

¡Qué cosa tan jodida! Lo que me llevó a perder el control de mi vida a principios de 2017 fue justamente el miedo a no tener el control de mi vida. Y el miedo a no tener el control de la vida se puede resumir con menos palabras diciendo: “el miedo a vivir”.

El miedo a nacer

Porque pareciera que el miedo que me atormentó en ese tiempo y que aún de vez en cuando hace que me corra un escalofrío por la espalda fuera el miedo a la muerte; la mía propia o la de quienes amo. Pero el miedo a la muerte es un sinsentido, no le podemos tener miedo a algo que nunca hemos vivido, sentido, que no podemos imaginar y que tampoco conoceremos nunca porque cuando estemos muertos ya no estaremos ahí para experimentar lo que es estar muerto.

Pero sí conocemos el abandono, desde que fuimos arrojados del vientre de nuestras madres después de haber sentido que el universo era tan solo esa matriz cálida y pródiga que nos abrigaba. Entonces a lo que le tenemos miedo en realidad es a nacer, porque cada vez que sentimos que estamos nuevamente en un lugar cálido, seguro y confiable, sabemos que algún día seremos arrojados de allí y volveremos a encontrarnos indefensos y cegados por la luz de un mundo desconocido.

Los “coach de vida” – tan famosos últimamente – llaman a ese lugar cálido del que tememos ser expropiados “la zona de confort”. Pero yo creo que es mucho más que una zona, es el universo que creemos que habitamos porque lo creamos en nuestra mente juntando los bloques de control que creemos tener sobre ideas, conceptos, recursos, personas y situaciones. Tal vez te haya sucedido también, que justo cuando sentiste que todo en tu vida estaba encajando bien: buena salud, una buena relación, un buen trabajo, una linda casa y hasta una mascota, entonces aparece un brote de miedo que a veces va creciendo y de a pocos se esconde detrás de inconformismo o aburrimiento.

Es el famoso miedo a que las cosas vayan demasiado bien, porque como dicen, cuando se llega a la cúspide solamente se puede ir hacia abajo. Por eso le tenemos miedo a la felicidad: porque cuando la sentimos, el miedo a perderla puede llegar a ser un sentimiento mucho más intenso que la propia felicidad. Así que más vale sacudir el bote y dejar volar la quimera para que la amenaza de su abandono no nos siga atormentando.

Esa es la gran tragedia que vivimos casi todos los humanos en algún momento de nuestras vidas. La mayoría sin percatarse siquiera de que se trata de un castigo autoinfligido. Para quienes vivimos con trastorno obsesivo-compulsivo, un poco más dramático y hasta cómico cuando se considera lo ridículas que pueden ser las compulsiones con las que pretendemos aplacar la implacabilidad del azar.

Yuval Noah Harari, de quien ya saben que soy un gran admirador, reflexiona en su best seller que el Homo Sapiens ha evolucionado para buscar la felicidad, pero no para encontrarla. En nuestro ADN parece estar grabada la maldición de Sísifo, ese ser mítico que fue castigado por los dioses por engañar a la muerte y obligado a empujar eternamente una roca cuesta arriba, solo para que ésta rodara de nuevo hacia abajo cada vez.

Buscando un camino para escapar

Al parecer estamos condenados por nuestra propia naturaleza y esa condena es precisamente los que Gautama el Buda entendió sentado bajo el árbol de ficus religiosa: nunca podremos encontrar la felicidad – o la iluminación – mientras sigamos atrapados en los círculos interminables de apego y rechazo, o de deseo y miedo, que es la otra forma de verlo: el deseo de controlar; el miedo a perder el control.

Una de las funciones que cumple la religión es precisamente la de ayudarnos a sobrellevar la carga de esta angustia, dándonos la idea de un ser supremo, benévolo y omnipotente que se hace cargo de esas cosas que no están bajo nuestro control. Como bien sabía Maria Eugenia, mi terapeuta, cuando me sugirió que le entregara a Jesucristo la carga de mis tristezas. Con la ayuda de la religión, la ansiedad de control debería ser inversamente proporcional a la fuerza de nuestra fe.

Ese fue precisamente el conflicto que enfrenté en 2017 cuando sufrí mi crisis de ansiedad. Llevaba muchos años usando la fe para resolver la angustia existencial de no tener control sobre el azar. En mi infancia y adolescencia fue la fe católica la que acogí como refugio. Luego, en mis veintes, que es la edad en la que muchos nos sentimos invencibles e inmortales, me dejé llevar por ese azar, sin pensar mucho en las consecuencias y simplemente viviendo un día a la vez.

Pero llegando a los treinta, fue precisamente la angustia acumulada de no sentir que tuviera el control sobre mi vida, lo que me llevó al yagé y a la espiritualidad. La ayahuasca me hizo renacer y me abrazó con una renovada sensación de seguridad y control que no sentía desde mis días del grupo de oración con mi padrino Diego.

El yagé me mostró que mi vida estaba predestinada al éxito y la felicidad, siempre y cuando me mantuviera fiel a mi nuevo camino de servicio y trabajo espiritual. Eso era exactamente lo que necesitaba creer: que había una fórmula, una receta que si seguía con cuidado me permitiría alcanzar lo que deseaba y de paso, estar a salvo de los peligros que acechan en el mundo.

Pero con el paso del tiempo, esa nueva fe se fue deteriorando al igual que pasó antes con la religión. A pesar de lo real, poderoso y tangible que era el mensaje místico que recibía en cada ceremonia, su efecto duraba cada vez un poco menos. Además, después de empezar a tener algunos malos viajes enteogénicos, tenía también que lidiar con la posibilidad de que esas visiones oscuras y trágicas fueran también premonitorias.

En otras palabras, sentía que podía entregarle mi confianza a la protección del yagé pero a la vez temer el castigo si llegaba a desobedecer sus mandatos. Pero ahí estaba el detalle, tenía que entender primero, sin lugar a dudas, cuáles eran esa reglas y obligaciones que yo debía cumplir para que el yagé mantuviera su promesa, pero el propio yagé me la ponía difícil mostrándome una y otra vez instrucciones en conflicto, si no en franca oposición.

Esa nueva búsqueda me llevó a la ancestralidad, o espiritualidad indígena y la ancestralidad me llevó a la gnosis y otras formas de esoterismo. A diferencia de la Espiritualidad, que no prescribe fórmulas ni exige prácticas específicas, el esoterismo sí que tiene recetas, mandamientos, prohibiciones, ceremonias y rituales. Todo un arsenal en contra de la angustia de no tener el control y un festín para los adictos a la obsesión como yo.

En ese camino conocí muchas personas obsesivas con lo esotérico. Algunos coleccionaban amuletos, talismanes y reliquias, otros, libros, y los que más, objetos chamánicos, incluyendo collares, instrumentos musicales y vestiduras. Yo, cómo no, acumulé de todo lo anterior, llegando en algún momento, a tener la decoración y biblioteca de mi casa, compuestas en su mayor parte por ese tipo de cosas.

Las compulsiones también estaban a la orden del día: algunos amigos memorizaban conjuros y rezos, incluso en varios idiomas, otros se sometían a inagotables maratones de círculos de palabra y ceremonias. Casi todos los abuelos de la comunidad Muisca adquirieron el hábito de calar sus poporos por horas de corrido, hasta que aquello se convirtió en una aparente compulsión: era una competencia de egos mascando coca, chupando ambil, ensalivando cal y untando babaza en sus calabazos, para medir unos con otros el tamaño de sus poporos y de esta forma estimar cuál de ellos tenía la espiritualidad más dura y grande.

Otras compulsiones comunes que vi eran hablar por horas y horas sobre lo que fuera saliendo de la mente sin reparo por la veracidad o coherencia de lo que se decía y también para algunos escribir cuartillas sin fin sobre temas igualmente desordenados e incoherentes. El más claro ejemplo que tengo de esto último fue el abuelo Juver, de quien tuve en mis manos material suficiente para producir una enciclopedia de tamaño mediano, escrito en un lapso de no más de tres años.

El propio Samael Aun Weor fue tan prolífico que durante su vida pública publicó por lo menos 60 libros de su puño y letra. Una fertilidad intelectual que sólo se logra cuando se cree que es posible alcanzar la verdad por pura inspiración divina y no se pierde tiempo investigando, contrastando y editando lo que se escribe.

Ni que decir que las plantas de poder, incluyendo al propio yagé, también se convirtieron en compulsiones para muchos. Hubo quien tomaba ayahuasca cada ocho días y muchos que andaban con un frasquito de ambil y otro de hoska, para poder consumir tabaco en cualquier parte y a cualquier hora del día.

Yo lo intenté con el poporo, pero lo de sentarme por horas en una sola posición haciendo una tarea repetitiva no era lo mío. Casi todo lo demás que acabo de listar, en cambio, también estuvo en mi lista de compulsiones en algún momento.

En el fondo, el mundo del esoterismo es un club de obsesivos compulsivos tratando de hackear la vida para hacerla predecible y controlable.

Encontrando el camino de regreso

Mi ansiedad surgió cuando ya no puede sostener más la visión mágica de la realidad que llevaba tanto tiempo formando. Durante ocho años exploré y estudié con todo mi entusiasmo los saberes místicos que tuve a mi alcance. Conocí a muchos de los abuelos, sabedores y maestros en la materia, más importantes de Colombia. Leí libros de Samael Aun Weor, Eliphas Levi, Carlos Castañeda entre otros, y puse en práctica sus enseñanzas, pero en ninguno de esos maestros – en persona o a través de sus libros – encontré algo que fuera real, más allá de toda duda de sugestión o credulidad.

Hasta ahora he hablado de cómo el esoterismo al parecer exacerbó mi trastorno obsesivo-compulsivo, pero no he mencionado la Espiritualidad. A la par que exploraba y experimentaba el esoterismo, también conocí destellos de la verdadera espiritualidad de la mano de Mara, el abuelo Luis, Osho y el budismo.

Y lo que aprendí fue que la espiritualidad no ofrecía ningún bálsamo para la angustia existencial ni un vehículo para la obsesión. La espiritualidad invita a la observación y aceptación de la realidad sin filtros, incluyendo la realidad del dolor, la muerte y el azar. Invita a soltar los apegos, no solo a las cosas materiales sino incluso a las personas, los sueños y hasta a la sabiduría misma.

Cuando la religión falló y no pude seguir ocultándome detrás de la creencia en poderes místicos que nunca lograron superar del todo a mi escepticismo, encontré la salida de mis tormentos en dos saberes que nunca me abandonaron: la espiritualidad y la ciencia.

De todo el cúmulo de técnicas y prácticas que recolecté durante esos años, solamente cuatro hacen parte de mi vida hoy en día: el yagé, la hoska de tabaco, el círculo de palabra y sobre todo la meditación. Las primeras tres, en circunstancias muy particulares pero la meditación y en general la práctica de atención consciente o mindfulness, ha sido la única que hasta ahora me ha mostrado ser un contrapeso real al miedo a vivir, el miedo a nacer, que me llevó a mi búsqueda espiritual.

Y al final, fue una ciencia formal – la psiquiatría – y no otra sabiduría ancestral como la meditación, la que me terminó de dar el empujón fuera del hoyo en el que me encontraba. En un momento en el que no sabía en qué creer de tantas cosas que metí en mi mente – muchas de ellas contradictorias entre sí – me reconfortó en gran medida recibir un diagnóstico basado en cientos de estudios clínicos rigurosamente controlados y contrastados.

Porque allí reside el problema que nunca pude superar con el esoterismo: saber qué era lo correcto, lo que debía hacer o dejar de hacer implicaba confiar mi vida a la fe en un libro, en un autor desconocido o en algún maestro específico, porque la mayoría de ellos tiene visiones contradictorias con los demás. No hay ninguna forma objetiva de definir cual es el mejor taita de yagé, o el autor que conoce las verdades supremas del Espíritu.

Por eso son pocas las opciones que le quedan al buscador de la verdad. Se me ocurren:

  • Seguir el camino recibido de sus padres o de quien perciba como su modelo a seguir.
  • Ser fiel al primer camino espiritual que se encuentra durante la búsqueda.
  • Probar múltiples caminos y quedarse en aquel con quien se sienta resonancia y afinidad.

Tal vez coincidirás conmigo que la tercera opción debe ser la correcta. Al fin y al cabo, la nueva era nos ha enseñado que la sabiduría suprema se encuentra en el corazón y que el corazón nos indica cuando hemos llegado al camino correcto.

Esa es la enseñanza que recibí también de mis maestros y por eso elegí los caminos de la ancestralidad y el budismo. Los elegí de la misma forma en que elegí a Paula como mi esposa: cuando mi corazón me dijo que estaba en mi hogar, allí me quedé.

¿Entonces por qué opté por la ciencia y no por las enseñanzas de los abuelos o el chamanismo de Castañeda para encontrar nuevamente la paz interior? Porque a pesar de lo poético que es lo que acabo de describir sobre el corazón como guía para elegir el camino correcto, yo no buscaba una relación amorosa con la sabiduría sino la comprensión de la verdad.

En el amor no hay verdades absolutas porque las personas somos procesos dinámicos y policromáticos. No existe ningún método científico para elegir la mejor pareja para ti porque no existe la mejor pareja. Lo que hay son rasgos de personalidad, pensamiento, emociones y experiencias que pueden acercar o alejar a dos personas, pero en últimas lo que define el éxito o fracaso de una relación no es el grado de perfección de esos dos seres sino la voluntad y capacidad de ambos de trabajar en construir el amor alrededor de sus imperfecciones.

Lo que voy a decir ahora de pronto te va a chocar un poco: y es que el corazón es pésimo consejero para conocer la verdad. Ni siquiera para el amor es eficiente y por eso en occidente la tasa de divorcios se acerca al 50% mientras que, en la India, donde la mayoría de los matrimonios son arreglados por los padres, es menos del 2%[3]. Puede pensarse que tiene que ver con motivos religiosos o el hecho de que el divorcio sea estigmatizado socialmente, pero lo cierto es que los indios no solamente se divorcian menos, sino que además manifiestan mayor satisfacción con sus matrimonios que los americanos.

Entonces creer que el corazón puede mostrarnos cuando es cierto lo que leemos en un libro o lo que nos enseña un gurú es realmente ingenuo. Nadie ha podido demostrar con evidencias convincentes la existencia de la vida más allá de la muerte, ni de entidades espirituales con agencia propia que puedan robarnos el libre albedrío, ni de la efectividad de rituales mágicos o amuletos para causar efectos físicos o curar enfermedades.

Por eso, para conocer la verdad de la vida y el universo elegí la ciencia y para develar los misterios del Espíritu, preferí la humildad de la atención consciente y la meditación que la soberbia de la ilusión de control que me vendía el esoterismo. Mi nueva visión de la espiritualidad es el trabajo de observar la mente en silencio y vestir con poesía el conocimiento profundo del Universo que nos regala la ciencia.

Esta es mi búsqueda en Espiritualidad y Ciencia y en ella espero que me sigas acompañando.


[1] NIMH » Obsessive-Compulsive Disorder (OCD) (nih.gov)

[2] Prevalencia de trastorno obsesivo compulsivo en adolescentes colombianos y su asociación con la doble condición de trabajo y estudio (scielo.org.co)

[3] Matrimonios «arreglados» se divorcian menos | HuffPost Voices

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